Periodista y tuitera: mea culpa

Siempre pensé en Twitter – y cualquier red social- como en un espacio libre, un lugar donde poder opinar, hablar y disentir de cualquier idea sin ningún temor. Lo único que esperaba que ocurriera al tuitear era que alguien no estuviera de acuerdo y lo manifestara, entrando así en un enriquecedor debate; que alguien te apoyara y así te lo hiciera saber o que el número de seguidores fluctuara de forma libre. Esas eran las nociones básicas, e inocentes, con las que empecé a expresarme en la red social.

 

Sé que era excesivamente optimista. Pronto me encontré con lo que algunos llaman ‘troll’ que no es más que gente que se aburre y no folla lo suficiente como para dejar de joder a los demás. Tuve bastante suerte porque sus ataques no iban dirigidos a mi, entre otras cosas, porque mi importancia en la red es la misma que la de un guisante, es decir, nada de nada. Pero la cosa cambia cuando la gente advierte que eres periodista. Entonces te vuelves una diana sobre la que clavar todas las frustraciones de la red. Que la economía va mal, culpa de los periodistas; que el Madrid pierde, culpa de los periodistas; que la gente vota a Rajoy, ídem; que alguno vota a Rubalcaba, pues también; que mi empresa cierra y me echan a la calle, pues evidentemente es que los periodistas sólo contamos lo que queremos. Que si eres rojo, azul, morado, republicano o juancarlista. Da igual; de la misma manera que nunca llueve a gusto de todos, tus tuits jamás gustarán a todo el mundo. Pero una cosa es no gustar y otra cosa es que tengas que plegarte al verbo ofensivo y el ataque constante de algún reprimido.

 

Revisando las bios de muchos de los periodistas a los que sigo en Twitter, advertí que una gran mayoría de ellos especificaban eso de “aquí lees mi opinión personal” o expresiones similares para dejar claro que lo que dicen u opinan en internet no tiene por qué identificarse necesariamente con la línea editorial del medio en el que trabajan. No lo entendí hasta que algunas personas, unos con mejores maneras que otros, comenzaron a increparme por mi trabajo. Algo así como “si tienes huevos para decirlo aquí, ládralo en tu programa”. Y me vi obligada a colgar la frase de marras, ya saben, para dejar bien claro que una cosa es mi vida y otra mi trabajo. Entre otros motivos porque en el salón de mi casa tengo absoluta libertad, tanto que a veces tuiteo sin haberme duchado antes, cochina de mi. Sin embargo, en mi vida laboral, me debo a un sueldo, trabajo para una empresa y, oh sorpresa, necesito comer. Nadie me dice lo que tengo que decir, hacer o preguntar, pero una no es tonta, las tendencias suicidas las dejo para el fin de semana.

 

No crean que esto va de decir una cosa en un lado y la contraria en el otro. No. Va de poder opinar como cualquier hijo de vecino y no ser vapuleada en el intento; va de poder expresar que los recortes de Rajoy me parecen una indecencia sin necesidad de tener que decirlo en mi trabajo; va de ser libre para declarar la infamia perpetrada en Ponferrada y no por ello tener que salir al aire con un cartel aclaratorio tipo “Yo también se lo reproché a Folgueral”. Se trata de no amordazarme, no al menos en mi casa. La libertad de expresión también vale para los periodistas.

 

Esta entrada está dedicada a aquellos que se atreven a juzgar mi trabajo y el de mis compañeros sin conocer la realidad en la que nos movemos, sin preocuparse de conocer las barreras materiales, físicas, técnicas y de todo tipo con las que tenemos que lidiar (casi)todos los periodistas en (casi)todos los medios de comunicación. A aquellos que nos acusan de ser poco demócratas por acudir a una manifestación contra los recortes, a los que nos tachan de sectarios por criticar políticas o ideologías diferentes a las suyas, para todos aquellos que creen que el cambio en la sociedad se producirá primero en las redacciones -que pongamos nosotros el culo primero, claro- mientras ellos se rascan la huevera en el sofá de casa.

 

Seguiré opinando en Twitter y, me temo, seguiré aguantando los ladridos de siempre. A ellos les regalo, más que una frase, un consejo: hay que follar más para joder menos.  

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