Tu hija y yo

femeninoParece mentira que después de tanto tiempo sin escribir me anime a hacerlo con un tema tan complicado como el machismo y la utilización de la mujer en los medios de comunicación. Ahí es nada. Será que me va la marcha.

El cabreo viene, esta vez, compartido por muchas mujeres -compañeras o no-, hartas de que nuestro trabajo en un medio, sobre todo si es la televisión, venga definido por tu aspecto físico. “Pero en la tele es normal que salgan las chicas más guapas, ¿no?” Aunque con mi sola presencia delante de una cámara eso queda desmentido, ahondemos en ese curioso argumento que me espetó una vez un chico ajeno al mundillo mediático. Durante la carrera se nos habló en varias ocasiones de la ‘telegenia‘, es decir, esa cualidad que hace que ‘des bien en cámara’. Una y otra vez nos insistían en que no siempre ese aspecto debía coincidir con ser más o menos guapo, y ponían el ejemplo de cierto presentador de informativos que no nombraré aquí.

Efectivamente, para estar delante de una cámara no hace falta ser guapo o tener un cuerpo de escándalo, por mucho que ciertas cadenas nacionales se empeñen en hacer de sus platós una pasarela de modelos. La capacidad de conectar con el espectador, hacerle cómplice de lo que le estás contando, conseguir que se quede contigo y atienda tus explicaciones o lo que sea que estés contando, se consigue con muchas más cosas que una cara bonita.

Eso no quita para que haya que atender ciertas normas lógicas que pasan por salir maquillado, peinado y vestido para la ocasión. Si muchos de esos bellezones se pusieran delante de la cámara sin haber pasado por chapa y pintura, la historia cambiaría sustancialmente.

Pero todas estas consideraciones previas ¿dan derecho a un compañero -superior o no- a presentar a una periodista a un invitado diciendo “mira qué chica más guapa tenemos en la tele?” ¿Por qué han de aguantar las mujeres que se valore su trabajo atendiendo a la talla de sujetador, su esbelta figura o la largura de sus piernas? Ese es el primer paso para cosificar a una persona, resaltar sus cualidades físicas por encima de las intelectuales en un contexto en el que deberían primar las segundas. ¿Se imaginan a alguien presentando a cualquier periodista como “este es nuestro cachas de la tele”? La situación es lo suficientemente burda y absurda como para que nos saque la sonrisa. ¿Por qué ha de ser diferente para las mujeres?

Esta es una situación bastante más habitual de lo que puedan imaginar; aún tenemos que aguantar que nuestro trato sea diferente conforme a nuestro aspecto físico. Por no hablar de los comentarios. Una no es una remilgada, precisamente, y está dispuesta a hacer bromas sobre cualquier cosa, pero cuando la cosa se pone ofensiva -por insistencia, nivel de burrada o contexto en el que se produzca- el asunto cambia y deriva a un terreno en el que tienes que recordar al otro las normas más básicas del decoro, aunque sea con una mirada asesina.

Y esto es sólo cuando estamos delante. Ni se imaginan los términos a los que llega el asunto cuando nos damos la vuelta y dejamos a un grupito de machitos cacareando -porque las cotillas sólo somos las tías, claro…-. Yo también puedo comentar lo bueno que está un compañero o alguien que haya pasado por allí, luego entonces… ¿dónde está el límite? Tengo un sistema que no falla, que suele poner bastante nervioso a cualquier hombre al que se lo planteo y que, por lo general, les hace ver las cosas desde otro punto de vista: “El límite está en tu hija. ¿Qué harías si pillaras a alguien hablando así de tu propia hija?”… y se les retuerce la cara.

Anuncios