Podéis ir en Paz

"Levanta, muchacha, que vas a coger frío"

“Levanta, muchacha, que vas a coger frío”

María era guapa, inteligente, atractiva, le gustaba pasearse por las calles de su pueblo haciendo gala de su buen físico. Destacaba entre el resto de las mujeres como si ella solita se hubiera llevado la belleza que se iba a repartir entre todas las féminas de aquél valle de lágrimas. María, consciente de su percha, utilizaba ‘su don’ para encandilar a los hombres y, claro, entre lo buena que estaba y lo envidiosas que eran las demás, no tardaron en sacarle cantares: María, se decía en su pueblo, era un poco casquivana. Vamos, un poco putilla… pero eso sí, porque podía.

No tardaron en rodearla un buen día al fondo de un callejón polvoriento dispuestas ellas a saldar esa deuda con la madre naturaleza, y ellos a vengarse por algún desplante, calentón o desaire del pasado. Pero hete aquí que un joven de melena rubia al viento, ojos azules y verbo privilegiado frenó la cacería con un simple “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

No vengo a pontificar, no se alarmen; de hecho, para mi María siempre será Carmen Sevilla y Jesús, un guaperas Jeffrey Hunter, que estaba, dicho sea de paso, más bueno que las hostias consagradas. Pero recuperemos por un momento la imagen que nos regala la persecución de la pobre María Magdalena: sola, asustada, acorralada por su propio pueblo, y todo por algún pecadillo de nada, unos cuernicos, un polvo echado a la virulé. Nada grave comparado con lo de exterminar pueblos, las guerras santas y demás vicios de principios de los tiempos.

Párense a pensar en la turba que rodea a esta buena mujer: enarbolando piedras grandes como puños, ciegos de ira (unas por envidia, insisto, y otros por no haber podido catarla) gritando “adúltera, adúltera” y blandiendo amenazantes lo que no era más que una prueba de su propio miedo. Jesús, que a parte de guapo era listo como un conejo, dio con la clave del problema: allí no se juzgaba a la pobre María. Allí se juzgaba los pecados de cada uno sobre la piel de aquella muchacha. Expiar tus propias culpas buscando un chivo que te avíe es muy de la condición humana. Echamos pestes sobre los demás, en muchas ocasiones, sabiéndonos parte del problema que juzgamos. Por eso somos tan implacables: cuanto más duros seamos con los demás, más celosamente guardaremos nuestras propias mierdas.

Esta paja mental me vino ayer noche a la cabeza, justo antes de dormirme, cuando empecé a ver en Santo Twitter la movida de RTVV: policías impidiendo a los trabajadores acceder a la tele, emisiones en directo narrando la muerte de un medio de comunicación y, como no podía ser de otra manera, una turba enfurecida blandiendo piedras verbales dispuestos a estrellarlas contra los trabajadores.

Esos periodistas a los que muchos acusan de hacer mal su trabajo son como aquella asustada Carmen Sevilla: no son inocentes, ni mucho menos, pero no se merecen cargar en sus espaldas con el peso del fracaso de toda una televisión. Es más, en ellos queremos reencarnar los vicios de una profesión, tan bonita como desalentadora y decepcionante en muchos casos; los pecados que todos hemos cometido alguna vez, como se decía en misa, por pensamiento, palabra, obra u omisión. Y queremos que paguen por ello: ¿no informaron del accidente de metro de Valencia? PIEDRA; ¿manipulaban las imágenes en manifestaciones, mítines y demás chiringuitos? PIEDRA; ¿reconocen ahora sus errores, a toro pasado? DOBLE PIEDRA.

Pedrolo

“¡Por mí y por todos mis compañeros!”

No estoy justificando el mal periodismo; si hay algo que me revuelve las tripas todas las mañanas – y muchas noches- es la cantidad de palabras escritas en forma de lengua lameculos para mayor gloria de las administraciones, los ayuntamientos, las juntas y, si me apuran, hasta las cofradías. Odio el mal periodismo tanto o más que esos que gritan al fondo del callejón (cómo, si no, escribiría yo mis Faunas…). Pero, ojo, no sea que algún día alguien se encargue, piedra en mano, de recordarnos nuestros pecados, echarnos en cara nuestras debilidades, y pretender así limpiar su propio nombre en el culo de los demás.

 Podéis ir en paz.

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Nuevas tecnologías, nuevas responsabilidades

(Artículo escrito para elTINTERO )

 

Que los tiempos están cambiando en el mundo del periodismo es algo que no se puede negar; de hecho, el panorama mediático no ha parado de transformarse desde que comencé en esto como simple becaria. Pero ni los cambios están llegando ahora – tal y como parece por la continuas charlas, coloquios y jornadas al respecto- ni van a cesar, pues si hay algo que caracteriza el momento en el que nos encontramos es que todo está en continua evolución.

Huiré del clásico debate de si el papel va a desaparecer o no. No porque ignore que, efectivamente, hay una parte de la profesión verdaderamente preocupada por ello, sino porque me siento realmente incapaz de emitir una opinión sólida… nunca he sido demasiado buena diagnosticando el futuro. En todo caso, conste en acta que desconfío tanto de los agoreros que creen que el mundo se hunde con la celulosa como de los entusiastas de las nuevas tecnologías que desprecian el trabajo aún analógico.

Pero en todo este mar de dudas, sí podemos asegurar que hay un hecho innegable, el de la llegada de las nuevas tecnologías y las redes sociales a nuestro ámbito. Tenemos páginas web, facebook, twitter y demás plazas cibernéticas a disposición de los llamados medios tradicionales, y su uso se ha extendido al máximo, como no podía ser de otra manera. Hasta aquí, no he descubierto nada nuevo, pero considero que en muchas ocasiones, y muy erróneamente, se relegan esos ámbitos de las nuevas tecnologías a un papel meramente presencial y ornamental. Craso error.

Estar presente en las redes no es suficiente; esa irrupción ha de ser coherente con la línea editorial del medio y cuidada, del mismo modo que el trabajo “analógico” es mimado – o debería serlo- hasta que el producto final es digno de aparecer bajo el nombre de nuestro medio. Parir una página web y no cuidar su actualización, apariencia, correcta redacción y adecuado tratamiento de los temas es un error tan garrafal como el que cometen otros muchos dibujando un perfil excesivamente serio o demasiado informal que no case con la idiosincrasia de la empresa.

Estar presente en las redes no es suficiente. Esa irrupción ha de ser coherente con la línea editorial del medio y cuidada

Sé que el problema del que derivan estos lodos es la falta de personal en las redacciones. A duras penas se llega a cubrir la información del día a día como para tener un equipo exclusivo que se encargue de las redes, que sería lo ideal. Pero en este caso no se puede descuidar ese aspecto del negocio periodístico que, entre otras cosas, es la única vía que nos une con una gran parte de la población que ya no compra el periódico o que, al menos, se informa de manera mayoritaria a través de las redes. Se trata, pues, de apostar por una información de calidad en todos los canales en los que el medio esté presente, sin menospreciar ninguno de ellos. Ese descuido llevaría, casi seguro, a la pérdida de un importante volumen de negocio -utilizo esta expresión para los más entusiastas de la pela- o, lo que es más grave, a manchar en un par de clics lo que tantos años ha costado construir: nuestra imagen como medio.