De aquellos polvos…

Se llama Sonia; es una joven separada, sin trabajo, sin prestaciones sociales y con un niño de cuatro años al que mantener en solitario después de que su padre se lavara las manos hace tiempo. Vive en un pueblo cerca de la capital. O vivía, mejor dicho, porque ha tenido que abandonar el que hasta ahora era su hogar para volver a casa con sus padres. No es más que otra víctima del feroz sistema implantado en la sociedad actual, otra persona más que ve cómo su castillo de ladrillos estaba, efectivamente, levantado en el aire.

 Ella ha sido finalmente desahuciada, a pesar de que el movimiento 15M logró aplazar el tiro de gracia una semana en el calendario. Y de nuevo se escuchan las voces que pretenden que la entrega del piso al banco sea el final de la deuda contraída con la entidad financiera. Hipotecas que se cierran en falso para que una persona pueda seguir adelante y quitarse de encima la losa de no saber qué va a pasar con su vida.

 La medida me parece justa, pero hay que analizar de dónde viene este problema. Todos conocemos la burbuja inmobiliaria: pisos que se construyen con facilidad pasmosa, horizontes de ciudades dominados por la grúa, precios inflados y, no nos engañemos, compradores ilusos. Hay que comenzar a asumir nuestra parte de culpa, de la misma manera que ya hemos asumido, en silencio o a gritos, que la crisis se cebará con nosotros queramos o no.

 Viendo el catálogo de ofertas inmobiliarias, alguien podría preguntarse si una familia necesita200 metros cuadradospara vivir, si un jardín es de vital importancia o si un tercer piso es irrenunciable. No nos engañemos, las entidades bancarias han tasado los pisos muy por encima de la realidad, inflando hipotecas casi eternas a las que ahora es complicado dar respuesta. Pero los compradores también han mordido la misma manzana; el pecado de quererlo más grande, más caro y mejor, nos ha llevado a esta situación, en la que los desahucios copan las primeras páginas de los periódicos y surten de imágenes lacrimógenas a los informativos. Me recuerda esta situación a quienes sabiendo su casa construida en el lecho de un río seco, lloran las inundaciones cuando Santa Bárbara truena. Pedimos a los bancos que no cometan los mismos errores, a las administraciones públicas que vigilen a aquéllos para que cumplan no sólo con lo legal sino también con lo lógico; pero alguien debería darnos un toque de atención a quienes alquilamos, compramos, vendemos o arrendamos una vivienda. No es de recibo pedir el dineral que se exige por una casa, pero tampoco lo es darlo sin pensar en las consecuencias.

Fauna Periodística IX. Mis compañeros

Han dejado el  miedo aparcado en casa, el respeto a alzar la voz por una vez, por convertirse ellos en los retratados, por ser por una vez la noticia del día. Han salido de casa o del trabajo sin comer, con la sensación de estar saciados de tantas tomaduras de pelo, hartos de comerse los marrones de los de arriba, a punto de la arcada tras haberse empachado de trajes con corbata.

 

Han caminado firmememente sin saber muy bien qué se iban a encontrar, qué caras secundarían la protesta, qué rostros estaban detrás de la convocatoria. Han hecho caso al boca a boca, a la petición de auxilio de una profesión que se muere mientras los objetivos siguen apuntando a peces cada vez más gordos. Han animado, escrito, pasado, repetido… para no estar solos. Han ido más allá del “hacer bulto” para arremangarse y ofrecer ayuda: un celo aquí, una pancarta allá, una foto que depués gritará en la red que los periodistas de Valladolid salimos a la calle para pedir la vaselina con la que nos van a dar.

