Fauna Periodística XXIII: las sanguijuelas

Llegas con toda la ilusión del mundo, recién salido del cascarón y con ganas de comerte la vida. El primer mordisco que te dan va directo a las expectativas: desde tu pequeño ordenador no podrás cambiar nada… apenas puedes conectarte a internet, así que mucho menos revolucionar el mundo del periodismo. Pero da igual. No pasa nada. Sigues adelante, porque los cantos de sirena te convencen de un nuevo proyecto, algo que satisfaga tu hambre de hacer cosas, de darle tu toque especial a un trabajo anodino, de dejar huella aunque sea en un rinconcito de la redacción.

Pasa el tiempo y las promesas caducan; a cambio tienes un puñado buenas palabras y un futuro barnizado de sudor (el tuyo, por si no te has dado cuenta). ¿Y? Trabajas en lo tuyo, con gente que te enseña, aprendiendo continuamente, conociendo a personas interesantes… echando el resto y trabajando sin parar, sí, pero con la satisfacción de que ese esfuerzo tendrá su recompensa.

ben-hur_7

Yo también iba en ese barco

Pero, sorpresa, llegan nuevos problemas, y nuevos mordiscos en tu orgullo. No se puede ni cumplir la palabra prometida. Hay que hacer un esfuerzo, redoblar el trabajo, echar el resto para que todo salga adelante. Y una vez más, agachas la cabeza, aprietas los dientes, y te convences de que, efectivamente, tú también vas en ese barco y que merece la pena seguir remando.

El tiempo pasa, sigues trabajando, doblas la cerviz y prefieres no pensar en la nómina, los negados, los mediocres y las injusticias que te rodean y te salpican. Estás cristianamente convencido de que, al final, todo tiene su recompensa. Siguen los mordiscos y ahora ya hasta te chupan la sangre. Doblas los horarios, te tragas el orgullo, haces tu trabajo y el de tu compañero, callas, callas, callas… Pero, ¿dónde está el límite? No les diré que te exigen a tu primogénito, porque la realidad es que hasta te prefieren estéril, por aquello de las bajas y la (puta) conciliación. Probablemente el límite lo ponga la salud, la mental, concretamente. Aunque cuando ya no puedes con las humillaciones, con los recortes, con las carcajadas en forma de “me paso tus derechos por el forro de los cojones”… callas de nuevo, respiras… y resulta que aguantas aún un poco más.

Anuncios

De puñaladas, pintas y últimas cenas

Los colegas de Los 4 Palos me dejaron un hueco en su archiconocido blog para airear un nuevo fauna. Agradecida y emocionada. 

Que el periodismo es una profesión dura -cada vez más-y llena de sin sabores es algo que, a pocos periodistas que sigan en Twitter, ya habrán detectado. Que te regala momentos maravillosos y conoces gente extraordinaria, también. Pero quizás haya un aspecto de este trabajo que el común de los mortales desconozca: es la profesión de la puñalada y el mierdismo.

Cuando estaba en la universidad y me decían que iba a ser duro meter la cabeza en los medios, yo, tonta de mí, pensaba que las dificultades vendrían por la competencia entre buenos profesionales, ya saben: tener que destacar entre un puñado de periodistas muy buenos e intentar marcar la diferencia.

judas

Last dance

Luego me di cuenta que con lo que se tiene que luchar más fervientemente es contra los egos, los poderes políticos y económicos, y los que te traicionan. Que suena muy rollo Judas en la última cena, pero que es cien por cien verídico.

Cuantos más años pasan más me doy cuenta de que no siempre el factor decisivo es tu trabajo; la simpatía que provoques en los demás – sobre todo en los de arriba-, tu capacidad de camuflaje cuando vienen mal dadas o la suerte que tengas de cruzarte o no con algún desgraciado… Todo ello influye de forma determinante en el devenir de tu futuro profesional. Y ahí es donde nos topamos de bruces con el cobarde. No hace falta que lo busquen, ellos se encargan de manifestarse a lo espíritu errante.

El cobarde es ese que pretende que no hagas tu trabajo, que hace llamadas y encaje de bolillos para que te muevan de tu puesto, que deja caer que no eres bien visto en la zona vip de este partido o aquella empresa… en definitiva, como dicen en mi pueblo, se encargan de meterte los perros en danza para que el suelo que pisas se mueva bajo tus pies, a lo terremoto de San Francisco.

La cosa no molestaría tanto si tuvieran los huevos de hacerlo de frente, a la luz del día y sin esconderse. Chico, ¿te caigo mal? Dímelo, a lo mejor descubres que a ti no te aguanta ni la madre que te parió. Pero no es el caso; ellos son más de sonreírte, agarrarte por el hombro, dar dos sonoros besos cuando te cruzas con ellos por la calle y después… ¡trasca! Puñalada va.

Pero les falla el insisto… o la inteligencia, según se mire. Porque hay que ser muy torpe para no prever que, en esta profesión, llena de gente a la que le gusta más hablar que un tonto la leche, tarde o temprano esa jugarreta se sabrá. Es más, en demasiadas ocasiones tenemos que sentarnos frente al que sabemos, a ciencia cierta, nos está puteando por detrás. Debe de ser porque todo lo que tienen de desgraciados, les falta de sesera. Un jefe mío les llamaba “hijos de puta con pintas”, y les viene muy bien, porque son unos desgraciados a los que se les ve venir. Y de lejos.