Del anonimato al olvido

Un día más, y ya van demasiados, nos levantamos con la triste noticia de la cancelación de un espacio periodístico, otra ventana más que se cierra, todo hace indicar, por motivos ideológicos. Esta vez no es un medio de comunicación sino un programa, el que cada día Javier Gallego realizaba en Radio 3 bajo el nombre ‘Carne Cruda’. No voy a mentirles, nunca llegué a escucharlo; no formo parte, pues, de esos oyentes que sienten como propia la pérdida de este espacio radiofónico. Sin embargo es preocupante el tufillo a “esparadrapo en la boca” que destila el movimiento, aunque desde hace semanas estamos acostumbrados a esta estrategia ideológica en la televisión y la radio públicas.

Como les decía, sin ser seguidora del programa, lamento profundamente que los cambios políticos en el Gobierno se traduzcan de forma tan impúdica en cambios en los medios públicos del país. Y parece que como yo, otros muchos ciudadanos lamentan, y así queda patente en las redes sociales, que se cercene poco a poco esos espacios en los que la crítica forma parte obligada del discurso. Pero junto a esos mensajes anónimos, junto a esos ciudadanos de a pie que denuncian lo ocurrido, encontramos a representantes políticos, evidentemente de la oposición, sosteniendo discursos fuertemente beligerantes contra tal o cual despido. Especialmente significativo fue el caso de Ana Pastor, con protestas encendidas y críticas de alto voltaje a la nueva dirección de RTVE y, obviamente, al Gobierno de la nación. Evidentemente, me mostré de acuerdo con la gran mayoría de aquellos mensajes ya que, desde mi humilde punto de vista, el despido de Ana Pastor fue, como lo es hoy el de Javier Gallego, un movimiento político que sacrifica un enorme talento periodístico.

Sin embargo, déjenme hacer la siguiente reflexión. Vivo en una comunidad, supongo que como el resto, en la que los medios de comunicación no pasan por su mejor momento; he visto a compañeros de redacción despedirse del trabajo de un día para otro y a periodistas de otros medios desaparecer de las parrillas y de las cabeceras por la complicada situación económica que vivimos. He sabido de auténticos dramas personales, de vidas que cambian drásticamente, de personas que aún siendo estupendos profesionales, van a dar con sus huesos en las listas del paro. Conozco a periodistas encogidos en su puesto de trabajo temerosos de que algún día resulten ser “prescindibles” e incluso en algún caso “molestos”. He salido a la calle con mis compañeros de profesión a reclamar la dignidad perdida para un trabajo que se mantiene sólo gracias al fuerte sentimiento vocacional que despierta en quien lo ejerce. Y a mi también me hubiera gustado que tras aquellos despidos, aquellos ERE y aquellos cierres de medios, los políticos de mi ciudad y de mi comunidad hubieran mostrado la misma pesadumbre que en el caso de los citados periodistas.

No tienen la misma fama ni la misma aura de perfección alrededor de la cabeza, pero les puedo asegurar que no tienen nada que envidiar como profesionales a quienes se asomaban a la realidad desde una redacción nacional. Y no es que el personal se mantuviera callado, que no fue así. Pero a veces un simple mensaje de ánimo no basta. En ocasiones, los periodistas de provincias, los que nos batimos el cobre cada día, quienes nos cruzamos con los políticos por la calle, los que les contamos, al fin y al cabo, lo que ocurre en su calle, en su barrio y en su ciudad, queremos las mismas ganas a la hora de defender nuestro puesto de trabajo.

No es una sensación personal, es un sentimiento que compartimos varios compañeros: nos hemos visto solos en un trance que, desgraciadamente, ha pasado demasiado desapercibido. Y, lo que es peor, tras ese silencio, detrás de esa falta de control sobre lo que se cuece en los medios, se esconde el convencimiento de que levantar la liebre sólo servirá para quedar desterrado de televisiones, radios y páginas de periódicos. Para resumir el cuento, no valemos tanto como para poner en riesgo su presencia en los medios. Nadie levantará la voz, nadie hablará de nosotros cuando nos despidan.

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Fauna Periodística XII. Los perros de presa

No soportan el trabajo bien hecho, tal vez porque son conscientes de que es el más peligroso. No tragan al periodista incómodo, ese que sabe que pondrá en aprietos a su jefe. Las preguntas difíciles son una ofensa; las críticas, una afrenta y las entrevistas, una amenaza. Cuidan hasta el último detalle para que todo salga perfecto, incluso cuando no corresponda con la realidad. Apuntan cada desplante –muchas veces imaginado- en esa lista de “enemigos” que suelen engrosar los periodistas más honestos de la ciudad. Son los perros de presa, jefes de prensa que se dedican a maquillar realidades y morder a través del teléfono.

Les gusta pedir cabezas a los jefes, reclaman un cadáver para saciar su sed de venganza, rabiosos porque se olvidaron de empolvar bien ese dato puñetero que ahora abre la página. No son nadie si no tienen a primera hora de la mañana los periódicos en una mano y el teléfono en otra, dispuestos a levantar de la cama al responsable de la crónica “mal enfocada”. Y todo porque el mancebo de turno ha preferido seguir su instinto, ejercer de periodista para variar, antes que seguir al pie de la letra una nota de prensa que calla más de lo que dice. “No sé de dónde te has sacado ese titular” suele ser su saludo. Pero ese es el después.

Antes de la polvareda y la mala leche con café matutino, sus sonrisas deslumbrantes suelen dar la bienvenida a las ruedas de prensa. Son especialmente simpáticos si el periodista es especialmente bueno; bromean sobre el último titular, preparan a los plumillas para el espectáculo que está a punto de comenzar y, en las ocasiones más especiales, gustan de recomendar el titular y el enfoque de la noticia, pensando que eso es parte de su trabajo.

Y entonces, cuando los focos se encienden y las miradas se dirigen hacia el político de turno, se cuadran y miran con ojitos tiernos a quien les ha llevado hasta ese lugar desde el que se creen con derecho a mirar al resto de la profesión por encima del hombro. Esperan, como cualquier perro, a que les lancen su hueso.