Vamos perdiendo

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La revolución empieza en un diccionario

Tengo 32 años y ya he llegado a ese punto en la vida en la que no entiendo a la juventud. Y digo ‘la juventud’ consciente de que utilizando ese término me excluyo del club. Llevo, simplemente, a la exageración un sentimiento que se agudiza con el paso del tiempo y es el de sentirse cada vez más alejada de todo lo que… ¿mola? O como quiera que se diga ahora. Ni puedo beber como antes, ni salir como antes ni, gracias a Dios, vestir como antes. Me sorprendo a mí misma mirando reprobatoriamente cómo visten, cómo se divierten o cómo hablan todos aquellos a los que llevo más de un lustro de ventaja. Sí, esa tipa que con quince años mostraba un nulo sentido de la moda tiene los cojones de meterse contigo, amado millenial. Normalmente razono a tiempo para darme cuenta que no es más que el ciclo de la vida made in Mufasa, que yo que hasta hace poco pertenecía a la generación que partía el bacalao, he sido desplazada por otros que siguen otras tendencias, visten de otra manera, escuchan otra música y, oh cielos, ven otro cine. Debí darme cuenta cuando mi chico preferido de prácticas me confesó con un hilillo de voz que no había visto ninguna película de Indiana Jones (¿lo podéis creer?) Tampoco ayuda empezar a tener sobrinos, comprobar cómo tus amigos se van casando (incluso por la Iglesia… ¿lo podéis creer?) o empezar a sentir que tienes que dejar de fumar y no por el desembolso sino por el desfonde.

Sin embargo, hay otras cosas que conlleva lo de atesorar cierta experiencia en la vida, más allá de sentirse extraño en una discoteca o un auténtico bicho raro cuando alguien sintoniza los 40; dar un paso hacia atrás y comprobar cómo se deterioran ciertas creencias que hasta hace veinte años eran impepinables (observación que, de nuevo, me hace sentir una carroza). Ojo, porque aquí es donde me llamáis vieja: LA LUCHA DE CLASES. Tranquilos porque esto no es una clase teórica de nada, sobre todo porque no soy ninguna experta en la materia ni he leído lo suficiente como para creer que puedo parir algo que merezca la pena. Pero este es mi blog y me lo follo como quiero, queridos: hoy me levanté revolucionaria, y no hablo de mi pelo.

Partiré de una premisa absolutamente subjetiva que dice que la lucha de clases sigue más viva que nunca, sólo que nos están ganando, y por goleada (si al leer “nos están” no sabes de qué bando hablo, tienes un problema: eres una víctima y ni siquiera lo sabes) El primer paso para ratificar esta idea es la reacción que muchos de vosotros habréis tenido: “¿Qué dice la trasnochada/roja esta? Eso está pasado de moda” Sin embargo, con las tasas de paro por las nubes, los trabajos precarios normalizados, los trabajadores que no llegan a fin de mes, los abuelos que mantienen a sus hijos y a sus nietos, los recortes en sanidad, las tasas universitarias por las nubes, el sistema 3+2 que favorece claramente a la gente con pasta, la privatización de la sanidad, el contrato único que vendrá, la reforma laboral, la ley mordaza que castiga la legítima protesta (no incluida la quema de contenedores y el lanzamiento de piedras, que ya veo por dónde se os escurren las neuronas…) con toda la mierda que hemos tragado y tragamos desde que esa crisis que provocaron otros y soportamos los trabajadores… ¿aún crees que no hay clases? ¿Crees que lo del empresario enfrentado al trabajador es propio del blanco y negro? Mira a ver si te suena, chico optimista.

Llegado a este punto, mucha gente argumenta que lo normal en un empresario es querer hacer dinero. Y es cierto, toda la razón. De hecho, es lo deseable:si a mi empresario le va bien, la lógica dice (la lógica… jajajajajaja) que repercutirá en mí, que me beneficiará, puesto que podré conservar mi trabajo y, por lo tanto, podré seguir viviendo. Eso sí, siempre que no sea jugando con mi salud y mi bienestar (otra palabrica que vamos camino de perder) Porque si legitimamos los abusos y las presiones a los trabajadores por el noble objetivo de hacer dinero, no nos quedará más remedio que justificar las deslocalizaciones de empresas, los niños cosiendo pantalones de marca y los talleres clandestinos chinos. Y nadie quiere que se lleven Renault de Valladolid… ¿no?

