Fauna periodística III. Los pasilleros

Son simpáticos. Enseñan sus dientes blancos cada vez que hay ocasión, en un gesto tan calculado como aparentemente natural. Te tratan bien, son amables, incluso podrías llegar a considerarlos amigos. Viven agazapados tras su ordenador dispuestos a abalanzarse sobre cualquier jefecillo indefenso que cruce la redacción. Son los pasilleros, y se alimentan de los más débiles.

Fríos y calculadores como el que más, han aprendido a disimular sus oscuras intenciones detrás de una fachada de almíbar periodístico. No se meten en guerras ajenas, e incluso las suyas las dan por perdidas. Nunca  protagonizan un cuerpo a cuerpo porque lo suyo es el trabajo en retaguardia, la puñalada trapera, el gesto escondido que te deja con cara de tonto y, lo que es peor, sin saber por dónde ha venido.

Gustan de hacer guardia por los pasillos; es su lugar estratégico, desde donde otear el movimiento de redacción y lo que se cuece en los despachos. A medio camino entre el infierno y la gloria, estudian meticulosamente su próximo objetivo, diseñan un plan de acción y juegan con sus compañeros al más puro estilo risk. Un favor por aquí, una ayudita por allá, y ya tienen su chiringuito, a su nombre y dirección, pero sin dar palo al agua.

El pasillero tiene dos caras, una doble moral. Una que le permite camuflarse entre sus compañeros, ofenderse con las injusticias –aunque en voz baja-, darte ánimos si los necesitas e, incluso, portarse como un “tío legal”. Pero se mimetizan con el ambiente, y en los despachos sacan su otro yo, la cara que sonríe al jefe, el monigote que le da la razón, incluso sacan a pasear su dedo acusador en un gesto que más tarde negarán hasta la saciedad.

Van medrando poco a poco hasta llegar a su objetivo; te pisan, pero con una elegancia tal que crees haberte puesto tú bajo su zapato aterciopelado. Pides perdón, y ellos magnánimamente te absuelven… Y cuando llegan a casa se descojonan a sabiendas de que lo que han hecho no es sólo impulsarse ellos, sino hundirte un poco más a ti en el fango.

Nunca llegarán a nada, pero se mantienen a flote con una habilidad pasmosa. Son el madero que llega siempre a tierra firme, y como tal, sólo sirven para apuntalar lo que otros destrozan. En el fondo, no son más que títeres en manos de los pasilleros mayores… no tienen más campo de batalla que el que cabe en su mesa de comedor.

El cuarto poder

Probablemente este sea un artículo más dentro de la invasión de análisis que se vive estos días sobre mi profesión, el periodismo. Probablemente mi opinión –que no es ni mejor ni peor que la del resto- no aporte nada nuevo. Probablemente, muchos de ustedes estén hartos de leer lo asquerosamente mal que se está poniendo el panorama mediático… pero déjenme que me mire el ombligo, que haga un repaso por las sombras del periodismo. Permítanme, en definitiva, que me desahogue sobre este papel en blanco que es, al fin y al cabo, lo que creo que se me da mejor.

No hay día en que no se publiquen despidos, reajustes de plantilla o expedientes de regulación de empleo en multitud de sectores. La prensa nos informa puntualmente de todas esas noticias que las englobamos, evidentemente, dentro de lo malo de la actualidad, ese saco de noticias que nos gustaría hacer desaparecer. Y aunque no lo puedan leer, porque su publicación depende de múltiples factores políticos, económicos y empresariales, también se están llevando a cabo operaciones similares en las redacciones de todos los medios de comunicación del país, ya sean periódicos locales, televisiones nacionales o radios autonómicas. Todos, los grandes y los pequeños, pendemos de un hilo en estos momentos.

Pero vistos los datos del paro, los EREs, los concursos de acreedores y los cierres de empresas, factorías y negocios, muchos de ustedes pueden pensar: ¿Qué más da un periodista más que menos? Confieso que alguna vez lo he pensado incluso yo. Nuestro cometido es tan volátil, el de contar lo que ocurre, que nadie lo calificaría de primera necesidad. A quien le falta dinero para pagar una hipoteca, algo con lo que alimentar a su familia, o quien se ve privado de la luz o el gas por las deudas acumuladas dudo que le interese lo más mínimo la profesionalidad o no del periodista que le cuenta la actualidad. Y es lo más lógico.

