Fauna Periodística XIX. Los periodistas multimierda

Hoy es día de fiesta en el blog. Recibimos con los brazos abiertos la segunda colaboración. En esta ocasión, el gran @trapseia nos descubre otro espécimen de la fauna periodística que tantas líneas nos están haciendo parir, en la mayoría de los casos, sin esfuerzo (por lo fácil que nos lo ponen) pero con mucho dolor. Pasen y lean, con todos ustedes, el periodista multimierda. Amén.

 

El ideal de trabajador para una empresa de comunicación es la de un chico o chica inteligente, eficaz y capaz, rápido y sagaz, que tenga fuentes y acuda a citas informativas y encuentre el mejor enfoque mientras graba, escriba, edita y publica. 

Esa persona, ya les adelanto, no existe. Y no existirá mientras los días tengan 24 horas y el cuerpo nos pida dormir un poquito cada jornada. Aunque sea a 15 grados y sin calefacción.

Pero volvamos al ideal. Yo, persona jefa del holding, con lo que sueño es con que mi trabajador vaya a un evento con una cámara de vídeo y micrófono. Quiero que luego con ello haga un vídeo. Quiero que mientras esté produciéndose el evento tuiteé sobre ello. Quiero que mis anunciantes se vean satisfechos del producto final y del peloteo en el acto, llegado el caso. Quiero que mi empleado haga un texto que valga para el periódico, para el online, para las redes sociales y para Youtube. Y todo eso lo quiero para hace 5 minutos. Y todo eso lo quiero por un sueldo mísero. Y todo ello lo quiero sin que en su Twitter o Facebook haga un comentario insolente hacia la empresa. Ese es el periodista multimedia. Pero no existe.

Existen profesionales tremendos que tienen mi total admiración. Que graban, tuitean, escriben, sonríen y cobran una miseria y no tienen ni para calefacción ni para una caña con los amigos. Ellos son multimedia y tremendos, pero no son perfectos. No pueden serlo. Y ese ritmo se paga. Porque la primera enseñanza, hoy y siempre en el periodismo, es que la calidad cuesta. El profesional cuesta dinero. Su trabajo cuesta y el buen trabajo se ha de pagar. El periodista, a día de hoy, es un profesional enormemente castigado. Vilipendiado. Despreciado.

Pero no vengo a hablar del multimedia sino del multimierda. Y tengo un gráfico que define a ese tipo de sujetos.

No hacen nada –> Se ponen a hacer cosas inservibles —> Crean un problema —> Pasan horas arreglando el problema —> Tras horas perdidas, arreglan el problema —> Se dan importancia por haber arreglado el problema —> Van al jefe y se ponen la medalla dejando con el culo al aire al bueno de Martínez…que se limitó a hacer su trabajo.

Son los periodistas multimierda. La metástasis del profesional. Metástasis porque llevan el cáncer a la redacción y no se van hasta que la redacción ha desaparecido. Cada vez abundan más y lo peor es que los jefes, al verlos tan hiperactivos, los ponen de ejemplo ante el resto de la redacción. Si tal vez estáis reconociendo al sujeto descrito es porque hay otra cosa que no falla: estará a tu lado en la manifestación por la dignidad del periodismo. Él, que tiene un contrato de 4 horas y trabaja 10 jodiendo al que tiene 8. Él, que pasó 8 de esas 10 horas haciendo cosas que el buen profesional haría en 2. Él estará a tu lado poniéndose la pegatina. 

Él se cree que es el verdadero buen profesional.

Hace de todo y todo lo hace mal. Ese es su emblema distintivo. 

Y mientras, el bueno de Martínez ha abandonado la redacción. Le echaron o se fue, harto de ver la colección de medallas del multimierda. El pecado de Martínez fue tener un contrato de 8 horas y trabajar sus 8 horas. El pecado de Martínez fue ser tan eficaz como silencioso. Él hacía bien su trabajo y no le hacía falta ponerse medallas. Le iba en el sueldo. Desde hace años lo hacía y lo hacía bien. Pim pam pum. Otra tarde con los deberes hechos. Se iba a casa y (antes, cuando no le habían recortado el sueldo) se iba a echar una caña con los colegas del gremio.

Yo no soy Martínez pero conozco a los multimierda y también conozco a Martínez. Le tengo a mi lado en la cola del Inem.

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Me ha cambiado el termostato

Llevo casi tres años viviendo sola. No es nada extraordinario ni soy el primer pimpollo en volar del nido. Soy consciente que forma parte del ciclo de la vida, ya lo cantaban en el Rey León. Pues bien, una de las primeras cosas de las que te das cuenta cuando llegas a tu nueva casa es… ¡que es tuya! Ahora todo irá a tu ritmo, nadie te dirá a qué hora comer, cuándo hacer la cama, cuándo fregar, si hay que poner una lavadora de color o de ropa blanca… Es verdad que, por lo general, acabas haciéndolo todo de la forma que lo hacía tu madre, pero ahora lo haces así porque tú quieres. Es una diferencia importante.

Una vez que se toma conciencia del espacio, de las habitaciones y los armarios… después de haber colocado tus cosas, ordenado tus discos de música, escondido los adornos horteras de tu casero y tras haber comprobado que todo está en su lugar llega la siguiente fase del juego: las facturas. Al principio –y sobre todo si les pasa lo que a mí, que antes tenía un sueldo y medio que me permitía vivir tranquilamente- no son más que papeles que ordenas en la carpeta de las facturas. El agua, la luz, el gas… Es simple: las abres, las lees, compruebas que más o menos está dentro de lo normal –bastante complicado de saber porque es la primera vez en tu vida que pagas por encender la luz del baño- y las guardas. Bien ordenaditas. Yo prefiero de las más antiguas a las más actuales, pero eso ya es cuestión de cada uno.