 

Vinieron de todos los medios, de todas las edades, de todas las convicciones. Acudieron los estudiantes con ganas de cambiarlo todo ‘ahora’, los trabajadores con ánimo de batallar largamente, los jubilados con ansias de apoyar a quienes tomaron su testigo. Fueron trecientas las voces que el pasado 3 de mayo se juntaron en la plaza Fuente Dorada de Valladolid para reclamar lo que es suyo, la dignidad de una profesión prostituida por los de arriba, ninguneada por los políticos, utilizada por los tontos útiles que les dan mala fama. Son el trapo en que limpiar las miserias de otros, a quienes apuntar morbosamente cuando no hay más explicación, los currantes de la palabra a los que no se les deja abrir la boca. Son mis compañeros y estoy orgullosa de ellos.

PS: Fueron muchos los que acudieron, pero quiero acordarme especialmente de Goyo y Clara por su esfuerzo a la hora de organizar la protesta y, lo que es más importante, la secuela de todo esto. Gracias, chicos.

Fauna Periodística VIII. Esos profesores

Los hay de todo tipo, todas las disciplinas, todos los colores. Hombre o mujer, alto o bajo, lo cierto es que se sienten tan cómodos frente a una clase como se puede esperar de un profesional de los medios. Han nacido para enseñar, eso se creen, y les encanta manejarse al frente de las aulas. Echan de menos las tarimas de antaño para poder mirar por encima de quienes atienden a sus explicaciones. Se consideran expertos en la materia, pero si algo comparten todos ellos es que no tienen ni idea de lo que están hablando. Son los profesores de periodismo.

No todos tienen la suerte de pertenecer a esta especie, pero abundan entre las paredes de las facultades y las universidades privadas. Llegan con acreditaciones cum laude, agitando su currículum ante los alumnos ávidos por aprender de una profesión de la que sólo se conoce la punta que asoma cada día en los kioscos. Desde el primer día dejan claro que ellos sí saben, sí conocen, sí opinan y, lo que es peor, sí califican. Lo que nadie se atreve a confesar es que lo más cerca que han estado de una redacción es cuando la visitaron con el colegio décadas atrás.

Muchos tienen el santo morro de autodenominarse periodistas cuando en su vida escribieron un artículo o hablaron frente a un micrófono; reparten ceros a diestro y siniestro porque “no has captado la esencia del tema” o porque “así no se escribe para un medio”. Y te vas a tu sitio preguntándote en qué momento de su meteórica carrera (me licencio-me doctoro-me pongo a dar clase) este espécimen ha tenido frente a sí la maqueta de un periódico.

También los hay que se disculpan a todas horas por no pertenecer a la familia del periodista; perdones que intercalan en sus clases magistrales sobre cómo se habla frente al público, cómo debes sujetar el papel y hasta qué ropa se ha de llevar frente a las cámaras. Expertos en tu carrera que se reconocen ajena a ella. Se agradece la sinceridad, pero de poco va a servir a los que aspiran a serlo.

Y frente a ellos se erige el santo cáliz del profesorado de periodismo: el periodista. Es una especie rara y en peligro de extinción. Pocos son los llamados a compartir aula con quien de verdad puede enseñarles a redactar y a hablar, con quienes se han batido el cobre en el día a día de una profesión que lo último que necesita es formar a sus futuros en el sexado de ángeles o en el arte de la declamación post-romántica. Y se lo dice una que tuvo que automasajearse la tráquea para aprobar una asignatura.

A mí, y a mis otros cuarenta compañeros, se nos ha suspendido en materias por personas que no estaban cualificadas para ello; hemos tenido que recitar poesía frente a una cámara apagada; hemos pisado dos veces un estudio de radio en una asignatura de ¿adivinan? radio; hemos hecho dos fotos en clase de fotografía a lo largo de dos años… y así “susesivamente”. Somos producto de un sistema universitario autocomplaciente que se conforma con llenar las aulas con gente en vez de llenar las redacciones con sus alumnos. Ya sean privadas o públicas, las facultades de periodismo se alejan a pasos agigantados de la realidad. Porque a veces el prestigio no lo da quien entra en el aula, sino quien sale de ella.