La gente que niega ese conflicto, los que huyen de la denominación ‘clase obrera’, no son más que snobs que quieren sentirse parte de una élite, aunque sólo sea por fardar. Ser obrero implica, en sus cabecicas centrifugadas, un origen humilde del que avergonzarse, algo así como venir del arroyo. Un insulto, en definitiva, porque lo que la gente quiere es molar, ser rico, tener un gran coche, una gran casa, esposa, dos hijos y una amante en la ciudad (espera, se me ha mezclado Mad Men en esto…)

Normalmente este es un proceso del que eres más consciente cuando ves tu culo peligrar. He escuchado auténticas arengas de personas que hasta hace cuatro días pasaban de compañeros y derechos, y que siguieron pasando hasta que fueron conscientes de que la lucha sólo se ganaría con la unidad de todos. Un todos que queda descafeinado por esos a los que las clases y los obreros les importa una mierda directamente proporcional a sus ingresos/privilegios. Su culo está a salvo, que le den a tu culo. No son más que perdedores de la causa, porque la causa les acabará arrollando tarde o temprano.

Despreciando esos términos nos están robando hasta el vocabulario, la seguridad de saber qué somos y qué debemos hacer. Si te afean lo de obrero, lucha, clase, patrón… está claro: no es que esos conceptos estén obsoletos, es que ni siquiera quieren que los nombremos para que no existan.  Lo que no se nombra acaba muriendo. Fin del primer asalto. Ahí comienza la derrota.

Para y piensa en los derechos de los que disfrutas en tu trabajo: no llovieron del cielo, no naciste con ellos debajo del brazo. Hubo un día en que un puñado de trabajadores decidieron luchar por ellos, enfrentarse al patrón y plantar cara hasta que fueron una realidad de la que tú ahora mismo disfrutas y, perdona que te espete, malgastas. Porque los derechos que se ganan también se pueden perder, y hay que luchar para conservarlos.

¿Que no hay lucha obrera? No, colega. Lo que ocurre es que la hemos perdido.

Fauna periodística XXXII: llamaditas, mamaditas y otros vicios del periodismo

Imagen: eslibertad.org

Imagen: eslibertad.org

A este post le precede un silencio atronador que da vergüenza asumir. A estas líneas las paren una parte de indignación y otra, la mayor, de sonrojo. Tener un blog sobre periodismo tiene sus ventajas, la principal es saber que nunca se agotarán los motivos por los que arremangarse y ponerse a escribir, a teclear, una vez más. Pero tener un blog de periodismo y ser periodista también tiene sus inconvenientes. El primero y más importante, el de tener que callarse el 90 % de las ideas. Porque, seamos sinceros, lo de la falta de tiempo que tantas veces se esgrime, es una falacia. Si puedes dejar de comer decentemente para sacar tu trabajo adelante, puedes hacer un hueco en la jornada para vomitar lo que quieras sobre la pantalla del ordenador. Pero no nos fustiguemos aún.

Para escribir estas líneas he tenido que acudir a Google, como para la gran mayoría de trances vitales. “Kichi contra periodismo”, escribo, porque hace tiempo que la corrección gramatical en el buscador ha pasado de moda. Abro el primer artículo que reseña internet y leo: “Kichi ataca a la prensa gaditana, a la que acusa de ‘falta de rigor’ por no serle favorable”. Hoy no llevo puesto el traje de periodista rigurosa y me doy por satisfecha con el titular y los subtítulos, que me informan de una campaña de Podemos en Cádiz contra la prensa y la reacción de los compañeros de la Asociación de la Prensa de Cádiz. No necesito mucho más para saber de qué va la vaina: políticos de nuevo cuño que se ofenden por las informaciones periodísticas y compañeros que afean la generalización, siempre tan injusta pero tan cómoda a la vez.

No quiero saber quién lleva la razón, probablemente porque, si escarbamos un poco, ambas partes la tengan en determinada proporción. Sí, amigos, los periodistas también nos equivocamos, y por supuesto, los afectados han de poder patalear al menos. Insisto, no conozco la letra pequeña y tampoco me importa para el objeto de este post. Frenen los impulsos de colocarme en tal o cual bando, porque no van por ahí los tiros. Cualquier campaña de difamación, venga de donde venga, me molestará, y creo que con eso ya pueden intuir mi postura.

