Fauna periodística V. El ilustrado

No hablan, sientan cátedra; sus preguntas suelen ser más largas que las respuestas que provocan, y su verbo florido a menudo descoloca a compañeros y entrevistados. Buscan demostrar que lo saben todo, que dominan la actualidad como nadie… quieren quedar por encima del resto con un “aquí estoy yo” coronado con un interrogante. Son los ilustrados, sabuesos del buen hacer periodístico que en algún punto del camino se pasaron de frenada para recalar en la pedantería hecha palabra.

Su saludo es como un visado al olimpo de los periodistas; te escrutan si eres un recién llegado y prefieren averiguar sobre ti que preguntarte sin rodeos. Su primera reacción es una mirada lastimera e indulgente que susurra en silencio un “te perdono tus errores de novato”. Pueden incluso caer en la tentación de acogerte como a un discípulo y entonces es cuando más disfrutan. Sienten que deben compartir con el mundo su extraño don, el que les hace poseer la verdad frente al resto de ineficaces e imprecisos plumillas. Sin embargo, si eres mejor que él, y en algunas ocasiones no es excesivamente complicado, probablemente no disfrutes más que de un hola comprometido y entre dientes.

Sus preguntas son eternas, tienen un titular en la cabeza y luchan hasta la extenuación por conseguir que aquello que se imaginan a cinco columnas y abriendo su periódico case con la remota respuesta del atolondrado político que, si no tiene experiencia, caerá fácilmente en sus juegos. Gustan de la subordinación y huyen de las preguntas directas, no sea que se les vea el plumero y la realidad les fastidie la noticia. Antes muertos que sencillos, no admiten no entender algo, sino que se enrocan en una palabrería sinfín que provoca miradas cómplices y extrañadas entre los compañeros.

La mayoría son buenos, muy buenos periodistas, pero caen en la presunción excesiva; son unos apasionados de las clases improvisadas a pie de barra de bar, colando temas que tienen entre manos en medio de conversaciones vacías que nada tienen que ver con su argumento. No saben cómo demostrar que, a pesar de hilar tan fino como el coral, molan mucho y pertenecen a tu mismo grupo, el de los periodistas normales que no aspiran a descubrir un watergate cada semana, sino a contar la verdad pura y dura de lo que ocurre… si es que les dejan.

Dinero bajo el colchón

Si usted ha nacido en alguna de las nueve provincias de Castilla y León, se habrá hartado de escuchar durante su vida lo sosos, secos, ásperos y duros que somos quienes hemos venido al mundo en estos lares. Puede sonar a reproche o a broma pesada, a observación precipitada o a juicio reposado, pero todo castellano y leonés ha aguantado alguna vez esa coletilla incómoda que nos mete a todos, sea cual sea nuestro carácter, en el mismo saco.

No creo que el comentario tenga tintes maliciosos en absoluto; es más, hasta hace poco, pensé que era un tópico más, como el de que los andaluces no dan palo al agua o que los gallegos son unos tristes de cuidado. Pensé que se quedaba en mera anécdota, hasta que una conversación con un amigo me hizo reflexionar sobre el tema. Todo vino hablando de negocios, de cómo se encuentra el país, la economía, la Bolsa, y todas esas cuestiones que a mi se me escapan y de las que me encantaría aprender más. Pues bien, mi compañero de reflexión apuntó un argumento sorprendente en un momento de la conversación; vino a relacionar la falta de iniciativa empresarial y de movimiento económico en nuestra comunidad con ese famoso carácter castellano que nos impregna. Intrigada por tal afirmación, pedí que ahondara en esa teoría que hasta ahora era desconocida para mi.

“Castilla siempre ha sido el granero de España, la materia prima del país, y sin embargo nunca os habéis aprovechado de ello”. Bien, parece cierto, si lo pensamos, que lo que hasta hace muy poco se conocía como Castilla la Vieja era parte fundamental del engranaje de un país que se sostenía gracias a la agricultura y la ganadería, un sector primario que constituía la única salida para millones de personas y que ponía en marcha la maquinaria del Estado.

