Fauna Periodística XI. Políticos de baja estofa

Tiene que ser realmente aburrido ejercer de político en estos lares. Salir siempre guapo en la foto, que los columnistas te defiendan a capa y espada, que los presentadores te den paso con loas y los directores te adulen con el espinazo inclinado hacia tus zapatos de piel marrón. Ha de ser, como mínimo, repetitivo, cansino. Todo el mundo habla igual, las páginas se fotocopian para dejarte en buen lugar, las notas de prensa se calcan no sea que alguna coma mal puesta vaya a sugerir que te has equivocado en algún punto de tu laureada carrera. Pobres políticos… ¿no se cansan?

De muy baja estofa han de ser estos servidores públicos cuando necesitan del peloteo constante para sobrevivir en esto de la cosa pública; muy básicos sus conocimientos y muy cuestionables sus decisiones si cada vez que estampan su firma en un papelucho, un coro de fariseos plumillas ha de reverenciarles independientemente de lo que esté en juego. Todo muy deprimente para los que lo vemos desde la barrera, pero una fiesta constante para quienes están dentro del círculo vicioso del enjabonamiento crónico.

Porque de vez en cuando cae maná de los despachos en forma de billetes verdes (o morados, que dicen que existen) o de contrato de confianza, y ahí radica la gran recompensa a todos los esfuerzos, las medias verdades, el ocultamiento estratégico de lo no popular ni reluciente. De vez en cuando, uno abandona a los morlocks para acompañar a los guapos, elegantes y refinados pisaalfombras, y de ahí la obsesión de muchos y muchas por caer bien, no alborotar, ser dócil.

No se dan cuenta estos corderillos del politiqueo que en periodismo “se gana más dando que recibiendo”, que sólo haciéndose respetar y erigiéndose como un verdadero vigilante del poder, aquél encorbatado se lo pensará un par de veces antes de dar por supuesto el titular de mañana. Si no temen a nadie, ni a los propios periodistas, qué más les dará a ellos hacerlo bien que mal, servir a los demás o llenarse a sí mismos el pesebre. Si no hay respeto, no hay redacción útil.

Un verdadero político debe someterse conscientemente al escrutinio mediático, al verdadero examen de la hemeroteca, sin pretender que se pongan paños calientes desde redacciones y despachos. Debe rechazar a los aduladores por muy tentador que suenen sus crónicas trufadas de elogios. Ha de ser capaz de trabajar y dejar trabajar a los demás, sin mostrar más miedo a lo que puedan escribir de ellos que a sus propios errores. Y sólo así se dará aquella curiosa paradoja del regidor que, saliendo de su “cadena amiga”, espetó a sus colaboradores: “Es mejor irse a la competencia, por lo menos no me aburro tanto”.

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Violencia eres tú

A todos los chupatintas estirados, los pijos centro-urbanos, a los meapilas, los ignorantes con título, los bebedores de meñique empinado; a los paridos entre algodón de marca, los amamantados con leche de burra, los bocazas de muelas de oro, los gafapasta de trasfondo azul; a los que hablan sin saber, los que escuchan sólo a su propio eco, los que escriben del carbón sin saber que es de color negro, los que respiran en su oficina aire perfumado, los que sudan gotas de agua de rosas y los que mean colonia:

-violencia es que te engañen veinte años diciéndote que van a regenerar tu provincia para que tus hijos no tengan que bajar a picar a una mina y luego se olviden de lo firmado

-violencia es que usen el dinero para la reconversión industrial de las cuencas mineras en construir polideportivos, frontones, parques infantiles y demás cachivaches ahorrándose parte de sus propios presupuestos

-violencia es que una señora ministra te diga, mientras disfruta de un escaño ganado con dudosos méritos, que, después de respirar mierda durante veinte años, la jubilación que te corresponde es “muy generosa”, con ese retintín que utilizan los que quieren acusar sin tener agallas para hacerlo

-violencia es que te digan que tu sector está fuertemente subvencionado cuando el que te acusa de vivir del dinero público rompe la baraja y tira a la basura lo firmado hasta ahora

-violencia es ver cómo tu pueblo muere poco a poco porque a alguien en Madrid le gustan más las suecas de pechos turgentes y billeteras llenas que los hombres eternamente tiznados

-violencia es levantar la persiana de tu casa y ver cómo la policía nacional, los antidisturbios o como quiera que se haga llamar ese escuadrón de porra floja, se pasea por tu calle en busca del trabajador que defiende su futuro

-violencia es no ver a tu familia durante cincuenta días

-violencia es un niño llorando porque no ve a su padre

-violencia es cargar contra el trabajador mientras banqueros, políticos, “hijos y yernos de” se entretienen jugando con el dinero de los demás

-violencia es que aún no haya pagado nadie por la crisis, la burbuja inmobiliaria, los cinco millones de parados, las recetas de pago, los recortes en educación…

Defender tu futuro, el de tu familia, el de toda una provincia… eso no es violencia, es orgullo, justicia social, lógica aplastante y consecuencia inevitable de las hostias que nos llevamos cada día.

