Diálogo de besugos

Hoy voy a saltarme varias normas no escritas de este blog. La primera, publico algo que está escrito desde hace más de un año. La segunda, se trata de un texto hecho para otro blog, el de trapseia, que ya aprovecho para recomendaros. Y la tercera, porque es un mini relato-maxi paja mental que se me ocurrió un día a modo de catarsis. Puede que no tenga sentido en sí mismo; es bastante probable que no entendáis nada, y hasta soy consciente de que en el contexto de las anteriores entradas, ésta no tiene cabida más que con calzador. Pero he pensado que ya que se ha paseado por la red desde otro foro, por qué no recuperarlo. Al fin y al cabo, ha salido de la misma pluma que el resto, aunque el origen sea totalmente distinto: la realidad pública frente a la realidad privada. Como dijo Rubén en su blog cuando lo publicó, el texto “sangra así”:

Ni te molestes.  No lo intentes.  Ni siquiera pienses en ello. No merece la pena, porque ya da igual, o casi. No hace falta que disimules tu presencia, que ocultes tu sonrisa canalla, que te empeñes en ser encantador incluso cuando no lo eres. Ya casi no me importa no importar. Algo debí intuir cuando me pediste permiso para… para aquello. Eso sí que es raro.  Pero pensé que era otra de tus excentricidades, de tus manías. Como la de no hablar para no romperlo. O la de soñar para disimular que duermes. Sé que estas ahí. Y sé que estás para otra. No importa. Ella no estará.

Pensé que era un buen momento para hacer una de esas cosas que uno nunca hace. No lo pensé demasiado, porque cuando pienso, tiendo a ver la vida a través de un caleidoscopio, con múltiples formas y colores, ninguno a mi gusto. No pensé. Arranqué y fui. Y aparqué. Y besé. ¿Qué podía haber de malo? Nada. Había pasado lo más duro, lo había dejado atrás, y me apetecía no pensar. Pero cuando a ella le empezaron a brillar tanto los ojos, tuve que volver a hacerlo.

Todo principio es incómodo; todo, menos aquel. Porque ya había empezado días atrás. Y porque a lo mejor, ahora me doy cuenta, en realidad nada comenzó. Miraste sin ver absolutamente nada de lo que nos rodeaba porque en el centro de todo estaba yo. O esa que tu pensabas que era yo. Tuve prisa porque te me escapabas entre los dedos, te ibas tras no sé qué pensamiento… hasta que un muslo, mi muslo, te distrajo.

Admito que me gustó. Me gustó que me guiaran, que me enseñaran de nuevo lo que había olvidado por voluntad propia. No tenía que esforzarme porque ya estaba todo hecho. Nada que conquistar, terreno amigo esperándome. Me hice el distraído, como que aquello no iba conmigo. Pero la moda no estaba de mi lado; las transparencias son mi debilidad, y juro que a través de aquella camiseta le pude ver el alma.  Era rosa. Y estaba nueva.

Te gustaba mi sonrisa, la de todos los días, la que sale a pasear más de lo debido. Te gustaba mi sonrisa y mis ojos. Yo lo sabía. Pero tú me lo dijiste. Entonces dejé de sonreír y bajé la mirada, un gesto que de puro simple, parecía diseñado al milímetro. No hizo falta más. Me mirabas como si me vieras por dentro, y creo que me gustó lo que encontraste. Aunque fuera mentira. Aunque ni tu mismo supieras lo negro que se me antojaba el fondo de mi pecho. Me daba igual, porque a ti te gustaba.

Y mientras le amaba me vi fuera de mi cuerpo. Aquello no era la vida, era una película. Una sucesión de escenas que, por muy bien que te hagan sentir, sabes que acabarán tarde o temprano. Era una película, y el final iba a ser triste. Descubrí un gran actor en mi, pero al final ella no saldría en los créditos. Ella era sólo la acomodadora. No sé si fue mi culpa. Probablemente. Pero no podía hacer nada más que esperar a que alguien colgara un fin… porque si no, tendría que escribirlo yo, y entonces empezaría a pensar, y… fin. Ya.

Insistías en no mirar. Y lo peor de todo es que ni me importó. Yo ya estaba conquistada, nadie mira a los ojos como tú me habías mirado, nadie lo hace si no hay algo. Estabas como ausente, pero no me importó. Pensé que era otra de tus excentricidades, como la de no hablar para no romperlo. O la de soñar para disimular que duermes. Llegó el final, y mientras yo dibujaba una sonrisa, bajaste la mirada buscando algo que habías perdido. Lo malo es que no lo extraviaste en mi cama, pero yo te di la pista definitiva.