Entonces se establece la rutina; ya tienes tomado el ritmo a la casa, sabes cada cuánto quitar el polvo, cuánto tardas en llenar una lavadora, cada cuánto hay que barrer el salón… esas cosas del día a día. Pero… ¿y si pierdes el trabajo? ¿Y si te cambian de puesto y lo que antes era un sueldo decente se convierte en media paga? Ahí llegan los problemas… y el frío.

Yo no tomé conciencia de lo que cuesta el (puto) gas hasta que me topé con la factura del mes siguiente. Se lo pueden imaginar, como con cualquier trauma, pasas por varias fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Bien. Una vez superado el drama y tras haber despotricado contra las empresas energéticas en Twitter, piensas en la solución, en cambiar tus hábitos. Yo tuve que optar por prescindir de la calefacción el máximo posible. El primer año suponía poner la caldera una vez al día sólo, por la mañana, con el único fin de no morir congelada en la ducha. No funcionó: la diferencia entre un año y otro a penas fue de unos 20 euros… y qué quieren que les diga, por veinte euros no vuelvo a comer envuelta en una manta.

Pero resulta que la vida, que es muy puta, te aprieta más las tuercas y ahora a tu escuálido sueldo se une una bajada en las ayudas del Gobierno a los emancipados. Cojonudo. Una vez meditada profundamente la posibilidad de compartir piso o de volver a casa de padres –pánico- decidí ser aún más austera. Ni grandes vacaciones, ni derroches en tiendas, ni grandes alardes culinarios. Tampoco salidas nocturnas, sólo alguna que otra caña de vez en cuando, lo justo para equilibrar el sentimiento de culpabilidad por abandonar a los amigos y el que te viene cada vez que abres la cartera. Pero yo sabía que algo oscuro me esperaba: la factura del gas. La muy perra iba a seguir llegando a mi casa con esos colorines que ponen ahora las empresas para que, mientras te dan por el culo, al menos las estrellitas sean en technicolor. Así que conforme se escapaba el verano me di cuenta que este año tendría que aclimatarme a la cruda realidad. De esta forma decidí encender la caldera tan sólo los días en los que ya no sintiera los deditos de los pies. Y así lo sigo haciendo. Sobrevivo a trece grados, salvo cuando viene alguna visita. Ese día es fiesta y hay que caldear el hogar.

Pues hete aquí que me debe de haber cambiado el termostato. No sé si el cuerpo es tan sabio como para ello, pero cada vez siento menos frío, necesito menos mantas en mi cama y, cuando voy por la calle y alguien dice eso de ¡qué frío hace!, yo siempre pienso para mi que no es para tanto. Algo ha debido de cambiar en mi interior porque, de verdad, lo de los trece grados ya no me suena a heroicidad ninguna. Vamos, que estoy tan ricamente… con dos jerséis y unos calcetines hasta la rodilla, pero tan ricamente.

No les puedo desvelar si la estrategia del pingüino ha sido efectiva porque aún no he recibido buenas nuevas de G.N., pero en cuanto tengan a bien comunicarme cuánto les debo por sobrevivir, se lo contaré.

Es impresionante cómo sobrevive el ser humano, ¿verdad? Ya sé que aquellos de los Andes, los que se tuvieron que comer a los muertos, saben más de eso que yo, pero déjenme con mis ilusiones. Y es que es fácil aclimatarnos y, además, ocurre en todos los ámbitos. ¿No se dan cuenta? Cada vez nos cuesta menos contentarnos con lo que nos dan. Unos, con un sueldo de mierda; otros, con unas condiciones laborales deprimentes… los de más allá con una rebaja del salario si no se quieren ir a la calle… Pero, oye, “por lo menos tienes trabajo”.

Ese es el primer paso para la esclavitud, y no se confundan, estamos muy cerca de llegar. Miro a mi alrededor y cada vez se trabaja más por menos, con menos gente, con más carga de trabajo, más presión y menos posibilidad de defenderse frente a los abusos de las empresas. En general, se nos vende la moto de que formamos parte de un mismo barco… pero debe de ser el de Ben-Hur… ya saben, unos cuantos remamos mientras los romanos se divierten en cubierta.

Pero no ocurre sólo en el ámbito laboral. Hemos tenido una buena ración de sobres, pagas en negro, cuentas en el extranjero, actividades empresariales viciadas por la relación con el poder, organizaciones no lucrativas que lucraban a todo dios, reyes cazando elefantes (que hay que ser muy desgraciado, o muy acomplejado, para matar a un elefante), conflictos laborales que iluminan la noche madrileña y que no han servido para nada, años y años de subvenciones europeas tiradas a la basura, convenios que no han servido más que para limpiarse el culo, trajes, corbatas, bolsos de lujo, viajes a Nueva York, gasolina por la patilla, aeropuertos sin vuelos, recortes en sanidad, en educación, el “Y tú más”, el puto cambio y la madre que les parió a todos.

 Pero nos hemos acostumbrado. Seguimos sentados en el sofá con los cojonazos bien colocados gritando a la televisión “sinvergüenzas”. La vergüenza es que sigamos aclimatándonos.