Mi atención se centra, más bien, en las reacciones a la campaña de Podemos. Nunca, insisto, nunca defenderé a nadie que pretenda delimitar la libertad de prensa a lo que a él le conviene. Están muy acostumbrados los políticos, los viejos y los nuevos, a definir ellos mismos qué es el buen periodismo y cuál no lo es, que coincide asombrosamente con los que les dan o les quitan la razón. Ejemplos de ello los hay a patadas en todos los sitios. Allí donde hay un periodista haciendo su trabajo, habrá alguien que le critique, con o sin razón.

Lo que me preocupa es la sobreactuación y el silencio cómplice en otras situaciones. Una de las cosas que más me molesta es la hipocresía y las falsas apariencias. Por eso, que un político o todo un partido se tome la molestia de volcar sus esfuerzos en señalar a la prensa por supuestas ofensas en público, me parece hasta valiente. Se quejan, sí, pero a la cara. Es peor, creo yo, cuando te dan la puñalada trapera por detrás.

Todos los políticos, salvo los menos inteligentes, te sonríen, te hacen gracias, te quieren a su manera. Todos se dirigen a ti de forma amable, salvo los muy pasados de rosca; todos te hacen carantoñas para que no les des, o lo hagas las menos veces posibles. Pero ocurre de vez en cuando que, ante lo publicado o dicho, se revuelven contra ti. Pero nunca se lo vas a notar, nunca lo harán a la cara, porque su juego es callado y canallesco. A mi lo que me preocupa, por si no lo han notado aún, es la llamadita al orden al jefe, el toque de atención, que suele drenar despacho abajo para que te cale bien hasta los huesos. Ese es el verdadero peligro. Un tuit jode, hace daño, enerva y solivianta, sí. Pero una llamadita te pone en el disparadero.

Esas presiones existen desde siempre, es la mierda con la que el periodista debe aprender a vivir, y la que el jefe debe saber neutralizar (lo de los jefes que hacen más caso al político que a su redactor, generalmente al olor del dinero, lo dejamos para otro post). Por eso, no me quita el sueño que un político abra Twitter con el ánimo de echar por tierra mi trabajo. Puedo contestarle de la misma forma o seguir con mi tarea honestamente, eso ya va al gusto de cada uno. Lo que no se puede contestar es lo que no te dicen a la cara. Y eso, colegas, es más viejo que la orilla del río.

Fauna periodística XXXI: Los dinosaurios

¡Tú no periodista!

¡Tú no periodista!

Parece mentira que aún sigan ahí sentados. Con sus culos al calor de un trabajo que un día merecieron. Con la nariz metida en el ordenador esperando que las noticias salgan a través de ese cable que les mantiene unidos al mundo. Parece mentira, con la cantidad de periodistas hambrientos que hay, ávidos por hincarle el colmillo a una noticia, una buena historia que ellos maltratarán porque ya no saben de qué va esto. Parece mentira que ahora, cuando la profesión necesita ese empuje que le dan las ganas de contar cosas, las redacciones mantengan buches que se llenan con palabras al peso. Parece mentira que haya tantos estómagos agradecidos cuando hay tantos otros vacíos deseando llenarse de historias aún por contar. Son los dinosaurios que se empeñan en no avanzar con la manada, si es que aún queda de eso.

Hacen lo justo, lo necesario para llenar de letras, a veces sin sentido alguno, una página, unos minutos. Quizás una vez sintieron el pellizco de la profesión, quizás hubo un tiempo en que sí se merecieron el puesto. Quizás, si rascamos, encontremos bajo la gruesa capa de indolencia que ahora les abriga a un periodista ávido por cumplir con el simple cometido que nos encomienda el lector o el oyente. Pero todo eso se perdió por un camino en el que se dejaron dominar, se dejaron acariciar el lomo, se dejaron querer por amores mal entendidos.

Los dinosaurios de ahora tienen mucho en común con el renegado, ese periodista que se cansó de luchar, que vino a la profesión a contar lo que ocurre y que fueron sustituidos por otros más cercanos al poder, más cómodos, más fáciles de meter en vereda. La diferencia es que éstos aún son conscientes de la jugarreta, mientras que los dinosaurios viven en su burbuja pensando que el oficio es tal y como ellos lo conciben, con ningún remordimiento, con ninguna gana de cambiar porque para ellos, quienes han de darse la vuelta son los demás.

Ni siquiera han sabido jugar bien sus cartas para convertirse en esos que un día fueron periodistas y que ahora son más trajes inertes con una agenda apretada. No, no han sabido moverse entre el fango, pero no por falta de ambición… quizás por falta de talento.