Supe que algo no iba bien cuando sus labios, sin decir nada, me hablaban de otros días, de otras locuras. Intuí que había tocado las fibras equivocadas cuando al mirarme en sus ojos me vi reflejado sin mi armadura, sin mis protecciones. Me vi desnudo. Y no quería estarlo. No allí, no con ella. No en ese continente o ese horario. No bajo ese sol, o luna, o lo que quiera que fuera aquello que deslumbraba tanto. No se me da mal convencer, y lo hice de forma que creyera que la culpa era toda mía. El problema es que aún no sé de qué se me acusa.

Y tal y como viniste, te fuiste. Saliste por mi puerta antes de que al día siguiente te marcharas. Te cerraste en banda, y utilizaste una de aquellas frases canallas. Creías que me engañarías. Pero yo ya venía con la mentira puesta. Hablaste de merecer, de callar, de subir y bajar; de perdones nunca pedidos y disculpas aceptadas. Seguiste hablando hasta llegar a la conclusión de que dormir, o intentarlo, sería lo mejor para todos. Ya no quería tocarte. Eras frío. Ya no tenías aquella mirada, era de usar y tirar. Ya te habías ido.

Y me fui.

Y te marchaste.

La hoguera

De nuevo tengo el placer de compartir con vosotros una  nueva colaboración. En esta ocasión Diego Manzanares reflexiona sobre la libertad de expresión y el linchamiento público en las redes sociales. Esperamos comentarios, alabanzas y demás peloteo. 

Hay tanto ruido ahí fuera que la gente ya no oye ni sus propias ideas. Un permanente murmullo de fondo que aturde conciencias y pensamientos. Gran parte de ese estruendo viene de las redes sociales y, muy concretamente, de Tuiter. Esa algarabía sin patrón de medida donde todo el mundo opina sin filtro. Y no me refiero a filtros físicos, sino a filtros mentales. La polarización ideológica de la población y la unificación de esas ideologías enfrenta de una manera tan cruenta a las personas que, en muchas ocasiones, asusta. Resulta chocante la aversión de mucha gente al debate y a la reflexión de ideas contrapuestas, optando –con gran violencia la mayoría de las veces-, por la descalificación o, directamente, por la vejación del contrario.

Pero las redes sociales, desgraciadamente, no son algo virtual, sino que trascienden al mundo real, a la sociedad. Y digo desgraciadamente por su vertiente negativa y no por la positiva, que también la tiene y que está dando sus frutos como bien hemos podido observar desde hace ya casi dos años a través de diferentes plataformas, casi todas ellas relacionadas con el movimiento 15-M. A esa vertiente negativa hay que añadirle su capacidad de persecución. Nunca antes habíamos estado tan expuestos política e ideológicamente de cara a los demás. Nosotros, voluntariamente, decidimos compartir con cientos o miles de usuarios nuestra propia opinión desde una libertad absoluta. Sin cortapisas. Sin intermediario alguno. Y, lo que de primeras puede parecer algo fantástico, incluso utópico, se limita automáticamente por la que voy a denominar “policía de Tuiter”.

La policía de Tuiter son aquellos individuos al servicio de su propia empresa o de quien les paga, o al servicio de su propia mezquindad humana. Son la gente que señala con el dedo acusatorio y que se encarga de que esa opinión sea leída o escuchada por el tipo correcto. Son la misma gente, en verdad, que vendían a su vecino a la Inquisición en los siglos XV y XVI en España, bien por ignorancia, bien por interés personal.

Pero para que exista ese tipo de escoria tiene también que existir otro tipo de oscuras personas en la sombra, personas con capacidad de influencia en los demás, con poder. Personas que, perfectamente, podrían haber trabajado al servicio de personajes tan viles como Torquemada, Hitler o el General MacArthur durante la época de la persecución comunista en los Estados Unidos. Están ahí, invisibles: cuidado con lo que escribes porque esa opinión podría ser peligrosa. De tus creencias puede depender, por ejemplo, la permanencia en un puesto de trabajo o en una futura búsqueda de empleo. En Norteamérica, en algunas entrevistas de trabajo se exigen las claves de tu cuenta personal de Facebook para poder avanzar en el proceso de selección. Y lo estamos asumiendo como algo lógico, inevitable.

Así que, finalmente, esa libertad de expresión que tan felizmente manifestamos –algunos-, no es tal. En unos casos debido a la polarización ideológica o, directamente, a la ignorancia del sujeto, que no le otorgan la capacidad suficiente para manifestar una reflexión válida. Y en otros, desgraciadamente, a la propia represión individual debido a la permanente vigilancia a la que estamos sometidos.


