Fauna Periodística XVIII. El protegido

Puede ser un tonto útil, un lameculos redomado, un espía en redacción, un ignorante con ínfulas de showman o, incluso, un buen profesional con más hambre que vergüenza. Es posible que se dedique a putearte por la espalda o a jugar con tu necesidad de un trabajo –aunque no sea digno-; los hay que afirman ser uno de los tuyos, otros sostienen que están hartos de su cometido. Puede, incluso, que den el pego como el más indignado de todos. Pero un manto les recubre revistiéndoles de una inmaculada piel por la que resbalan los problemas de los demás. Son los protegidos.

 

Importa muy poco si hacen su trabajo bien o mal, al menos el periodístico. Su labor en redacción no tiene peso, podrían estar una semana sin posar su culo en la silla y nadie notaría la diferencia. Es más, probablemente el resto lo agradecerían. En muchas ocasiones, el problema es que su labor va más allá de la pantalla del ordenador. A cambio de esa inmunidad otorgada desde los despachos deben espiar a sus compañeros, descubrir a base de pequeños pinchazos hasta dónde llegan la hinchazón de narices, contra quién cargan y, sobre todo, si se ‘menean’ demasiado.

 

Pero al menos ellos tienen un cometido; son perros que lamen la mano que les alimenta. Tienen un objetivo. Sí, ruín, rastrero, injusto y lamentable, pero lo tienen. Peor son los que poseen esa gracia divina merced a circunstancias tan volátiles como una amistad de la juventud, un consorte agraciado, un padre de renombre o un padrino que siembra aquí y allá la valía de su recomendado. Ese es el verdadero protegido, el que se perpetúa en su puesto de trabajo de la mano de quien le rescató generalmente de la masa a la que pertenecía, sin más pretensión que la de sobrevivir hasta el divino toque.

 

Ahora que se saben poderosos e intocables, dan lecciones de periodismo por aquí y por allá, cuando lo único que hacen es intentar emular a quienes les precedieron –con escaso éxito- y tapar la vergüenza de quien se reconoce a sí mismo lleno de lagunas y de mediocridad en su día a día. Hacen y deshacen a su antojo, ante la atónita mirada de sus compañeros, en teoría, iguales a ellos. Pueden llegar a ser tan rastreros de pasearse por delante de los despachos con las manos en el bolsillo y no temer una reprimenda. Para los trajeados simplemente esas faltas no existen.

 

Han usurpado un puesto de trabajo a alguien más capacitado, más talentoso y que al menos puede mirarse cada mañana al espejo. Pero la inmunidad les tranquiliza y reconforta. Seguirán en su puesto, por lo menos mientras sean útiles o su padrino continúe confiando en ellos. “¿Y quién me va a toser a mi?”, piensan… y con razón.

Fauna Periodística XVII. Callados como putas

Estamos en una redacción cualquiera, de un medio cualquiera, de una ciudad cualquiera. Hay cuchicheos, portazos, nervios y dientes apretados. Se avecina tormenta. No se sabe si se trata de una metedura de pata, del tocamiento de pelotas al menos indicado o, simplemente, ganas de dar a la redacción “una vuelta”, pero hoy hay reunión y se prevé tensa.

Comienza el encuentro de todos los miembros de la plantilla. Parece que se va a dar un nuevo enfoque a los contenidos, con nuevas secciones, recortes en determinados horarios y ampliaciones en otras franjas. Y entonces surge la polémica. Una voz se alza –piensa- en representación suya y de sus compañeros. “No podemos seguir así, esto es una falta de respeto, nos queda poco para trabajar gratis”. Esas, y muchas otras, pueden ser las frases que nuestro valiente amigo o amiga ha soltado en medio de la expectación de sus colegas. Un sudor frío le recorre la espalda… y el silencio le martillea en los oídos. Creía elevarse a favor de toda la redacción pero, llegados al punto culminante, ese en el que ya habían acordado que se rebelarían… el resto calla como putas.

Trasladen esa situación a cualquier otra: reuniones de comité de empresa, de cualquier sección de cualquier medio, del equipo directivo y los curritos… siempre hay algún tonto que se adelanta, pone la cara… y se la parten sin que el resto haga nada a favor suyo. Callan como putas porque no tienen las agallas suficientes de defender frente al jefecillo lo que han bramado en la barra del bar o, incluso, en la propia redacción cuando aquél se ausenta.

Son muy valientes frente a sus compañeros, arrean al personal, les convencen de que “hay que hacer algo”, se quejan de la última idea de bombero del de arriba… pero a la hora de la verdad, agachan el hocico para no ser identificados con el par de tontos que han levantado la liebre. Frente a los jefes siempre están contentos con todo, siempre sonríen… pero les ponen a parir por detrás con sordina. Creen que así sobrevivirán mejor en una profesión que a menudo hace gala de su falta de compañerismo.

Y es precisamente esa actitud la que acabará con ellos. Porque no se dan cuenta que quien le echa narices a la situación –y probablemente esté con ello sacando un  pie de la redacción- es el tipo de persona que le echaría una mano incluso aunque no se lo mereciera. Les pasará, al fin, como a Pedro y el lobo. Cuando vengan a por ellos y entonces se decidan a hablar… ni les creerán ni habrá nadie para escucharles.

Farito 2012. Premio Rincón más esperado.

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Este blog no tiene ni un año de vida y ya cuenta en su haber con uno de los premios más prestigiosos a este lado de la muralla abulense. Se trata del Farito al Rincón más esperado que el señor @trapseia ha tenido a bien otorgar a este rincón de la blogosfera. Agradecida y emocionada, sólo me queda dar las gracias a quienes habéis votado por mi, a quienes lo habéis leído alguna vez y, sobre todo, a los que me inspiráis las entradas, muy especialmente, la Fauna Periodística. Y sí, si estás pensando que esto no es más que una entrada autobombística, tienes razón. Porque yo lo valgo. Chimpún.