Es muy probable que sean de los que se callan como putas, de los que prefieren guardar silencio para guardar bien su espalda, a los que los problemas de los compañeros les resbala y por omisión pecan con la misma frialdad que quien te clava el puñal por la espalda.

Hay demasiada agua estancada en las redacciones, viejas glorias que ni quieren seguir con el periodismo ni podrían hacerlo en caso de echarle más ganas. No son inútiles, no se engañen, son culos agradecidos que aprendieron el camino más corto y más fácil para hacer su trabajo. Son dinosaurios y, desgraciadamente, sólo un meteorito acabará con ellos.

Periodismo somos nosotros

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El secreto está en lo pequeño, lo que no se ve

Desde que inaugurara este blog, con más ganas de desahogarme que de reflexionar, le he dado muchas vueltas a esto del periodismo. He intentado, con más pena que gloria probablemente, desentrañar los males de una profesión que me ha dado y quitado a partes iguales y que, sin embargo, no cambiaría por nada. No le busquen heroísmo a esto último, porque la verdad es que creo que no sabría hacer otra cosa. He retratado, o caricaturizado, ciertos especímenes con los que todos nos hemos topado; algunos tienen nombres y apellidos y otros son más bien un cúmulo de anécdotas y circunstancias que la gente me cuenta y que yo me encargo de poner frente al espejo. En realidad este blog no es más que un cabreo continuo por todo lo que nos hacen y lo que nos hacemos.

Porque junto a políticos endiosados, jefes de prensa trasnochados, gabinetes ineficaces… estamos los propios periodistas como grandes hacedores de los males de nuestra profesión. Somos los principales culpables de la situación en la que nos encontramos, por dejarnos hacer y por hacernos. Por eso, cuando leo reflexiones como las de David Jiménez, actual director del Mundo hasta que alguien lo fagocite, pienso en la otra cara, la que nosotros mismos nos abofeteamos. Es cierto que el político, como él mismo reconoce en este artículo, nos ha perdido el miedo y, en muchas ocasiones, el respeto. Pero ¿quién es el verdadero culpable de todo esto? ¿No nos hemos dejado arrastrar a esta situación de descrédito nosotros solos?

Lo malo del asunto es que no hay que irse muy lejos para encontrarse con los grandes males del periodismo que son, al fin y al cabo, las pequeñas miserias a las que nosotros mismos nos obligamos. Leemos, escuchamos y reflexionamos con las grandes firmas sobre la debacle de los juntaletras… pero pocos conocen el fango del fondo, el que pisamos los curritos de provincias, los que nos batimos el cobre cada día en ruedas de prensa insignificantes, asumámoslo, para esos grandes que escriben desde su posición privilegiada.

Las grandes batallas para defendernos no se libran en las grandes redacciones, o al menos no solo. Es descorazonador descubrir con las charlas de cerveza que la base de lo que nosotros creíamos una profesión respetable está tan hecha añicos. La nómina de agravios es tan extensa como sorprendente. Por eso me pregunto si esos grandes tótems del periodismo saben, intuyen siquiera, lo que se cuece en el periodismo con minúscula. La duda se agiganta cuando pienso en las asociaciones de la prensa, las grandes, las masivas, pues se manejan en un terreno absolutamente distinto -no digo mejor- al de la gran mayoría de periodistas de este país. Es complicado defender algo si no sabes de qué debes protegerlo. Es difícil reconstruir el edificio si no tienes ni idea de cómo están los cimientos.

Uno de los ejercicios más honestos que podríamos hacer es investigarnos a nosotros mismos, conocernos, preguntarnos los unos a los otros por las circunstancias, las dificultades, los obstáculos del camino. Sólo así podremos llegar al entendimiento, la solidaridad -utópico, puede- y desde ahí planear un tratamiento que saque al periodismo de la UVI en la que se encuentra. Somos los pequeños, los periodistas sin nombre, los que soportamos el peso de la profesión. Deberíamos ser nosotros y nuestros problemas, por lo tanto, los que nos movieran a un cambio tan necesario como inevitable.