El noble arte del rapiñeo

¿Cuánto aguanta un yogur caducado? ¿Hasta cuándo puedes seguir depilando ese trozo de queso que rapiñaste en casa de tus padres? ¿El pan de molde muere? Puede que a ustedes estas preguntas les suenen lejanas e incluso estúpidas… pero yo ya estoy en ese punto en el que experimentar con los límites de tu cuerpo es hasta divertido. Forman parte de una rutina que se ha instalado en la vida de muchos jóvenes que nos independizamos en época de vacas flacas y ahora, cuando las vacas mueren de inanición, nos vemos abocados a tirar de ingenio para sobrevivir.

Aún recuerdo con nostalgia aquellos desayunos mañaneros en el trabajo en los que un vaso de zumo aún no era el cáliz sagrado y la tostada “con doble ración de mantequilla” no sonaba a capricho frívolo y prescindible. Esos días murieron al mismo ritmo que mi cuenta corriente ha ido adelgazando en ingresos y aumentando en gastos. Ahora desayuno una infusión y no pienso en el hambre que tengo hasta las dos de la tarde. Y todo porque no cobro lo suficiente para hacer frente a las facturas esenciales, sin lujos, y eso te recorta hasta las ganas de echarte unas cañas con los amigos (si es que conservas alguno después de espantarles sistemáticamente con un ‘no tengo dinero’ cada vez que te proponen algún plan).

Porque… ¿quién necesita vida social cuando puedes encerrarte en casa cual leproso bíblico? Cada vez me parezco más a aquellas enfermas de Ben-Hur que sólo admitían la visita de extraños para poder recibir alimentos decentes. En mi caso al menos puedo acercarme a casa de  mis padres. “Ma” sigue empeñada en que vuelva, pero yo creo que con seguir cargando con al menos cinco kilos de comida en cada visita, puedo sobrevivir. Sin embargo, prefiero mil veces acudir al refugio materno cuando sé que no hay nadie; es entonces cuando pongo en práctica el noble oficio del rapiñeo, ese impulso que te lleva en ocasiones a robar hasta papel higiénico y cargar con aceitunas en un ‘tupper’ sin saber muy bien cuándo y en qué situación esas aceitunas te van a quitar el hambre. “No pienses en lo que te llevas, piensa en lo que no tendrás que comprar” Es una justificación como otra cualquiera, pero a mi me funciona.

Pero volvamos a esos truquillos para “ahorrar” o, por lo menos, para engañarte a ti misma hasta que llegue la próxima factura del gas y te entren ganas de suicidarte. Ay… el gas… ¿quién necesita calefacción? Me he pasado el invierno sobreviviendo a temperaturas que oscilaban entre los 11 y los 15 grados, enterrada bajo mantas incluso mientras comía y reduciendo el encendido de la caldera a una hora matinal, coincidiendo curiosamente con  la hora de la ducha, por lo de no morir congelada. Como les decía, he vivido envuelta en mantas, con bolsas de agua caliente a mis pies, con el pijama debajo del chándal para no perder demasiadas calorías y fregando con agua fría aún a riesgo de perder varias falanges en el intento. Todo un espectáculo con un colofón impagable: 170 euros de factura de Gas Natural. Sí, amigos. Mis esfuerzos se tradujeron en una diferencia de 20 euros respecto a la factura del mismo periodo del año pasado. 20 euros que podré invertir en una nueva manta. Todo son ventajas.

A punto estuve una vez de dejar de ducharme a diario para ahorrar agua. Afortunadamente para quienes me rodean, preferí atajar el consumo del líquido elemento de otras formas. Por ejemplo… ¿se han fijado en la cantidad de agua que se pierde desde que se abre el grifo de la ducha hasta que comienza a salir caliente? Yo sí. No, no he descubierto la pólvora, pero si lleno un cubo de agua cada vez que me voy a duchar, lo puedo invertir en otras cosas, como tirar de la cadena sin tirar de la cadena… ¡agua va! En esto del grifo no he hecho ningún avance más, pero si alguien tiene alguna sugerencia para seguir evitando que mi dinero se vaya por el desagüe, le escucho.

