Me ha picado un mosquito

Hacía tiempo que no me picaba un mosquito. Ya ven que en verano hay escasez de ideas incluso para los blogs. Pero es cierto. Mi pierna izquierda ha sido súbitamente violada, alterado su aspecto primigenio, mordida por una de esas alimañas de tamaño reducido que el común de los mortales se empeña en despreciar y a quienes yo insisto en considerar algo más que un enemigo. Un mosquito ha entrado impúdicamente en mi sacrosanto salón y ha osado picarme, succionar una parte de mí para enriquecer su malnacido metabolismo y dejarme, de regalo, un bonito ronchón. Un mosquito me ha picado un muslo.

Me he dado cuenta poco a poco, que incluso para estas cosas una es un poco lenta. Ha comenzado como un picor inocente ante el que, inconscientemente, mi mano derecha ha acudido en auxilio, uñas afiladas, para aliviar el picor. Pero la muy puñetera sensación de placer, unida a la reaparición del malestar, me ha hecho darme cuenta de que, efectivamente, algo no iba bien. En esos primeros momentos de inquietud, he seguido rascándome hasta recordar el sabio consejo que toda madre nos ha dado alguna vez: “No te (ar)rasques, que es peor”. Así que he tenido que cesar en mi placentera y casi adictiva actividad, en el raca-raca que desemboca cualquier molestia de este tipo.

Es curioso esto de los picores, ¿verdad? Cualquiera diría que el cuerpo está mal diseñado. No es lógico que si algo te pica, y te rascas, pueda ser nocivo, al menos en una escala tan pequeña como la del causante del desasosiego. Pero ocurre, vaya que si ocurre.

No se alarmen, no seguiré explayándome en esto de los escozores, que para eso la publicidad se encarga de dejarnos bien claro cómo pica, dónde pica y, sobre todo, qué hacer cuando aquello arrecia. Por cierto, y con esto termino lo banal del asunto, es curioso que la publicidad sólo hable de picores femeninos, cuando la rascada de huevos o el popularmente conocido como ‘rastrillazo’ es patrimonio exclusivo del hombre.

Pero volviendo a lo de no rascarse. Mucho hemos interiorizado aquellos consejos-órdenes que nos daban nuestras madres. No se me ocurre momento en el que más picores, y picotazos, estemos sufriendo en nuestras carnes. Desde ese púlpito nuestro de cada viernes, con esos aguijonazos envueltos en traje de marca, hasta las banderillas que a muchos nos ponen en el día a día. Todos ellos son resistidos estoicamente sin decir ‘ni mu’, no sea que aquello se irrite y luego haya que amputar. Al igual que nos ocurría en la infancia, el primer momento lo marca la rebeldía. ¿Por qué he de callar ante una desigualdad, una injusticia o una estupidez manifiesta? Y ahí te vas, con tu after bite por montera, pensando que tú solita vas a arreglar el mundo. Alma de cántaro… matar mosquitos a soplidos, que no podemos ni hablar de cañonazos.

Y después de ese primer aguijonazo, vienen otros: pequeños y redondos, de esos que se pasan en dos días; ronchones de talla ensaimada, que de pura vergüenza escondes y disimulas; los pequeñitos y seguidos -piqui-piqui-piqui- que te machacan toda una pierna en un festín que alguna chinche se ha dado a tu costa… Aprendes entonces lo de callarse y aguantar el picor, lamiéndote las heridas, como mucho, en privado. Comprendes que lo de rascarse es patrimonio exclusivo del picador que, con sombrero o sin él, dedica su vida a hacerte la faena. Y te olvidas de la picadura hasta el siguiente mordisco.

Lo dicho… que me ha picado un mosquito.