Fauna Periodística XXX: Los desterrados hijos del periodismo

derechoDicen que a los periodistas no nos gusta hablar de nosotros mismos… y eso es una verdad a medias. Es cierto que rehusamos a menudo dar noticias que surgen en nuestro propio gremio, nos excusamos al hablar de nosotros mismos como si no sufriéramos EREs, despidos, malas condiciones laborales y abusos. Somos así de bobos. Sin embargo, si ustedes han compartido momentos de asueto con alguno de nosotros, y sobre todo si en la reunión hay más de uno, el trabajo se convierte en tema ineludible. Aburrimos a las ovejas hablando de anécdotas, quejándonos de nuestras cuitas y dando buena cuenta de cómo nos porculan casi a diario.

En medio de esa amplia variedad de temas, ese abanico de quejas, retahílas y reivindicaciones, nos olvidamos de parte de la problemática que, o mucho me equivoco, o pronto nos dará una patada en nuestra conciencia de plumillas. Nos ocupamos y preocupamos por los compañeros que lo pasan mal, por los que tienen trabajo y parece que no lo tienen mirando la cuenta a final de mes; por los que lo tuvieron y ahora han de buscar un hueco en otra redacción; por aquellos que ya no ejercen la profesión que eligieron y deben conformarse con otro cometido, con mayor o menor suerte… ¿Pero qué pasa con quienes siquiera han llegado a ejercer la profesión?

Cada año salen de las facultades casi 3,000 nuevos periodistas y muchos de ellos ni siquiera pisarán una redacción en su vida. Estamos dejando de lado a todos aquellos que nunca podrán trabajar en el periodismo porque han sido expulsados de los medios antes de tiempo. No estamos reparando en esa parte de la profesión, todo ese talento que estamos dejando irse por el desagüe de los nuevos modelos mediáticos, ese juego de trileros que en la mayoría de los casos significa hacer de todo por la mitad de precio.

¿Qué hacer para evitar esa sangría? En la Arcadia la respuesta sería obvia: dignificar de nuevo las redacciones, liberar del yugo a los redactores que han de hacer el trabajo que antes llevaban a cabo tres periodistas, y prepararnos para las nuevas hornadas, que llegan talentosas, inquietas y desafiantes. En el mundo real, la solución varía ostensiblemente. Es polémico y va contra ese orgullo que uno siente, apuntalado por Gabo cuando dijo que este era “el mejor oficio del mundo”, pero ¿y si comenzamos a hacer campaña por el NO? Aborrezco la idea de decirle a alguien que no estudie periodismo… y sin embargo, reconozcámoslo, es lo primero que nos viene a la mente cuando algún inocente nos comunica la feliz idea de encaminar sus estudios por esta tortuosa senda. Hacer campaña por el NO a estudiar periodismo es incómodo, impopular, polémico y mezquino, si me apuran… pero todos los periodistas somos fieles defensores del trasfondo, que no es otro que evitar a los demás -si son seres queridos, más aún- las penas y los sufrimientos que nos ha traído esta jodida profesión. Es la mejor, sí… pero la querríamos igual si fuera un poco menos puñetera.

¿Y si la explotación es el sistema?

3162451_slave-on-a-cotton“Empezaron repartiendo gaseosa y mira dónde han llegado…” La frase me la espetó un compañero hace unos días a las puertas de un gran negocio vallisoletano. La ventaja -y el inconveniente- de vivir en una ciudad como esta es que siempre hay alguien que te conoce, que sabe de dónde vienes, que conoce tus orígenes. La afirmación es, a priori, positiva; refleja el esfuerzo, el tesón y el empeño de una familia por superar las adversidades y conquistar poco a poco su parcela dentro del negocio en cuestión. Suena a esa manida frase del “sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo, el botones que comienza sirviendo en un motel de mala muerte y acaba haciéndose con un emporio hotelero de renombre en todo el mundo. Todos, cuando comenzamos nuestra andadura laboral, soñamos con mirar atrás algún día y ver cómo los sinsabores, los malos ratos, las caídas y recaídas, han servido para erigirnos como el gran profesional que proyectamos ser. Un respetable maestro, un gran chef, un repostero de prestigio o un periodista de referencia. Elevamos la mirada y estiramos el cuello orgullosos de lo conquistado al desaliento.

Para lo que no estaba preparada fue para el remate de la primera reflexión: “Y lo han hecho explotando a la gente”. Nos quejamos los jóvenes, y no tan jóvenes, de las trabas que se nos ponen en el mercado laboral. Si ya de por sí es un milagro meter la cabeza, que no te la corten es todo un hito. Nos batimos el cobre dando lo mejor de nosotros mismos y maldiciendo a los que ponen palos en las ruedas, los que disfrutan puteando al personal, los que nos “explotan”. Y nos creemos que esto viene de ahora, que es patrimonio del siglo XXI, de la reforma laboral de Rajoy -que se lo ha puesto, eso sí, más fácil al negrero-. En fin, que nadie sufre lo que nosotros sufrimos.