“No invertís, no arriesgáis con el dinero, preferís tenerlo parado, sin producir beneficio, por temor a perderlo, y así no se consigue progresar”. ¿Sería cierta esta última observación de mi amigo? Nunca me había parado a pensar si en Castilla y León se invierte o se arriesga menos que en otras comunidades, pero… cierto es que aquí no hay un Zara ni un Mercadona que demuestre lo contrario. Las grandes industrias están de paso en la comunidad, somos el estadio previo a la marcha a otros países más baratos, una huída que comenzará pronto. Renault en Valladolid y Palencia, Nissan en Ávila… son algunos ejemplos de grandes multinacionales que vinieron a esta tierra de fuera, y que no se quedarán eternamente (buen ejemplo de ello es la vergonzosa actuación de LM en Ponferrada, huyendo de la comunidad después de zamparse las subvenciones del gobierno autonómico).

Es más. Pensando acerca de esta fama de “inoperantes del euro”, recordé la gestación de esa fallida integración de las cajas de ahorro de la comunidad. No sé si tuvo que ver con el carácter castellano, con la ingerencia de un gobierno que se precipitó a la hora de mover el sistema financiero de la comunidad, o de dirigentes que se preocupan más de su propio bolsillo que de hacer una operación beneficiosa para la autonomía (si es que las cajas de ahorro se tienen que ocupar de esos menesteres), pero la fusión de Caja España-Duero con Unicaja bien podría tomarse como paradigma del castellano y leonés, que debe abandonar la comunidad para que la cosa funcione.

Con un análisis tan precipitado, y con estos pocos datos, no se puede afirmar que en Castilla y León seamos excesivamente conservadores en el plano económico, pero al menos da qué pensar que desde fuera se tenga ese concepto de nosotros.

No somo héroes, somos unos pringados

“Hola, soy Beatriz, periodista. Nací en Valladolid, pero ahora vivo en Chiquitistán, feliz de la vida, con un sueldo mejor, una casa enorme y tiempo libre para vivir”. No es cierto, pero… ¿no me digan que no estaría genial comenzar así uno de esos reportajes de paisanos por el mundo que proliferan ahora en la televisión? Soy de las que miran esos programas con una mezcla de envidia, asombro y pena. Envidia porque yo no tengo la determinación de coger las maletas e irme de un país que, lejos de ponerme las cosas más fáciles, se empeña en echarme a patadas a otros lugares. Asombro, porque no puedo creer los derechos, subvenciones, ayudas y condiciones que existen en otros países con el fin de que sus ciudadanos vivan, con todas las letras. Y pena. Mucha pena, porque la materia prima del país, la savia que debería hacer crecer a España, se está yendo a producir, consumir y vivir a otros países.

 

Y no son sensaciones mías. Aunque podría tirar de lista telefónica y comprobar cómo muchos de mis compañeros de clase (casi treintañeros todos) han elegido otros países para vivir. Japón, Italia, Reino Unido… son los destinos escogidos por quienes una vez soñaron ejercer su profesión en su país y, si pudiera ser, en su comunidad (a nuestra generación aún le quedaba algo de ingenuidad en la recámara, qué quieren que les diga).

 

Como les decía, las cifras son incontestables. Un rápido vistazo a los medios de comunicación de la comunidad y una se encuentra con que “Castilla y León perdió en el periodo analizado por el INE [abril de 2010- abril de 2011], 7.440 jóvenes menores de 25 años”; o que “En 2008, la comunidad perdió 4.351 autóctonos entre 16 y 34 años, casi doce diarios” (y no creo que desde 2008 el asunto haya cambiado mucho…).

 

Pero, ¿por qué nos vamos de España? ¿por qué abandonamos Castilla y León? Dejando a un lado las mentes inquietas, los espíritus aventureros y los emigrantes por amor, nos queda un buen puñado de jóvenes que tiene que salir fuera de sus casas para ganarse el pan. Y pagar impuestos fuera de la autonomía. Y generar riqueza en otras comunidades. Y revertir lo que la educación les ha dado en Castilla y León en otros lares.