En cuanto a consumo alimenticio no esperen grandes artimañas para solucionar su economía; se trata más bien de disimular el hambre, probar marcas nuevas y a menudo impronunciables, y tener cerca una familia que te sigue dando de comer como cuando eras pequeña, sólo que ahora que trabajas y tienes tu propia casa, es bastante más vergonzoso. Podría seguir relatando anécdotas sobre cómo sobrevivo al día a día, pero mucho me temo que las que faltan por contar son aún más sonrojantes que las anteriores.

Sin embargo, permítanme una reflexión final. Escribo estas líneas horas después de que el presidente del Gobierno haya dado la espalda a los periodistas que le esperaban en el Senado, mostrando su cogote al resto de ciudadanos que le vemos huir en dirección contraria a nuestros problemas. Me río de mi mala suerte mientras recuerdo que la luz, el gas y todo lo que pueda subir, lo hará, poniendo a prueba de nuevo mi resistencia al frío y a la oscuridad. Redacto, sin brillantez quizás, las tonterías que hago cada día mientras pienso en quienes están peor que yo, los que ni siquiera tienen medio trabajo al que acudir, ni una subvención que les deje respirar mínimamente; aquellos que cargan con hijos y padres o los que han tenido que dejar su casa tras de sí, no huyendo de los problemas como aquél, sino afrontando un futuro incierto de la misma manera que lo hacen más de cinco millones de parados en España. Les hablo desde este blog mientras algún pez gordo sigue ganándose un sueldo millonario sin dar palo al agua, mientras arzobispos y curas de otra generación se visten de gala para llamarnos pecadores, y al mismo tiempo que los políticos que deberían estar pensando en soluciones se gritan desde sus escaños en el Parlamento.

Por favor, cuando salgan del blog, apaguen la luz, que corre.

Fauna Periodística VII. Los renegados.

Han sido periodistas a ras de suelo durante mucho tiempo y han perdido la ilusión. Seguramente comenzaron en esto del periodismo con el empuje y la vivacidad que todo práctico demuestra al pisar por primer vez una redacción, pero los envites del día a día han terminado por horadarles. Controlan de muchos temas, saben de todo, cuentan mil y una historias pensando quizás en que antes se hacían las cosas de una forma más pura o simplemente diferente. Ahora van a las ruedas de prensa sabiendo ya que su próxima crónica no cambiará el mundo. Son los renegados.

Suelen ser quienes más pueden enseñar y, paradójicamente, a quienes más cuesta arriba se les hace eso de aguantar las nuevas hornadas de compañeros. Quieren decirles que esas ganas y ese empuje se agotan, que el periodismo como arma para cambiar el mundo queda para otras redacciones más grandes, para las tiradas nacionales. Que ellos sólo tienen que contar lo que pasa y que, en muchas ocasiones, deberán adaptarse a rígidos corsés que deforman, aunque sea mínimamente, la realidad. Pero callan resignados esperando que el golpe no sea demasiado fuerte. Al fin y al cabo, su caída fue paulatina y quizás por ello hayan podido soportarla.

Han sido adelantados por otros cuya suerte ha sido mejor; no por tratarse de mejores profesionales, pero sí por tener una pizca más de ambición en la vida. Se aburren con las intrigas de palacio, ellos no se apuntaron para esto. Quieren escribir o hablar de lo cotidiano, del ciudadano de a pie, pero ahora se estila el político y su traje en las portadas de los medios, el tira y afloja de gobierno y oposición, sacando a relucir zancadillas, trapos sucios y escoria barata.

Ya no quieren hacer horas extra, trabajan en lo suyo lo justo, salvo algún soplo de ese conocido que se mueve bien en tal o cual concejalía, para apagar el ordenador lo antes posible e ir a casa. Y por ello se ganan la enemistad del resto. Nunca soñaron, o al menos dejaron de hacerlo hace mucho tiempo, con emular a los grandes cronistas de la historia cuyas exclusivas han sido llevadas incluso al cine, y suelen ser el blanco fácil de los que postergan su entrega familiar para las horas intempestivas de la madrugada.Los más aforunados conservan una familia que a duras penas comprende la profesión de periodista pero que ha aprendido a vivir con ella. Otros la perdieron por el camino.

