Fauna Periodística XVI. El toquecito

Creo que no me equivoco cuando aseguro que les ha ocurrido a todos los periodistas; tenemos en común algo, una experiencia que nos une más allá de cabeceras, cadenas televisivas o emisoras de radio. Cuando alguien narra su primera experiencia en este campo, siempre hay otro compañero que le dice “pues prepárate, que no ha hecho más que empezar”… Es el toquecito.

Sí, hombre, ese momento en que caminas por el pasillo de tu trabajo, generalmente con miles de cosas en la cabeza, tareas atrasadas que has de poner al día, entrevistas pendientes, investigaciones en pañales… en ese instante, uno de los jefes se cruza contigo. Tú le miras, él te mira. Sus ojos parecen querer decirte algo e inmediatamente salta un click en tu cabeza. Repasas lo escrito, lo publicado en los últimos días, a la velocidad de la luz. Y entonces viene. El toque. Esa señal que, en primer lugar, te advierte de que él sabe lo que has hecho… y que quiere que tú lo sepas. Clint se pondría las botas si mezclara en una pantalla de cine una redacción y el lejano oeste…cuántos duelos al amanecer por esos huevos que has tocado sin querer…

Puede que se quede en una simple mirada socarrona, un gesto que sabes perfectamente lo que significa:

a)“te has pasado”

b) “por ser la primera vez no te lo tendré en cuenta”

c) “será mejor que mires dónde pisas la próxima vez”

Pero a veces, los jefes con mayor incontinencia verbal, que son la mayoría, pretenden mantener contigo un diálogo al respecto. Si has sido muy malote y lo que has hecho pone en entredicho a tu medio –en entredicho frente al político de turno o el jefe de prensa de siempre, que no significa que hayas hecho mal tu trabajo, todo lo contrario- acabarás en el despacho debatiendo sobre lo que es o no es periodismo. Un adelanto para los inexpertos: aquí el dinero siempre gana a la profesión.

Si, por el contrario, se trata de un caso menor, algo que ni siquiera ha trascendido los despachos de tu propio edificio… vamos, una metedura de pata sólo perceptible a los ojos de los que mandan, probablemente el conflicto no vaya a más y quede en un comentario irónico, eso sí, con los mismos mensajes de antes implícitos.

Pero hay otro nivel que se abre frente al periodista adicto a las redes sociales –léase lo de adicto como un piropo y no una falta de respeto-. Suelen ser profesionales que creen en su infinita candidez que tener un blog, decir lo que piensa en su cuenta particular de tuiter o consumir “medios peligrosos” no debería interferir en su trabajo, su profesionalidad y, por lo tanto, el resultado final que ofrece al lector, oyente o espectador.

Debe de andar la cosa muy jodida cuando lo que escribes en una bitácora cuyo alcance es infinitamente menor que el de un medio tradicional puede traerte problemas en tu trabajo. Ese toquecito antes venía por exceso de pasión, por pasarse de frenada al evaluar a una administración o por dar demasiada caña a tal o cual consejero/alcalde/concejal/etc… Pero ahora puede presentarse por escribir de lo humano y lo divino en un blog privado, por tuitear o retuitear de forma crítica o, simplemente, por no bailarle el agua a todo el mundo fuera del trabajo.

El caso es que todo el mundo recuerda su primer toque: su “se te nota de qué pie cojeas”, el “vamos a andar con cuidado con tal consejera”, un “ni se te ocurra volver a preguntar sobre ese tema” y, como no, el clásico “me ha llamado fulanito muy enfadado… ¿qué es lo que has hecho?”. Pero que no cunda el pánico. El toquecito no es más que la confirmación de que todo va bien. O por lo menos de que tú no vas desencaminado. Si has tocado los huevos a alguien de arriba es porque los tenía fuera de su sitio, y si tu jefe, por esa razón, te da un aviso… es porque él carece de ellos.

Anuncios