¿Qué esperaban?

Observamos desde la barrera cómo ponían todas las facilidades para que en nuestro país proliferaran las grúas y el cemento. A nuestro alrededor, un bosque de edificios nos insistía en que el progreso era aquello: más grande, más luminoso, mejor que el del compañero. La burbuja inmobiliaria fue alimentada por especuladores insaciables ávidos de más billetes con los que cubrirse bien el riñón y, llegados el caso, comprarse uno nuevo. Especularon, construyeron donde no se podía, vulneraron leyes, las adulteraron hasta parecer lo que no eran, se repartieron el pastel y taparon bocas a golpe de talonario. Y callamos. Ni una palabra; porque nos decían que aquello estaba bien, que era el futuro, que todo se lo debíamos al ladrillo. Chitón, porque muchos vieron en ese trabajo duro la solución a una vida entre libros y apuntes. Y explotó.

Tampoco alzamos la voz cuando los jóvenes, lo que se formaron en nuestras universidades, los que debieran estudiar, ensayar, innovar una respuesta a las necesidades post-cemento, se fueron del país en busca de otros lares donde ser tratados de una forma digna. ¿Y los que se quedan? Contratos basura, mini trabajos ofrecidos por maxi sinvergüenzas, becarios eternos, chavales sin experiencia suficiente a los que no se les da la oportunidad de acumularla. Un paro juvenil que roza el esperpento.

Nos han recortado la educación, con aulas que ya no soportan ni un pupitre más, profesores obligados a la extenuación, mareas verdes que reclaman aquello de lo que este país siempre pudo presumir y de lo que ahora se empieza a avergonzar: una educación para todos donde todos tienen cabida.

La sanidad se subasta al mejor postor; lo que ha funcionado y servido de modelo a otros países ya no es útil. Más bien se juega con los números para demostrar a los crédulos entregados que no sabemos qué hacer con los hospitales, los médicos, los enfermos. Se nos muestra un modelo privado que ha fracasado en otros países pero que ha de servir para los españolitos. Se inauguran mamotretos encalados cutremente adornados con esculturas sonrojantes, se deja morir al medio rural extirpándole sin anestesia unos servicios mínimos. ¿Y qué me dicen del razonamiento? “Las urgencias fueron utilizadas por menos de una persona al día en algunos municipios”. Tendremos que pedir perdón por no morirnos.

La justicia, ahora más que nunca, será para el que la pague; los despidos, cada vez más baratos; la cultura, perseguida; la golfería suiza, perdonada; las tramas, los sobres, las financiaciones ilegales, las denuncias, los robos a la ciudadanía, los socios de correo fácil y descubierto… Al final, siempre el silencio.

El murmullo comenzó con los desahucios. Gente que se queda en la calle, que por una jugarreta del destino o una mala planificación ahora se ven en medio de la nada mientras cierran lo que hasta ahora era su hogar, para criar polvo tras la puerta. Sellan las cerraduras para que no tengamos ni el privilegio de las ratas. Nos condenan a la intemperie. O al salto al vacío. Pero, shhh… no se puede hablar de los suicidios. Me olvidaba de la hipocresía que nos caracteriza, la que silencia la verdadera violencia, el fracaso colectivo y social que supone un padre de familia estampándose contra el asfalto porque no vio otra salida. Es duro que la sangre en la acera nos recuerde a todos que esto no está tan bien montado como creíamos. Sí, mejor callar.

Y ahora las voces han explotado. ¿Qué querían? Claro, pretendían que siguiéramos aletargados mientras la violencia sistemática del Gobierno se ceba con nosotros, pobres diablos, que les acostumbramos a la penitencia sorda, al lamento en la intimidad del hogar, al cagamento en la barra del bar. Quieren que nos ciñamos al corsé del pataleo en papeleta y urna, cada cuatro años, que no molestemos con aspiraciones. ¡Qué osadía! Salir a la calle a reclamar respeto, a quién se le ocurre. Escraches, se quejan. “¿Pero no les habíamos convencido de que todo va bien, que para quejarse están los cauces que nosotros mismos hemos diseñado para no llegar a ningún lado?”.

No, no me gusta la violencia. No quiero tener que ir a la puerta de la casa de nadie a recordarle lo que está obligado a cumplir: velar por todos nosotros. ¿No es ese el fin último del gobernante? No quiero llenar de pegatinas una calle, hacer sonar un silbato, picar el telefonillo de nadie. No quiero, pero… ¿qué esperaban?