No ven recompensas en el día a día, están tan hartos que ya ven todo de un color grisáceo, un tinte de pesismismo que es complicado borrar y que se acentúa conforme desfilan ante sus ojos esos compañeros que han sabido sobrellevar el lado menos amable del trabajo.

Nadie está libre de pasar a formar parte de esta especie fácilmente identificable a nuestro alrededor. Una decisión propia mal barruntada, una resolución ajena mal encajada o injusta, el acomodamiento en un sillón cotidiano y agradecido o el empuje de lo nuevo echando fuera a lo manido… Cualquiera de ellas pueden ser razones suficientes para provocar que el hastío del que solemos hacer gala los periodistas se convierta en algo perpetuo y nos condene de igual forma.

Fauna Periodística VI. “Esos chicos de la prensa…”

Suele ocurrir el día que más trabajo hay, cuando tu planificación está cogida con pinzas y tu agenda rebosa “temas de apertura”. Suele pasar cuando menos gente hay en redacción, cuando más ojos están pendientes de ti o en el momento en que más jefes de corbata hay pegados a tu trabajo. Es en ese preciso instante cuando más tiempo necesitas, el momento en que al político de turno le da por aparecer tarde, mal y deprisa.

No pasa nada si el tema no tiene enjundia, pero suele coincidir con cumbres, reuniones, encuentros y peloteos varios entre administraciones. Eventos que te retienen en palacios y salas de lujo dedicadas a los menesteres del periodismo a duras penas. En despachos anejos a esas salas de prensa de postín suelen reír y debatir por lo bajo políticos, empresarios, mandamases y demás tropa trajeada, a los que parece que el trabajo de “los chicos de la prensa” no les interesa demasiado. Entiéndanme. Por supuesto que quieren salir en los periódicos, lucir su modelito en la tele y protagonizar minutos en la radio. El problema es que lo dan por descontado, saben que hay una verdad suprema al resto: esos periodistas no se van a mover de su sitio.

He presenciado ruedas de prensa con un retraso de cincuenta minutos; he aguantado todo un recital de música pseudo portuguesa para después recoger impresiones de políticos que a duras penas aceptaron preguntas. Y he sudado la gota gorda para mandar crónicas, entrevistas y artículos, mientras el jefe de turno me azuzaba vía telefónica a la espera de “lo último”.

Entiendo que desde las alturas que alcanzan los políticos en esos estrados que, además de bien iluminados, les permiten, sin tener que disimular, mirar por encima del hombro a los curritos que les escuchan, es complicado de entender la profesión de periodista. Sé que lo que para nosotros es una hora de redacción, muchos minutos de organización y varios de edición, para ellos no es más que el minuto que se tarda en escuchar, leer o ver la noticia. Lo que no entiendo tanto es la actitud de quienes mandan en los medios.

Directores, jefes de redacción o de informativos. Todos ellos han pasado por la silla del “localero”, todos saben de su trabajo, su esfuerzo y su pundonor, ese que le impide hacer a medias un trabajo que podría resolverse, de forma más tosca, en dos patadas. Se aprovechan de ellos y de la idea de que representan al medio en el que trabajan. Lo malo es que en casi ninguna ocasión, esos jefes reclaman para sus curritos, y por lo tanto, para sus medios, el respeto que se merecen. No hay político, administración ni empresario que se merezca una espera de una hora. No hay trabajo que aquéllos hagan que sea superior al que realizamos nosotros. En una sala de prensa no hay dos categorías. Entre políticos y periodistas existe, o debería existir, la misma dignidad. Deberían luchar por ella, deberían luchar por nosotros.

Fauna periodística V. El ilustrado

No hablan, sientan cátedra; sus preguntas suelen ser más largas que las respuestas que provocan, y su verbo florido a menudo descoloca a compañeros y entrevistados. Buscan demostrar que lo saben todo, que dominan la actualidad como nadie… quieren quedar por encima del resto con un “aquí estoy yo” coronado con un interrogante. Son los ilustrados, sabuesos del buen hacer periodístico que en algún punto del camino se pasaron de frenada para recalar en la pedantería hecha palabra.