Sin embargo, ser periodista, bueno, ser un buen periodista, implica algo más que rellenar páginas de periódicos o minutos radiofónicos y televisivos. Somos el filtro por el que pasa toda la información que ustedes pueden obtener. Hasta la noticia más simple del barrio de su ciudad debe canalizarse a través de nosotros; somos quienes dan forma a los sucesos, los que les explican qué se dice en el Pleno de su ciudad o comunidad, los encargados de hacer de una farragosa sentencia judicial un texto fácil de comprender. Los periodistas somos, al fin y al cabo, sus ojos más allá de las cuatro paredes de su casa. ¿Se imaginan el poder que supone dar forma a la actualidad? Piensen por un momento en un periodista con intereses ocultos, alguien a quien le conviene que tal o cual información llegue de una manera determinada, alejada de la realidad, a sus manos. ¿No se sentirían engañados? Pues calculen si esa noticia supone un beneficio económico, si dar a conocer algo o deformar la realidad de determinada manera pudiera llenar o vaciar los bolsillos de alguien. O, simplemente, piensen si les gustaría vivir engañados contínuamente. Por algo se bautizó al periodismo como ‘el cuarto poder’. No hablo de puntos de vista o ideologías; esos matices existen y, en la medida en que no modifican una información, sino que la enriquecen, son harto necesarios. Me refiero a manipulación pura y dura. Y ese es el camino que está tomando el periodismo.

Menos profesionales significa menos calidad, más trabajo para los pocos que quedamos. Menos periodistas en las redacciones se traduce en más presión, menor calidad en el trabajo -y en la vida- del redactor, el fotógrafo, el cámara o el técnico que debe hacer frente con su tarea a lo que antes desempeñaban dos o tres compañeros.

Y lo peor del caso es que nosotros poco o nada podemos hacer. No tenemos capacidad de maniobra, estamos maniatados por una profesión que, desgraciadamente, engancha. Y no importa lo mal que lo pases, las penurias económicas o los sinsabores del día a día. Te quedas. Pero quienes sí pueden decir algo son ustedes, quienes sintonizan una determinada frecuencia radiofónica, los que se gastan el dinero cada mañana en un periódico o quienes deciden no cambiar de cadena de televisión. Ustedes deben decidir si lo que quieren es una información sesgada realizada por profesionales cercanos al colapso profesional y personal, o si prefieren unos contenidos con un mínimo de calidad. Ustedes, quienes están fuera de las redacciones, son lo que tienen la clave de la salvación del periodismo.

Fauna periodística II. El jefe de prensa (incompetente)

Traje oscuro y corbata para ellos, tacón y maquillaje a raudales para ellas. Exudan simpatía y buenas maneras al primer contacto; apretones fuertes de manos, besos sordos al aire y un interés exagerado en tu quehacer diario. Te preguntan a qué medio perteneces antes de darte la nota correspondiente; en el caso de los más eficientes, fichan tu cara para el futuro, aunque lo normal es tener que repetir tus credenciales cada vez que se cruzan contigo en la sala de prensa. Ya lo tienen todo hecho y ese es un esfuerzo que no quieren desempeñar. Es el jefe de prensa (incompetente).

Estudiaron periodismo, y puede que en algún tiempo fueran buenos profesionales, pero pronto se cansaron de nóminas casi transparentes. Tentados por las cifras plurales a final de mes, claudicaron el día que uno de los peces gordos a quienes seguían –y generalmente trataban bien en sus crónicas- les llamaron para tenerles aún más cerca. El calor de un jefe de prensa sólo se puede comparar a la estufa perenne del político de turno.

Pasean su palmito por mausoleos oficiales, edificios aptos para acomplejados, que utizan el frío marmol como esterilla prêt-à-porter. Hacen resonar sus zapatos nuevos en el suelo de los pasillos a los que los periodistas-currantes llegan apurados por tener ese mismo día otras cuatro citas con similares protagonistas. Pero no hay prisa. Lo importante es que los trajes no se arruguen y salgan mal en la foto. En los papeles no hay alopecia, miopía o falta de sueño. Por eso, hacer esperar a “los chicos de la prensa” es una mal disculpado… sobre todo por aquellos que algún día esperaron libreta en mano a que un traje bien colocado les soltara su discurso.