La profesión del miedo

Gratis no trabajo, sin preguntas no hay cobertura, sin periodismo no hay democracia… últimamente el mundo del periodismo ha estado muy entretenido mirándose el ombligo… y ya era hora. Somos uno de los sectores más castigados por la crisis, con sueldos irrisorios y condiciones laborales lamentables. Formamos parte de un grupo de trabajadores que no tienen capacidad de protesta, o al menos no lo tenía hasta ahora, creyendo hasta hace bien poco que poner el acento en nuestros problemas sería algo así como descuidar nuestras obligaciones. Afortunadamente parece que eso se ha acabado.

Hartos de pasear involuntariamente la vitola de privilegiados pero con los bolsillos más que vacíos, los periodistas hemos salido a relucir, sobre todo en las redes sociales, para reclamar la dignificación de una profesión que ahora mismo goza de las peores reputaciones del mundo laboral. Pero, ¿qué nos ha mantenido callados tanto tiempo? El miedo.

Amordazados por el temor hemos asistido a la marcha de compañeros que se han ido a  calle de forma totalmente injusta, hemos sabido de empresas que ofrecen míseros sueldos a cambio de nuestro trabajo, hemos comprobado cómo nuestros derechos laborales se han cercenado cada vez con menos pudor. Y todo en el más absoluto silencio. Pero vivimos en la profesión del miedo. Cuando comencé a estudiar Periodismo –maldita la hora…- sabía que no iba a ser un camino de rosas. Entonces pensé que lo verdaderamente problemático sería poder destacar entre los miles de jóvenes que pretendíamos un mismo puesto. La competencia, en definitiva. Sin embargo, al llegar al mundo real, a las redacciones, te das cuenta que tienes que lidiar con algo más: gente con padrino, compañeros envidiosos, tontos útiles, jefes miopes y demás fauna.

El primer miedo que experimentas es al político. Fruto de la inexperiencia, el pudor de hacer preguntas comprometidas es en muchas ocasiones más fuerte que el deber de informar. Y ocurre entonces un fenómeno curioso: conforme vas perdiendo ese temor de principiante, te inoculan otro muy distinto: el de no molestar, el de no poner en el punto de mira a tu jefe o a tu empresa. En definitiva, aprendes a deberte a un poder superior al que creías que te mantenía –el de decir la verdad- y pasas a rendir cuentas a otros menesteres íntimamente relacionados con lo económico.

Pero aún hay otro miedo. Y este se ve de puertas para adentro, en las propias redacciones. Existe en todas ellas y es aún más despreciable que el anterior. Se trata de ese miedo al despido, el que te hace comulgar con ruedas de molino; el temor que te lleva a aceptar cualquier condición laboral bajo la convicción de que si tú  no lo haces, hay treinta en la calle esperando sustituirte. Y no es mentira, la presión que se siente es casi insoportable y, lo que es peor, silenciosa. Nadie habla de ello, o por lo  menos se cuida mucho con quien hacerlo, porque nunca se sabe dónde puede estar el correveidile del jefe, el emisario acusica que puede sacarte de tu sitio por la razón más estúpida. Te intentan convencer de que el periodismo es el único trabajo en el que no va ligado esfuerzo con sueldo… ¿se imaginan que un fontanero al terminar su tarea no la cobrara? ¿O que un albañil, al finalizar la obra para la que había sido contratado, no tuviera su contraprestación económica? Eso ocurre en el mundo del periodismo.

Con estos mimbres tenemos que dar lustre a un trabajo que, para colmo, “podría hacer cualquiera”; nos presentamos cada día en nuestro puesto de trabajo amordazados por un sueldo mísero pero necesario, presionados por unas guerras que no son las nuestras y con la sensación de que hagas lo que hagas, te esfuerces o no, trabajes como el que más o dormites frente a tu ordenador, cualquier día te pondrán de patitas en la calle. ¿Es o no es para tener miedo?