Su saludo es como un visado al olimpo de los periodistas; te escrutan si eres un recién llegado y prefieren averiguar sobre ti que preguntarte sin rodeos. Su primera reacción es una mirada lastimera e indulgente que susurra en silencio un “te perdono tus errores de novato”. Pueden incluso caer en la tentación de acogerte como a un discípulo y entonces es cuando más disfrutan. Sienten que deben compartir con el mundo su extraño don, el que les hace poseer la verdad frente al resto de ineficaces e imprecisos plumillas. Sin embargo, si eres mejor que él, y en algunas ocasiones no es excesivamente complicado, probablemente no disfrutes más que de un hola comprometido y entre dientes.

Sus preguntas son eternas, tienen un titular en la cabeza y luchan hasta la extenuación por conseguir que aquello que se imaginan a cinco columnas y abriendo su periódico case con la remota respuesta del atolondrado político que, si no tiene experiencia, caerá fácilmente en sus juegos. Gustan de la subordinación y huyen de las preguntas directas, no sea que se les vea el plumero y la realidad les fastidie la noticia. Antes muertos que sencillos, no admiten no entender algo, sino que se enrocan en una palabrería sinfín que provoca miradas cómplices y extrañadas entre los compañeros.

La mayoría son buenos, muy buenos periodistas, pero caen en la presunción excesiva; son unos apasionados de las clases improvisadas a pie de barra de bar, colando temas que tienen entre manos en medio de conversaciones vacías que nada tienen que ver con su argumento. No saben cómo demostrar que, a pesar de hilar tan fino como el coral, molan mucho y pertenecen a tu mismo grupo, el de los periodistas normales que no aspiran a descubrir un watergate cada semana, sino a contar la verdad pura y dura de lo que ocurre… si es que les dejan.

Dinero bajo el colchón

Si usted ha nacido en alguna de las nueve provincias de Castilla y León, se habrá hartado de escuchar durante su vida lo sosos, secos, ásperos y duros que somos quienes hemos venido al mundo en estos lares. Puede sonar a reproche o a broma pesada, a observación precipitada o a juicio reposado, pero todo castellano y leonés ha aguantado alguna vez esa coletilla incómoda que nos mete a todos, sea cual sea nuestro carácter, en el mismo saco.

No creo que el comentario tenga tintes maliciosos en absoluto; es más, hasta hace poco, pensé que era un tópico más, como el de que los andaluces no dan palo al agua o que los gallegos son unos tristes de cuidado. Pensé que se quedaba en mera anécdota, hasta que una conversación con un amigo me hizo reflexionar sobre el tema. Todo vino hablando de negocios, de cómo se encuentra el país, la economía, la Bolsa, y todas esas cuestiones que a mi se me escapan y de las que me encantaría aprender más. Pues bien, mi compañero de reflexión apuntó un argumento sorprendente en un momento de la conversación; vino a relacionar la falta de iniciativa empresarial y de movimiento económico en nuestra comunidad con ese famoso carácter castellano que nos impregna. Intrigada por tal afirmación, pedí que ahondara en esa teoría que hasta ahora era desconocida para mi.

“Castilla siempre ha sido el granero de España, la materia prima del país, y sin embargo nunca os habéis aprovechado de ello”. Bien, parece cierto, si lo pensamos, que lo que hasta hace muy poco se conocía como Castilla la Vieja era parte fundamental del engranaje de un país que se sostenía gracias a la agricultura y la ganadería, un sector primario que constituía la única salida para millones de personas y que ponía en marcha la maquinaria del Estado.