Pero… ¿y si la explotación fuera el sistema? Son demasiados los ejemplos a nuestro alrededor que demuestran que las grandes empresas, de la índole que sean, se levantan sobre los hombros magullados de los trabajadores, que resisten estoicamente y sin remedio unas condiciones laborales cada vez más injustas. ¿Pero alguna vez fue de otro modo? Si el modelo que vendemos como éxito no es más que el resultado del aguante y el rechinar de dientes de los trabajadores, ¿no será este un chiringuito de débiles pilares? ¿Cuándo dejamos de luchar por nuestros derechos? ¿Alguna vez lo hicimos? La respuesta a muchas de estas incógnitas es complicada, pero no puedo dejar de pensar si, por ejemplo, en las empresas, los bares, los restaurantes, los negocios… en fin, en cualquier lugar donde exista una relación laboral vertical, se comenzaran a pagar sueldos dignos y a respetar los derechos de los trabajadores… ¿resistiría el sistema? No hay que irse a Galicia y su multimillonario capo de la moda para descubrir auténticas riquezas sostenidas por míseras condiciones y miseras conciencias -sí, también las nuestras-.

No me gustaría que esta reflexión se cerrara dando por sentado que todo empresario viste de Prada. Por favor, si hay alguien en la sala que conozca a un magnate honrado, que lo diga.

Nuestro derecho. Su derecho

silecnioNo se dejen engañar por teorías, expertos o gurús del periodismo. Por muchas vueltas que se le dé a nuestra profesión, lo único cierto es que se trata de algo tan sencillo como de ir a un sitio y contar lo que pasa. Es simple y, a la vez, tremendamente complicado, pero ese es nuestro cometido. No existe otro objetivo para un buen periodista que el de narrar lo que ocurre a su alrededor con el único final de que usted conozca la verdad. Por eso, en el momento que alguien impide a un periodista ejercer su trabajo, tenga muy presente que no se le está vetando a él, sino a usted mismo. Cerrar la boca de un periodista no es más que ponerle orejeras a la audiencia.

Con cada edición del Toro de la Vega se incrementa la tensión entre partidarios y detractores. Deberían entender ambas partes que los periodistas estamos en medio; incluso cuando algún medio de comunicación manifiesta abiertamente una postura en uno u otro sentido, les aseguro que la responsabilidad de tal decisión no descansa, en absoluto, sobre los hombros del periodista. Un profesional acudirá al torneo como acude a cualquier otro evento, con el objetivo de contar qué pasa.

Sin embargo, un elemento extraño se está introduciendo en el seno de los periodistas que acuden a la cita. He escuchado hablar a mis compañeros de miedo, de no querer ir a cubrir el Toro de la Vega; he visto a cámaras rodar por el suelo, bastones que se estrellaban contra compañeros, redactoras con la cara desencajada que han tenido que aguantar insultos, cuando no intentos de agresión.

Los protagonistas de tales vejaciones -hacia las personas y hacia la libertad de prensa y de expresión- se amparan en un presunto interés mediático por no sacar lo que ellos llaman la verdad del Toro de la Vega. Sin embargo, me atrevería a decir que en todos los casos, siempre se ha dado la oportunidad de expresarse tanto a partidarios como detractores de la fiesta. Pero pongamos que no es así; supongamos que algún medio de comunicación, equivocando su papel, opta por ofrecer una información sesgada del torneo, que no significa necesariamente manifestarse en contra, sino no mostrar ampliamente todas las posturas y los matices implicados. Aún suponiendo este extremo ¿es la violencia, verbal o física, la salida?

La respuesta es tan obvia que ofende a la inteligencia. Un comportamiento exaltado o violento nunca estará justificado, por mucho que el periodista o el medio de comunicación haya errado en su cometido, ya sea intencionadamente o no. Es más, la FAPE pone a disposición de cualquier ciudadano la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología a la que pueden acudir para defenderse de esos presuntos ataques o malas prácticas. Cualquier otra forma de protesta que implique un intento de amedrentamiento es un lamentable ataque a la libertad de prensa.

No se trata de estar a favor o en contra del Toro de la Vega; se trata de defender o no nuestro derecho a informar y su derecho a la información.