 

Así, de entrada, se me ocurre que buscar un trabajo digno es una buena razón. Un puesto en el que trabajar ocho horas sea lo normal; donde tus derechos se respeten, se valoren tus esfuerzos, y no tengas la sensación de estar viviendo en la oficina. Otro buen motivo pueden ser los salarios. Cobrar lo suficiente para vivir. Sin ostentaciones, no pedimos demasiado… con que tomar una caña con los amigos no se convierta en actividad de riesgo, es suficiente. ¿Y una vivienda decente? No estaría mal. Con un precio que se ajuste a su valor real o un alquiler que no te haga adoptar la dieta del panchito y el agua del grifo (los alquileres de VPO a 700 euros existen aquí mismo, en Valladolid, donde debe de haber jóvenes de 30 años que saben fabricar billetes de 50 con soltura admirable).

 

No creo que sea pedir demasiado. Para otro día dejamos lo de que las administraciones paguen a tiempo, que la sanidad siga siendo gratuita, que la educación pública no pague los platos rotos de los ajustes, que los bancos dejen de reírse de nosotros o que los políticos saquen la cabeza de la madriguera para escuchar a los ciudadanos.

 

¿Y aún se preguntan por qué nos vamos? No se engañen, los que nos quedamos no somos héroes, somos unos pringados.

 

Fauna Periodística IV. El periodista ‘de provincias’

Desde siempre he oído afirmar a los grandes de la comunicación, a los periodistas que, contra natura, ocupan titulares y protagonizan entrevistas, que lo verdaderamente complicado en este mundo es ser “periodista de provincias”. Al principio pensaba que era una pose, una buena forma de aparentar que se está del lado de los “más débiles” de la profesión pero sin perder ese aura de estrella que rodea a quienes hace tiempo que superaron esa definición. Pero la experiencia me ha demostrado que, a pesar de lo pedante de la expresión y de lo cercano que está a la falta de respeto eso de “de provincias”, aquella afirmación es verdadera.

Piénsenlo. Cierto es que trabajar en grandes urbes y escribir sobre temas nacionales o personajes de alcance mundial, valorar y criticar las grandes políticas de los gobiernos o poner en duda cada paso de tal o cual político, tiene su peligro. Contraprestaciones del trabajar en un medio fuerte y con respaldo. Pero reflexionen sobre lo que es escribir de un alcalde, un concejal o un presidente de comunidad autónoma a quien tienes que ver casi cada día, que sabe quién eres, que controla el medio en el que trabajas, que –en muchos casos- tiene tu nombre en la agenda telefónica. Cualquier crítica sobre su gestión, cualquier enfoque que no ensalce su quehacer, cualquier detalle que deje entrever que no lo tiene todo ganado con el medio en cuestión, puede desatar un auténtico vendaval en redacción.

Hay llamadas, presiones, miradas y “consejos” que llegan convenientemente a oídos del periodista, que debe decidir entre su profesionalidad o jugarse el trabajo. Evidentemente, esto no ocurre cada día, pero sí con la frecuencia necesaria como para reconocer la labor del periodista local, ese que escruta la realidad de su ciudad o su comunidad autónoma con el ánimo de explicar a la gente qué ocurre, cuánto cuesta lo que pasa, quién ha metido la pata o qué proyecto se demora más de lo necesario. Informaciones de andar por casa que muchos no cambiarían por una suculenta exclusiva mundial, pero que algunos, pocos, prefieren por ser la que realmente importa a la gente, la que de verdad condiciona la vida de sus conciudadanos.

Son otro tipo de periodistas, los que ocupan los últimos rincones de la redacción, quienes más tarde abandonan su puesto de trabajo, aquellos que persiguen la verdad y no un titular conveniente o llamativo. Periodistas que se las tienen que ver con jefes que menosprecian su trabajo por tratarse de temas comunes y corrientes, de presupuestos humildes, de problemas que en comparación con las grandes guerras y las detenciones internacionales, se quedan en nada. Profesionales que deben ver la cara en una rueda de prensa a un político el mismo día que le han metido el dedo en el ojo en su informativo o su página. Son “periodistas de provincia”, a mucha honra.