“No invertís, no arriesgáis con el dinero, preferís tenerlo parado, sin producir beneficio, por temor a perderlo, y así no se consigue progresar”. ¿Sería cierta esta última observación de mi amigo? Nunca me había parado a pensar si en Castilla y León se invierte o se arriesga menos que en otras comunidades, pero… cierto es que aquí no hay un Zara ni un Mercadona que demuestre lo contrario. Las grandes industrias están de paso en la comunidad, somos el estadio previo a la marcha a otros países más baratos, una huída que comenzará pronto. Renault en Valladolid y Palencia, Nissan en Ávila… son algunos ejemplos de grandes multinacionales que vinieron a esta tierra de fuera, y que no se quedarán eternamente (buen ejemplo de ello es la vergonzosa actuación de LM en Ponferrada, huyendo de la comunidad después de zamparse las subvenciones del gobierno autonómico).

Es más. Pensando acerca de esta fama de “inoperantes del euro”, recordé la gestación de esa fallida integración de las cajas de ahorro de la comunidad. No sé si tuvo que ver con el carácter castellano, con la ingerencia de un gobierno que se precipitó a la hora de mover el sistema financiero de la comunidad, o de dirigentes que se preocupan más de su propio bolsillo que de hacer una operación beneficiosa para la autonomía (si es que las cajas de ahorro se tienen que ocupar de esos menesteres), pero la fusión de Caja España-Duero con Unicaja bien podría tomarse como paradigma del castellano y leonés, que debe abandonar la comunidad para que la cosa funcione.

Con un análisis tan precipitado, y con estos pocos datos, no se puede afirmar que en Castilla y León seamos excesivamente conservadores en el plano económico, pero al menos da qué pensar que desde fuera se tenga ese concepto de nosotros.

No somo héroes, somos unos pringados

“Hola, soy Beatriz, periodista. Nací en Valladolid, pero ahora vivo en Chiquitistán, feliz de la vida, con un sueldo mejor, una casa enorme y tiempo libre para vivir”. No es cierto, pero… ¿no me digan que no estaría genial comenzar así uno de esos reportajes de paisanos por el mundo que proliferan ahora en la televisión? Soy de las que miran esos programas con una mezcla de envidia, asombro y pena. Envidia porque yo no tengo la determinación de coger las maletas e irme de un país que, lejos de ponerme las cosas más fáciles, se empeña en echarme a patadas a otros lugares. Asombro, porque no puedo creer los derechos, subvenciones, ayudas y condiciones que existen en otros países con el fin de que sus ciudadanos vivan, con todas las letras. Y pena. Mucha pena, porque la materia prima del país, la savia que debería hacer crecer a España, se está yendo a producir, consumir y vivir a otros países.

 

Y no son sensaciones mías. Aunque podría tirar de lista telefónica y comprobar cómo muchos de mis compañeros de clase (casi treintañeros todos) han elegido otros países para vivir. Japón, Italia, Reino Unido… son los destinos escogidos por quienes una vez soñaron ejercer su profesión en su país y, si pudiera ser, en su comunidad (a nuestra generación aún le quedaba algo de ingenuidad en la recámara, qué quieren que les diga).

 

Como les decía, las cifras son incontestables. Un rápido vistazo a los medios de comunicación de la comunidad y una se encuentra con que “Castilla y León perdió en el periodo analizado por el INE [abril de 2010- abril de 2011], 7.440 jóvenes menores de 25 años”; o que “En 2008, la comunidad perdió 4.351 autóctonos entre 16 y 34 años, casi doce diarios” (y no creo que desde 2008 el asunto haya cambiado mucho…).

 

Pero, ¿por qué nos vamos de España? ¿por qué abandonamos Castilla y León? Dejando a un lado las mentes inquietas, los espíritus aventureros y los emigrantes por amor, nos queda un buen puñado de jóvenes que tiene que salir fuera de sus casas para ganarse el pan. Y pagar impuestos fuera de la autonomía. Y generar riqueza en otras comunidades. Y revertir lo que la educación les ha dado en Castilla y León en otros lares.

