Fauna Periodística X. El Alfa y la Omega

En el mundo del periodismo siempre ha habido un sistema de castas, una organización que nadie debe ignorar y que (parece) no puede cambiarse bajo ningún concepto. Dejando fuera a directores de medios, que más que periodistas son ya meros gestores económicos y políticos, bajo sus pies se mueve toda una organización que sobrevive, respira y avanza con unos principios casi siempre universales: para subir, hay que pisar; para bajar, basta con un ligero empujón.

En medio de esa vorágine mediática, los hay que se perfilan una aureola sobre sus cabezas. Rara vez acuden a ruedas de prensa porque saben que no es allí donde se cuece la verdadera información. Prefieren jugar a ser detectives, algo para lo que muy pocos están llamados. Su palabra favorita es “exclusiva” y viven pendientes del móvil, devorando presupuestos y baterías al mismo ritmo. No se dejan aconsejar sobre periodismo porque ellos son el periodismo hecho verbo y carne, y reparten lecciones en la redacción hilados finamente con una ironía que no hace sino esconder prepotencia y soberbia a partes iguales. Se inventan normas absurdas, juegan a ser periodistas de película y se perpetúan en su sillón o micrófono sin dejarse calar por nada ni por nadie.

Pocas veces bajan al ruedo informativo, pero cuando lo hacen, parecen levitar sobre ese suelo que el resto de plumillas pisa. No son habituales en las salas de prensa, pero si van, se cuidan mucho de dejarse ver, dejarse oir y a veces hasta dejarse tocar. Es el precio del poder, de ser más que los demás, de ser mejores.

Forman parte de ese sistema de castas que te dice que si eres mujer, no puedes ser periodista deportivo; si eres joven, no debes opinar de política, y si sabes más que ellos, es mejor que te calles. Porque ignoran que desconocen algo, porque lo que ellos no dominan, no existe.

Pero en el fondo viven atemorizados por las hordas de jóvenes y talentosos periodistas que llegan año tras año a la redacción, a su territorio; conviven con el temor de que alguien invada su espacio, el que tanto esfuerzo les costó conquistar en el pasado, y que ahora, por su altanería, temen no saber defender. Ven en el nuevo periodista alguien sin valor y, lo que es peor, suelen despreciar su trabajo, sobre todo si es superior al suyo. Afortunadamente, el sistema de castas evoluciona, se regenera y esas generaciones de periodistas cuasi intocables deberán plegar velas y rendirse a la realidad: hay sitio para todos, pero para ellos cada vez menos.

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De aquellos polvos…

Se llama Sonia; es una joven separada, sin trabajo, sin prestaciones sociales y con un niño de cuatro años al que mantener en solitario después de que su padre se lavara las manos hace tiempo. Vive en un pueblo cerca de la capital. O vivía, mejor dicho, porque ha tenido que abandonar el que hasta ahora era su hogar para volver a casa con sus padres. No es más que otra víctima del feroz sistema implantado en la sociedad actual, otra persona más que ve cómo su castillo de ladrillos estaba, efectivamente, levantado en el aire.

 Ella ha sido finalmente desahuciada, a pesar de que el movimiento 15M logró aplazar el tiro de gracia una semana en el calendario. Y de nuevo se escuchan las voces que pretenden que la entrega del piso al banco sea el final de la deuda contraída con la entidad financiera. Hipotecas que se cierran en falso para que una persona pueda seguir adelante y quitarse de encima la losa de no saber qué va a pasar con su vida.

 La medida me parece justa, pero hay que analizar de dónde viene este problema. Todos conocemos la burbuja inmobiliaria: pisos que se construyen con facilidad pasmosa, horizontes de ciudades dominados por la grúa, precios inflados y, no nos engañemos, compradores ilusos. Hay que comenzar a asumir nuestra parte de culpa, de la misma manera que ya hemos asumido, en silencio o a gritos, que la crisis se cebará con nosotros queramos o no.

 Viendo el catálogo de ofertas inmobiliarias, alguien podría preguntarse si una familia necesita200 metros cuadradospara vivir, si un jardín es de vital importancia o si un tercer piso es irrenunciable. No nos engañemos, las entidades bancarias han tasado los pisos muy por encima de la realidad, inflando hipotecas casi eternas a las que ahora es complicado dar respuesta. Pero los compradores también han mordido la misma manzana; el pecado de quererlo más grande, más caro y mejor, nos ha llevado a esta situación, en la que los desahucios copan las primeras páginas de los periódicos y surten de imágenes lacrimógenas a los informativos. Me recuerda esta situación a quienes sabiendo su casa construida en el lecho de un río seco, lloran las inundaciones cuando Santa Bárbara truena. Pedimos a los bancos que no cometan los mismos errores, a las administraciones públicas que vigilen a aquéllos para que cumplan no sólo con lo legal sino también con lo lógico; pero alguien debería darnos un toque de atención a quienes alquilamos, compramos, vendemos o arrendamos una vivienda. No es de recibo pedir el dineral que se exige por una casa, pero tampoco lo es darlo sin pensar en las consecuencias.

Fauna Periodística IX. Mis compañeros

Han dejado el  miedo aparcado en casa, el respeto a alzar la voz por una vez, por convertirse ellos en los retratados, por ser por una vez la noticia del día. Han salido de casa o del trabajo sin comer, con la sensación de estar saciados de tantas tomaduras de pelo, hartos de comerse los marrones de los de arriba, a punto de la arcada tras haberse empachado de trajes con corbata.

Han caminado firmememente sin saber muy bien qué se iban a encontrar, qué caras secundarían la protesta, qué rostros estaban detrás de la convocatoria. Han hecho caso al boca a boca, a la petición de auxilio de una profesión que se muere mientras los objetivos siguen apuntando a peces cada vez más gordos. Han animado, escrito, pasado, repetido… para no estar solos. Han ido más allá del “hacer bulto” para arremangarse y ofrecer ayuda: un celo aquí, una pancarta allá, una foto que depués gritará en la red que los periodistas de Valladolid salimos a la calle para pedir la vaselina con la que nos van a dar.

Vinieron de todos los medios, de todas las edades, de todas las convicciones. Acudieron los estudiantes con ganas de cambiarlo todo ‘ahora’, los trabajadores con ánimo de batallar largamente, los jubilados con ansias de apoyar a quienes tomaron su testigo. Fueron trecientas las voces que el pasado 3 de mayo se juntaron en la plaza Fuente Dorada de Valladolid para reclamar lo que es suyo, la dignidad de una profesión prostituida por los de arriba, ninguneada por los políticos, utilizada por los tontos útiles que les dan mala fama. Son el trapo en que limpiar las miserias de otros, a quienes apuntar morbosamente cuando no hay más explicación, los currantes de la palabra a los que no se les deja abrir la boca. Son mis compañeros y estoy orgullosa de ellos.

PS: Fueron muchos los que acudieron, pero quiero acordarme especialmente de Goyo y Clara por su esfuerzo a la hora de organizar la protesta y, lo que es más importante, la secuela de todo esto. Gracias, chicos.