Benditas piedras

No soy berciana. Ni leonesa. Nunca he conocido a nadie que haya trabajado, o trabaje, en una mina. Carezco de raíces que me unan a lo más hondo de la tierra, que me tiznen de negro los dedos y el corazón. Nadie me ha contado cómo se trabajaba antes, cuando la seguridad era una palabra casi desconocida; ningún abuelo me ha mostrado la marca del tajo en sus manos, ni la he escuchado silbar en sus pulmones. Nunca estuve en una mina, jamás he contemplado esa negra boca que cada día se traga a cientos de hombres para picar las entrañas del terreno arañando de paredes subterráneas lo justo para vivir. No he temblado al escuchar ninguna sirena, ni he temido por la vida de familiares o amigos; no he vuelto la mirada con rabia hacia ese zarpazo negro que te da el sustento y, demasiado a menudo, te quita lo que más quieres. La mina más cercana me pilla a varios cientos de kilómetros de casa. No. No conozco a ningún minero, no tengo esa suerte.

Sin embargo, conozco a quienes se han burlado de ellos. Políticos a los que se les llena la boca de palabrería cuando Santa Bárbara truena. Legisladores de medio pelo que ven a lo lejos unas motas de polvo negro que sacudirse tras el discurso pertinente. Regidores que han consignado dinero de Europa a planes que luego se niegan a revisar, fondos que les sirvieron para evitarse trabajar por las cuencas, diseñadores de parcheados en una zona que necesita un compromiso real, una inversión fuerte. Que alguien crea en ella, para variar.

No sé si el carbón es rentable, si hay que cerrar las minas o si han de volver las subvenciones al sector. Lo que sí sé es que no se puede volver la vista ante una población que perderá la última esperanza, el único modo de vida que conocen, ese al que les han condenado tras años de una reindustrialización fallida, casi ni pretendida por lejana. Les prometieron un futuro limpio de polvo negro y lo que tienen son vías a ninguna parte. Les acallaron con medias promesas aún sabiendo que quien decide está aún más lejos. Tuvieron la oportunidad de remozar un entorno minero abocado al cierre en una zona industrial alternativa al carbón y no lo hicieron. Han ido esquilmando los recursos de un sector hasta dejarlo en los huesos y, junto a ello, a toda una comarca que no conoce otra oportunidad que la que le da la mina.

Ahora se escandalizan ante los cortes de vías y carreteras, se echan las manos a la cabeza cuando ven volar sobre sus cascos las piedras, benditas piedras, que lanzan contra la desazón tras la barricada. Y a una se le antoja poco lo que está ocurriendo, porque el blanco impoluto sigue dominando la meseta.

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