 

Así, de entrada, se me ocurre que buscar un trabajo digno es una buena razón. Un puesto en el que trabajar ocho horas sea lo normal; donde tus derechos se respeten, se valoren tus esfuerzos, y no tengas la sensación de estar viviendo en la oficina. Otro buen motivo pueden ser los salarios. Cobrar lo suficiente para vivir. Sin ostentaciones, no pedimos demasiado… con que tomar una caña con los amigos no se convierta en actividad de riesgo, es suficiente. ¿Y una vivienda decente? No estaría mal. Con un precio que se ajuste a su valor real o un alquiler que no te haga adoptar la dieta del panchito y el agua del grifo (los alquileres de VPO a 700 euros existen aquí mismo, en Valladolid, donde debe de haber jóvenes de 30 años que saben fabricar billetes de 50 con soltura admirable).

 

No creo que sea pedir demasiado. Para otro día dejamos lo de que las administraciones paguen a tiempo, que la sanidad siga siendo gratuita, que la educación pública no pague los platos rotos de los ajustes, que los bancos dejen de reírse de nosotros o que los políticos saquen la cabeza de la madriguera para escuchar a los ciudadanos.

 

¿Y aún se preguntan por qué nos vamos? No se engañen, los que nos quedamos no somos héroes, somos unos pringados.

 

Fauna Periodística IV. El periodista ‘de provincias’

Desde siempre he oído afirmar a los grandes de la comunicación, a los periodistas que, contra natura, ocupan titulares y protagonizan entrevistas, que lo verdaderamente complicado en este mundo es ser “periodista de provincias”. Al principio pensaba que era una pose, una buena forma de aparentar que se está del lado de los “más débiles” de la profesión pero sin perder ese aura de estrella que rodea a quienes hace tiempo que superaron esa definición. Pero la experiencia me ha demostrado que, a pesar de lo pedante de la expresión y de lo cercano que está a la falta de respeto eso de “de provincias”, aquella afirmación es verdadera.

Piénsenlo. Cierto es que trabajar en grandes urbes y escribir sobre temas nacionales o personajes de alcance mundial, valorar y criticar las grandes políticas de los gobiernos o poner en duda cada paso de tal o cual político, tiene su peligro. Contraprestaciones del trabajar en un medio fuerte y con respaldo. Pero reflexionen sobre lo que es escribir de un alcalde, un concejal o un presidente de comunidad autónoma a quien tienes que ver casi cada día, que sabe quién eres, que controla el medio en el que trabajas, que –en muchos casos- tiene tu nombre en la agenda telefónica. Cualquier crítica sobre su gestión, cualquier enfoque que no ensalce su quehacer, cualquier detalle que deje entrever que no lo tiene todo ganado con el medio en cuestión, puede desatar un auténtico vendaval en redacción.

Hay llamadas, presiones, miradas y “consejos” que llegan convenientemente a oídos del periodista, que debe decidir entre su profesionalidad o jugarse el trabajo. Evidentemente, esto no ocurre cada día, pero sí con la frecuencia necesaria como para reconocer la labor del periodista local, ese que escruta la realidad de su ciudad o su comunidad autónoma con el ánimo de explicar a la gente qué ocurre, cuánto cuesta lo que pasa, quién ha metido la pata o qué proyecto se demora más de lo necesario. Informaciones de andar por casa que muchos no cambiarían por una suculenta exclusiva mundial, pero que algunos, pocos, prefieren por ser la que realmente importa a la gente, la que de verdad condiciona la vida de sus conciudadanos.

Son otro tipo de periodistas, los que ocupan los últimos rincones de la redacción, quienes más tarde abandonan su puesto de trabajo, aquellos que persiguen la verdad y no un titular conveniente o llamativo. Periodistas que se las tienen que ver con jefes que menosprecian su trabajo por tratarse de temas comunes y corrientes, de presupuestos humildes, de problemas que en comparación con las grandes guerras y las detenciones internacionales, se quedan en nada. Profesionales que deben ver la cara en una rueda de prensa a un político el mismo día que le han metido el dedo en el ojo en su informativo o su página. Son “periodistas de provincia”, a mucha honra.