¿Cuánto aguanta un yogur caducado? ¿Hasta cuándo puedes seguir depilando ese trozo de queso que rapiñaste en casa de tus padres? ¿El pan de molde muere? Puede que a ustedes estas preguntas les suenen lejanas e incluso estúpidas… pero yo ya estoy en ese punto en el que experimentar con los límites de tu cuerpo es hasta divertido. Forman parte de una rutina que se ha instalado en la vida de muchos jóvenes que nos independizamos en época de vacas flacas y ahora, cuando las vacas mueren de inanición, nos vemos abocados a tirar de ingenio para sobrevivir.
Aún recuerdo con nostalgia aquellos desayunos mañaneros en el trabajo en los que un vaso de zumo aún no era el cáliz sagrado y la tostada “con doble ración de mantequilla” no sonaba a capricho frívolo y prescindible. Esos días murieron al mismo ritmo que mi cuenta corriente ha ido adelgazando en ingresos y aumentando en gastos. Ahora desayuno una infusión y no pienso en el hambre que tengo hasta las dos de la tarde. Y todo porque no cobro lo suficiente para hacer frente a las facturas esenciales, sin lujos, y eso te recorta hasta las ganas de echarte unas cañas con los amigos (si es que conservas alguno después de espantarles sistemáticamente con un ‘no tengo dinero’ cada vez que te proponen algún plan).
Porque… ¿quién necesita vida social cuando puedes encerrarte en casa cual leproso bíblico? Cada vez me parezco más a aquellas enfermas de Ben-Hur que sólo admitían la visita de extraños para poder recibir alimentos decentes. En mi caso al menos puedo acercarme a casa de mis padres. “Ma” sigue empeñada en que vuelva, pero yo creo que con seguir cargando con al menos cinco kilos de comida en cada visita, puedo sobrevivir. Sin embargo, prefiero mil veces acudir al refugio materno cuando sé que no hay nadie; es entonces cuando pongo en práctica el noble oficio del rapiñeo, ese impulso que te lleva en ocasiones a robar hasta papel higiénico y cargar con aceitunas en un ‘tupper’ sin saber muy bien cuándo y en qué situación esas aceitunas te van a quitar el hambre. “No pienses en lo que te llevas, piensa en lo que no tendrás que comprar” Es una justificación como otra cualquiera, pero a mi me funciona.
Pero volvamos a esos truquillos para “ahorrar” o, por lo menos, para engañarte a ti misma hasta que llegue la próxima factura del gas y te entren ganas de suicidarte. Ay… el gas… ¿quién necesita calefacción? Me he pasado el invierno sobreviviendo a temperaturas que oscilaban entre los 11 y los 15 grados, enterrada bajo mantas incluso mientras comía y reduciendo el encendido de la caldera a una hora matinal, coincidiendo curiosamente con la hora de la ducha, por lo de no morir congelada. Como les decía, he vivido envuelta en mantas, con bolsas de agua caliente a mis pies, con el pijama debajo del chándal para no perder demasiadas calorías y fregando con agua fría aún a riesgo de perder varias falanges en el intento. Todo un espectáculo con un colofón impagable: 170 euros de factura de Gas Natural. Sí, amigos. Mis esfuerzos se tradujeron en una diferencia de 20 euros respecto a la factura del mismo periodo del año pasado. 20 euros que podré invertir en una nueva manta. Todo son ventajas.
A punto estuve una vez de dejar de ducharme a diario para ahorrar agua. Afortunadamente para quienes me rodean, preferí atajar el consumo del líquido elemento de otras formas. Por ejemplo… ¿se han fijado en la cantidad de agua que se pierde desde que se abre el grifo de la ducha hasta que comienza a salir caliente? Yo sí. No, no he descubierto la pólvora, pero si lleno un cubo de agua cada vez que me voy a duchar, lo puedo invertir en otras cosas, como tirar de la cadena sin tirar de la cadena… ¡agua va! En esto del grifo no he hecho ningún avance más, pero si alguien tiene alguna sugerencia para seguir evitando que mi dinero se vaya por el desagüe, le escucho.
En cuanto a consumo alimenticio no esperen grandes artimañas para solucionar su economía; se trata más bien de disimular el hambre, probar marcas nuevas y a menudo impronunciables, y tener cerca una familia que te sigue dando de comer como cuando eras pequeña, sólo que ahora que trabajas y tienes tu propia casa, es bastante más vergonzoso. Podría seguir relatando anécdotas sobre cómo sobrevivo al día a día, pero mucho me temo que las que faltan por contar son aún más sonrojantes que las anteriores.
Sin embargo, permítanme una reflexión final. Escribo estas líneas horas después de que el presidente del Gobierno haya dado la espalda a los periodistas que le esperaban en el Senado, mostrando su cogote al resto de ciudadanos que le vemos huir en dirección contraria a nuestros problemas. Me río de mi mala suerte mientras recuerdo que la luz, el gas y todo lo que pueda subir, lo hará, poniendo a prueba de nuevo mi resistencia al frío y a la oscuridad. Redacto, sin brillantez quizás, las tonterías que hago cada día mientras pienso en quienes están peor que yo, los que ni siquiera tienen medio trabajo al que acudir, ni una subvención que les deje respirar mínimamente; aquellos que cargan con hijos y padres o los que han tenido que dejar su casa tras de sí, no huyendo de los problemas como aquél, sino afrontando un futuro incierto de la misma manera que lo hacen más de cinco millones de parados en España. Les hablo desde este blog mientras algún pez gordo sigue ganándose un sueldo millonario sin dar palo al agua, mientras arzobispos y curas de otra generación se visten de gala para llamarnos pecadores, y al mismo tiempo que los políticos que deberían estar pensando en soluciones se gritan desde sus escaños en el Parlamento.
Por favor, cuando salgan del blog, apaguen la luz, que corre.