Periodismo en plato grande

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

¿Son ustedes aficionados a la nouvelle cuisine? Yo no demasiado, la verdad. Siempre he sido de comer en condiciones, de cuchara, servilleta al cuello y disfrutar como una gocha de una buena fabada o un buen cocido de mi madre. Pero hay que saber ir con los tiempos. Ahora, lo que se cuece en los fogones de los restaurantes más modernos y chic son esos platos que parecen sacados de un catálogo de bocados prêt-à-porter.

Una se sienta a la mesa y espera impaciente a que aparezca la última ocurrencia del chef. Mientras bebes una copa de vino con el meñique levantado, para no desentonar, ves venir al camarero – que ahora tiene estudios, un máster y te habla en cinco idiomas- presto a servirte tu vianda.

Te ponen ante tus narices un plato enorme, casi impoluto… con algo en el centro que, parece, es tu comida. Han logrado un equilibrio perfecto entre el cuarto de patata deconstruída y la ramita de cilantro, un cuadro al que da pena hincar el diente, y que a duras penas te rellena el hueco de una muela.

Y una se imagina al gran cocinero dando vueltas la noche antes a cómo inventarse un nuevo plato, cómo reinventar su profesión, cómo revolucionar los paladares con menos cantidad pero no por ello menos calidad. Más por menos. Es la moda.

Pasa lo mismo en los medios. La (puta) crisis ha diezmado las redacciones, restando efectivos y recortando de donde ya casi no hay nada que amputar. Había que hacer sacrificios… y los hubo: sacrificios humanos, como los aztecas, pero sin plumas y con menos parafernalia. Nos han ofrecido a vaya usted a saber qué dios para poder sacar a delante, a cambio de nuestra sangre, el trabajo a toda costa. Y si hay que doblar turnos, se doblan. Y si hay que echar horas extra, se echan. Y si hay que hacer el trabajo que antes sacaban adelante tres personas con tan sólo dos manitas, pues también.

Echan la culpa a la crisis, a la caída de la publicidad, a la merma de ingresos, pero lo cierto es que las redacciones están sufriendo una sangría de la que nunca se recuperarán. ¿Saben por qué? Porque estamos haciendo más con menos. De peor calidad, eso sí. Pero no importa. Los periodistas estamos sacando adelante un trabajo mediocre por la mitad de coste que antes, y esa es una lección que no van a olvidar arriba. Cuando todo vaya bien, nadie se acordará del antes.

Como en la cocina, ofrecemos un gran plato con poco contenido en medio… lo malo es que a diferencia de los restaurantes, en el caso del periodismo, la calidad ya no es el objetivo. No se extrañen si, de aquí a unos años, se nos indigesta.

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