Son poco eficientes; su frase favorita es “lo intentaré, pero no te prometo nada”. Los datos y expedientes se ocultan, hasta que no hay más remedio que enseñarlos. Aunque entonces, las agendas se abren por la “A” de amigos, siendo el afortunado ganador del sorteo el medio habitual de cabecera. No toleran una mala crítica, no digieren la verdad. No ven lo que en su día ellos mismos reprochaban, y no quieren ver lo que ahora hay para criticar.

Dan mala fama a una pequeña (muy pequeña) parte del periodismo; a esos jefes de prensa que sí atienden, que sí trabajan… A esos que aún tienen fresco en la memoria que algún día fueron plumillas; a esos que recuerdan locomplicado que era trabajar sin coche ni móvil oficial.

Fauna periodística I. Las periopijas

Visten a la última y su patrón de moda lo marcan las firmas populares que fotocopian a las chicas temporada tras temporada. Ya apuntan maneras durante la carrera, haciendo resonar sus tacones por pasillos, clases y, lo que es peor, por bibliotecas. Maquillan su rostro antes de abrir sus apuntes y afilan sus perfiladores en vez de sus lápices, porque la sencillez no cabe en su mundo de futura presentadora de moda. Pasean sus palmitos entre los alumnos, clavando sus ojos en los más agraciados, dispuestos a formar una pandilla de modernos chic que marcarán el paso al ritmo de taconeo de charol. Pero también las hay, y no son pocas, las que dominan el arte de encandilar al profesorado, que aprende antes los nombres de las minifaldas cortas que los de las notas altas.

De un salto se plantan en la vida laboral, con una carta de presentación que juega a su favor. Y no habría ningún problema, si no utilizaran esas artes para menesteres poco periodísticos. Manejan las situaciones sociales como pocas; son verdaderas escaladoras en las ruedas de prensa. Pasan de la última fila, la de los cables cortos y las grabadoras cutres, a los primeros puestos (quién sabe si desde el estrado, el político de turno tenga mejores vistas).

Sus primeras víctimas son los jefes de prensa, inocentes corderillos que se dejan liar por la madeja de la palabrería dulce y los sujetadores caros (otra especie a estudiar). Y su nombre, claro está, pasa a su lista mental automáticamente, con fotografía de contacto incluida.

Copian las notas de prensa, bien porque no dan para más, bien por no se espera más de ellas. Despachan páginas, crónicas, noticias y reportajes con un “sota-caballo-rey” que no ponga en entredicho ni su pericia al ordenador  ni, obviamente, al entrevistado de turno. Prefieren que el poder las reconozca y las encumbre, a ser la china en el zapato de tal o cual político, porque “el periodismo está para recibir, no para dar”…

Amigas en seguida de quien corta el bacalao, suelen tener puestines asegurados aquí y allá; poco importan los borrones del currículo cuando se pueden maquillar con el antiojeras que después adornará su rostro. Da igual que sean conocidas por su inutilidad o su poca pericia a los mandos del vocabulario: las recomendaciones apaciguan las voces contrarias y las insertan al más puro estilo cortar/pegar en las redacciones.

Son las barbis periodistas, con el kit completo: grabadora, boli y agenda, debidamente guardado en bolsos de marcas con anagramas reconocibles a la legua. Una especie en alza porque no molesta, no aturde, no pregunta. Un figurín que adorna las redacciones y las salas de prensa, pero que quitan de un caderazo el lugar que le corresponde a la mosca cojonera que apredió en la facultad, al menos, a sumar dos más dos.

Primer paso

Comienza hoy, después de muchos intentos frustrados (intentos imaginarios en su mayoría) la andadura de este blog que no pretende más que ser un rinconcito donde escribir. Sólo eso. Soy periodista y es a lo máximo que aspiro en la vida: escribir y que alguien lo lea.

Mi profesión es, precisamente, mi mayor fuente de inspiración, aunque mucho me temo que acabaré metiéndome en otros muchos charcos. Espero molestar, sinceramente, y hacer visible otro punto de vista. Creo que cuando las opiniones empiezan a molestar a los de arriba es cuando empiezan a ser opiniones de verdad.

Intentaré vencer la poca constancia que me caracteriza y completar de forma periódica este blog; para ello, el primer paso será recuperar los textos que he escrito para blogs de terceras personas… reunir todas esas reflexiones en el rincón de quien las puso negro sobre blanco.

Espero no defraudar.