Hoy tampoco cobro

Hay una terraza que bulle en estas tardes de verano. Gente sentada en la calle, algunos guiñando los ojos porque el sol, que se acerca a su ocaso, les ciega. Hay una mesa y, alrededor, unos amigos que ríen contando las anécdotas del día, compartiendo unas cervezas heladas, pidiendo otra croqueta o “el de lomo con pimientos”. Hay chaquetas esperando colgadas de los respaldos de plástico a que la ligera brisa, muy tenue aún, haga reaccionar a sus dueños y se las echen por los hombros “porque ya refresca”.

Hay un cigarro consumiéndose entre los dedos, unas gominolas obsequio de la casa que desaparecen a ritmo vertiginoso… hay incluso una zapatilla que cuelga tímida de los dedos de los pies, desafiando su caída, balanceada con cadencia sobre el terrazo. Hay un vibrante móvil que anuncia ausencias, recuerdos, amores furtivos o polvos de una(s) noche(s). Hay una confesión harta de esperar en la recámara, una crítica a la jefa siempre presente, un desguace de la prensa del día… hay una víctima en cada comentario con sangre.

Hay un quico entre los dientes, otra caña, más madera. Un paquete de tabaco recién inaugurado, un cartón que reposa en la mesa. Hay un niño que molesta, un borracho que espía, un puro que exhala su olor más allá de la tercera fila. Un camarero vacilón, un dueño con pocas luces, una rumana solícita con mejor español que algunos periodistas. Hay un perro conocido y desbocado, una cuñada que pasea su embarazo, un hermano que saluda con sonrisa ladeada. Hay un cajero que expulsa dinero, una cuenta que ya está pagada, un partido de fútbol que ya no sirve para nada.

 Hay una vida, en algún lugar, que me estoy perdiendo. Hoy trabajo hasta tarde. Hoy tampoco cobro.

Fauna Periodística XX. Un ‘patsy’ en redacción

Se cansó de gritarlo Lee Harvey Oswald tras ser acusado de matar a JFK y podrían entonar el mismo lamento muchos periodistas en otras tantas redacciones: “I’m just a patsy” o, lo que es lo mismo, “soy un cabeza de turco”. La expresión viene del mundo de la mafia y define a aquél que carga las culpas por algún asunto sin comerlo ni beberlo. Y de eso hay mucho en el mundo del periodismo: profesionales que por no entrar por el aro, no bailar el agua a alguien o no ser de la cuerda de un jefazo o un político, se convierten en el felpudo en el que limpiarse cuando pica el amor propio.

Quienes hayan visto la magnífica película de Oliver Stone, JFK, ya sabrán de lo retorcido y elaborado del plan del Gobierno de Estados Unidos ,no digo ya para cargarse a su presidente -que no me extrañaría nada, por otra parte- sino para implicar a alguien que, lejos de “pasar por allí”, más bien estaba en el meollo con los que después le traicionaron. Afortunadamente, el día a día en las redacciones no llega a tanto nivel de sofisticación -aunque a veces pueden darse estas carambolas y jugadas a tres bandas-, más que nada porque el castigador no suele dar para tanto. Más bien todo obedece a simpatías o antipatías ganadas por los detalles más absurdos. O por incompatibilidad de caracteres, que cantaba Sabina.

Para cualquier persona madura, trabajar con alguien que te cae mal en lo personal no debiera afectar a la labor cotidiana, supuesto que debería convertirse en regla de oro cuando se es responsable de un puñado de personas. Entre ellas, por pura probabilidad, habrá alguien que no case contigo. Pero si algo hemos aprendido después de tantas Faunas es que la lógica y la madurez quedan en demasiadas ocasiones fuera del tapete de juego. Y las reglas se emponzoñan para dar los ases siempre al mismo jugador. ¿Resultado? Toda una caza de brujas injustificada hacia los versos más sueltos o, simplemente, hacia los que no disfrutan con intrigas palaciegas. En esta profesión, a veces, es más crucial elegir a quién caer mal que a quién le eres simpático.

¿En qué se traduce? Las consecuencias son muy variadas. El castigado en la sombra ve cambiar continuamente sus responsabilidades, sus temas, su trabajo. Se le machaca por hacer algo o deshacerlo, por escribir de tal manera o de otra, por acudir antes o después a su trabajo -sí, existen las broncas por “trabajar demasiado”-. Y en esto la lucha psicológica es fundamental: el chivo expiatorio de la redacción puede ser encumbrado a los cielos del periodismo un día, para caer a los infiernos de las amenazas y el ultimátum al día siguiente. Es la esquizofrenia premeditada de quien quiere deshacer los nervios del contrario, la estrategia de quien no tiene más armas para imponerse que el miedo.

Y lo peor de todo es que los compañeros lo saben, son conscientes de que la mayoría de las broncas, insultos velados y pollos varios creados por y para machacar al patsy de turno son injustos. Pero el miedo interviene de nuevo para impedir que nadie abra la boca. Pocas veces alguien acude a su rescate y cuando lo hace, tiene muy presente que o bien las tornas cambiarán y entonces será él el nuevo punch de la redacción o bien compartirán las hostias.

Pero la solución no es sencilla. En muchos casos, el fin último del acoso y derribo no es más que la salida voluntaria del periodista, que se vaya antes de que le echen, que su baja le salga barato a la empresa. La mezquindad y la falta de remordimiento juegan a favor del superior. Sin embargo, en ocasiones, las espaldas crecen a lo ancho para poder cargar con mayor peso; a veces, tanta hipocresía y mala hostia sólo sirven para reafirmarse en el puesto de trabajo, ese que te has ganado con el paso de los años. A veces, quien no te mata, te hace más fuerte… o te echa*.

*Añado esta coletilla por sugerencia de Miguel Ángel Lamas. Efectivamente, tenemos las de perder.