Fauna Periodística VII. Los renegados.

Han sido periodistas a ras de suelo durante mucho tiempo y han perdido la ilusión. Seguramente comenzaron en esto del periodismo con el empuje y la vivacidad que todo práctico demuestra al pisar por primer vez una redacción, pero los envites del día a día han terminado por horadarles. Controlan de muchos temas, saben de todo, cuentan mil y una historias pensando quizás en que antes se hacían las cosas de una forma más pura o simplemente diferente. Ahora van a las ruedas de prensa sabiendo ya que su próxima crónica no cambiará el mundo. Son los renegados.

Suelen ser quienes más pueden enseñar y, paradójicamente, a quienes más cuesta arriba se les hace eso de aguantar las nuevas hornadas de compañeros. Quieren decirles que esas ganas y ese empuje se agotan, que el periodismo como arma para cambiar el mundo queda para otras redacciones más grandes, para las tiradas nacionales. Que ellos sólo tienen que contar lo que pasa y que, en muchas ocasiones, deberán adaptarse a rígidos corsés que deforman, aunque sea mínimamente, la realidad. Pero callan resignados esperando que el golpe no sea demasiado fuerte. Al fin y al cabo, su caída fue paulatina y quizás por ello hayan podido soportarla.

Han sido adelantados por otros cuya suerte ha sido mejor; no por tratarse de mejores profesionales, pero sí por tener una pizca más de ambición en la vida. Se aburren con las intrigas de palacio, ellos no se apuntaron para esto. Quieren escribir o hablar de lo cotidiano, del ciudadano de a pie, pero ahora se estila el político y su traje en las portadas de los medios, el tira y afloja de gobierno y oposición, sacando a relucir zancadillas, trapos sucios y escoria barata.

Ya no quieren hacer horas extra, trabajan en lo suyo lo justo, salvo algún soplo de ese conocido que se mueve bien en tal o cual concejalía, para apagar el ordenador lo antes posible e ir a casa. Y por ello se ganan la enemistad del resto. Nunca soñaron, o al menos dejaron de hacerlo hace mucho tiempo, con emular a los grandes cronistas de la historia cuyas exclusivas han sido llevadas incluso al cine, y suelen ser el blanco fácil de los que postergan su entrega familiar para las horas intempestivas de la madrugada.Los más aforunados conservan una familia que a duras penas comprende la profesión de periodista pero que ha aprendido a vivir con ella. Otros la perdieron por el camino.

No ven recompensas en el día a día, están tan hartos que ya ven todo de un color grisáceo, un tinte de pesismismo que es complicado borrar y que se acentúa conforme desfilan ante sus ojos esos compañeros que han sabido sobrellevar el lado menos amable del trabajo.

Nadie está libre de pasar a formar parte de esta especie fácilmente identificable a nuestro alrededor. Una decisión propia mal barruntada, una resolución ajena mal encajada o injusta, el acomodamiento en un sillón cotidiano y agradecido o el empuje de lo nuevo echando fuera a lo manido… Cualquiera de ellas pueden ser razones suficientes para provocar que el hastío del que solemos hacer gala los periodistas se convierta en algo perpetuo y nos condene de igual forma.

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Fauna Periodística VI. “Esos chicos de la prensa…”

Suele ocurrir el día que más trabajo hay, cuando tu planificación está cogida con pinzas y tu agenda rebosa “temas de apertura”. Suele pasar cuando menos gente hay en redacción, cuando más ojos están pendientes de ti o en el momento en que más jefes de corbata hay pegados a tu trabajo. Es en ese preciso instante cuando más tiempo necesitas, el momento en que al político de turno le da por aparecer tarde, mal y deprisa.

No pasa nada si el tema no tiene enjundia, pero suele coincidir con cumbres, reuniones, encuentros y peloteos varios entre administraciones. Eventos que te retienen en palacios y salas de lujo dedicadas a los menesteres del periodismo a duras penas. En despachos anejos a esas salas de prensa de postín suelen reír y debatir por lo bajo políticos, empresarios, mandamases y demás tropa trajeada, a los que parece que el trabajo de “los chicos de la prensa” no les interesa demasiado. Entiéndanme. Por supuesto que quieren salir en los periódicos, lucir su modelito en la tele y protagonizar minutos en la radio. El problema es que lo dan por descontado, saben que hay una verdad suprema al resto: esos periodistas no se van a mover de su sitio.

He presenciado ruedas de prensa con un retraso de cincuenta minutos; he aguantado todo un recital de música pseudo portuguesa para después recoger impresiones de políticos que a duras penas aceptaron preguntas. Y he sudado la gota gorda para mandar crónicas, entrevistas y artículos, mientras el jefe de turno me azuzaba vía telefónica a la espera de “lo último”.

Entiendo que desde las alturas que alcanzan los políticos en esos estrados que, además de bien iluminados, les permiten, sin tener que disimular, mirar por encima del hombro a los curritos que les escuchan, es complicado de entender la profesión de periodista. Sé que lo que para nosotros es una hora de redacción, muchos minutos de organización y varios de edición, para ellos no es más que el minuto que se tarda en escuchar, leer o ver la noticia. Lo que no entiendo tanto es la actitud de quienes mandan en los medios.

Directores, jefes de redacción o de informativos. Todos ellos han pasado por la silla del “localero”, todos saben de su trabajo, su esfuerzo y su pundonor, ese que le impide hacer a medias un trabajo que podría resolverse, de forma más tosca, en dos patadas. Se aprovechan de ellos y de la idea de que representan al medio en el que trabajan. Lo malo es que en casi ninguna ocasión, esos jefes reclaman para sus curritos, y por lo tanto, para sus medios, el respeto que se merecen. No hay político, administración ni empresario que se merezca una espera de una hora. No hay trabajo que aquéllos hagan que sea superior al que realizamos nosotros. En una sala de prensa no hay dos categorías. Entre políticos y periodistas existe, o debería existir, la misma dignidad. Deberían luchar por ella, deberían luchar por nosotros.