Cómo hemos cambiado… ¿o no?

Leyendo libros sobre la historia de Valladolid, me he topado con esto. No he podido evitar dedicarle esta ‘mini entrada’ que, por motivos obvios, encaja perfectamente en esa serie denominada ‘Fauna Periodística’. Sirvan estas líneas para reflexionar lo poco o nada que nos hemos movido, y lo mucho o muchísimo que queda de aquella España rancia en lo que respecta, en este caso, al periodismo.

En 1966, se aprobaba en España la nueva Ley de Prensa e Imprenta que acababa con la censura previa. En un periódico vallisoletano alguien hacía la siguiente reflexión:

“Desaparecida la censura previa, hace falta que desaparezca ahora otro tipo de consulta previa al que no se presta demasiada atención. Son los que se creen, por ocupar un prominente puesto de la sociedad, dueños y señores de haciendas propias y ajenas. Son los que aconsejan casi sin concederle importancia, no hablar de determinado asunto cuando intuyen que hurgar en dicho asunto puede dejar al descubierto su ‘desinteresada’ intervención. Son esos buenos señores, muchas veces escondidos cerebros de segunda fila, con cuya ‘benévola autorización’ hay que contar para poder informar al público de lo que ellos están fraguando. Urge pues que, de ahora en adelante, la prensa se vea libre de trabas, ya no de tipo administrativo para las que existe un cauce legal, sino de esas otras que provienen de ciertos personajes que se sienten el ombligo del mundo”*.

 

Cómo hemos cambiado, ¿eh?

 

*VV.AA. Crónica de Valladolid 1936-2000. La historia de la provincia de Valladolid desde la Guerra Civil hasta nuestros días. Valladolid: Editora de Medios de Castilla y León S.A. 

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El país de la piruleta

Sean sinceros: ¿cuántas veces al cabo del día preguntan a alguien un “¿qué tal estás?”? ¿Y cuántas de esas respuestas les importa un mojón? No, no cierren aún la ventanita, que no vengo a reprocharles nada. De hecho, no me meteré con esa manía que tiene la gente de hacer preguntas cuyas respuestas se la traen bastante floja, más que nada, porque todos pecamos de ello. Vengo a meterme con las respuestas.

La mayoría de ellas son evasivas, conscientes como somos de que es un mero formalismo al que remite la educación más básica. Casi siempre despachamos el momento con un poco creíble “bien”, acompañado como mucho de un medio encogimiento de hombros. Esa es toda la autocomplacencia que nos permitimos, dejar ver a lo lejos que, aunque es cierto que estamos “bien”, hay cosas que deberían “estar mejor”.

Pero es que yo no valgo para eso. Lo siento. Salvando a los desconocidos, los conocidos que preferirías no conocer y esos a los que no tienes ganas de dar pie para que te lloren sus penas, no puedo mentir. Soy de las que arrugan la cara y hacen gestos raros que no son sino el reflejo de la lucha interna: ¿digo lo jodidamente jodida que me siento o planto un ‘de puta madre’ para salir del paso? Por lo general, no me gusta mentir (salvo cuando mi culo va en ello) y lo de disimular se me da realmente mal. Vamos, lo llevo crudo a la hora de pasar el trago de la preguntita. Muchas veces me reprocho a mi misma esa actitud, que parece que ando todo el día llorando por las esquinas, pero… ¿qué quieren que le haga? Si no me siento bien del todo, pues no puedo decir que esté bien.

¿Y por qué hacerlo? ¿Por qué fingir que vivo en el país de la piruleta? Mucha gente lo hace por aparentar fortaleza, ya saben, esas cosas del tipo “llorar es de débiles” o “sonríe aunque estés cabreada”, que me dijo un día un novio que tuve. Pues miren, no. Me niego a ser un engranaje más de ese optimismo obligado al que nos están arrastrando, como si nos pusieran las orejeras de los burros para no poder ver las orillas llenas de mierda. Las cosas no van bien, cada día pago más por la factura de la luz, la gasolina está a precio de leche de unicornio, el sueldo no se mueve ni con palanca y, para colmo, winter is coming. Vamos, que lo tengo todo, papi.

Ese optimismo que nos quieren imponer no es más que la estrategia de los de arriba para que no miremos hacia atrás y ver lo que ya se ha perdido por el camino. Que sí, que ole la solidaridad en tiempos de crisis, los emprendedores a tope de power y los cursillos de felicidad que te recuerdan que estamos mal, pero que de todo se sale (aunque el problema es cómo saldremos). Esos gurús que te recetan sonrisas y vitalidad cuando tú lo que quieres es un trabajo; los capullos que no hacen más que repetirte que ‘crisis’ en chino también significa ‘oportunidad’… esos se llenan los bolsillos con sus charlas, no se engañen.

A estas alturas del parlamento puede que me hayan tomado por lo que no soy, una cascarrabias que va de un lado a otro protestando por todo… pero tampoco soy la boba que sonríe mientras le pisan los callos. El optimismo barato me repatea el hígado, qué le voy a hacer y, además, hay veces que sí estoy ‘bien’, y lo digo. Tan sólo pretendo que abran los ojos y no se dejen engañar: ni estamos bien ni esto se cura con Coca Cola. Sólo siendo conscientes de dónde nos encontramos seremos capaces de salir del agujero. Y, por favor, si no les interesa la respuesta, no hagan la preguntita…