¿Por qué?

Siempre he pensado que el buen periodismo es el que se hace las preguntas adecuadas en el momento preciso; ese que sabe parar en medio de la vorágine de la última hora y las exclusivas a dentelladas para cuestionarse qué cuestionarse. Hoy he tenido uno de esos días en los que todo son interrogaciones, todo son preguntas grises y lastimeras detrás de una llamada de teléfono de desahogo y resignación. Y han comenzado a salir a borbotones los porqués…

¿POR QUÉ…

… hemos vestido al periodismo de un traje de billetes manoseados y rancios que nos impide movernos?

… hemos dejado mojar los papeles de nuestros derechos sin alzar siquiera una mirada de odio a quienes derraman sobre ellos su húmeda y apestosa indiferencia?

… hemos callado cuando más callos nos pisaban?

… nos empeñamos en trabajar sin preguntar a cambio de cuántos -silencios-, a cambios de qué -vida-?

… insistimos en una profesión que sólo nos hace felices precisamente cuando sacamos los pies del charco en el que nos han metido?

… permanecemos con la mirada gacha y el pescuezo preparado para cuando nos lo quieran cortar?

… hemos permitido llegar a lo más alto a quien más bajo de miras es, a quien se limpia sus vergüenzas con el periódico de hoy?

… seguimos lamiendo el culo de una raja que ya no existe por desgaste del peloteo continuo del traje y la corbata?

… nos obstinamos en pegarnos hostias entre nosotros mientras al otro lado del cristal ríen a mandíbula ofensiva los que nos azuzan con los palos de la discordia?

¿Por qué hemos dejado que el periodismo se convierta en esto?

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Dudas y deudas del periodismo

silla-vaciaUna de las cosas que más me gusta de Twitter es que cada cual puede usarlo como quiera. Bien sea para echarte unas risas, enterarte de los eventos culturales de una determinada ciudad, saber lo que pasa en tal comunidad o país o bien empaparte un poco de todo. Cada cual elige lo que lee porque cada cual sabe a quién sigue y, por lo tanto, la red social cumple el papel que cada uno le otorga. Me atrevo a decir que como cualquier periodista, he ido confeccionando un TL acorde con mi profesión, es decir, medios de comunicación y compañeros periodistas que hacen que el #periodismo sea el tema predominante en mi pantalla. Por eso llegan a mi infinidad de reflexiones sobre lo que es buen periodismo, críticas a lo que se consideran barbaridades profesionales o ejemplos a seguir y de los que huir.

Uno de esos mensajes vino hace poco acuñado por el periodista M. A. Bastenier y decía así:

No se puede no estar de acuerdo; evidentemente, la profesionalidad de un periodista va íntimamente ligada a su ética. Si una no puede existir la otra, y de ahí vienen muchos de los vicios y problemas a los que debe enfrentarse nuestra profesión si quiere sobrevivir al (bendito) vendaval que se nos viene encima, con una población cada vez más exigente y unos poderes -económicos, políticos y de toda índole- queriendo modelarnos como barro en sus manos.

Sin embargo, una vez reconocido que esa lectura es real, verídica y necesaria, cabe analizar la realidad que muestra bajo otro punto de vista. Verán, las pocas veces que he estado en un foro hablando de periodismo con personas ajenas a la profesión, es decir, con espectadores/oyentes/lectores, siempre me han hecho el mismo reproche: “Hay que dar más caña”, “Sólo sacáis a algunos”, “Sois muy buenos con tal o cual político”… Y siempre he tenido que darles la razón. Esas situaciones son reales y, además, demuestran que la gente no es tonta, contrario a lo que piensan muchos jefes de la vieja escuela. Pero, acto seguido, yo les hago la siguiente reflexión: “Los periodistas tenemos que comer, pagar la hipoteca y mantener a una familia… como ustedes”. Parece obvio, pero el papel un tanto idealizado -por desconocimiento- que aún tienen muchas personas del mundo del periodismo provoca que nos otorguen más poder del que en verdad tenemos. Cuesta hacerles ver que, en realidad, somos unos obreros de la noticia.

No quiero escurrir el bulto, ni mucho menos. Los periodistas tenemos mucha culpa de los grandes males que nos asolan, pero una pizquita de comprensión no vendría mal. Esos preceptos deontológicos a los que se refería Bastenier, y que todo periodista debería respetar, están supeditados a algo más grande que nosotros, a la voluntad de quienes dirigen y manejan el entramado periodístico. En muchas ocasiones somos los primeros escandalizados de lo que nosotros mismos llegamos a hacer, pero la realidad es que nos han robado la profesionalidad para cambiarla por una cuenta de resultados. Nuestra ética está empeñada porque, como asalariados, necesitamos vivir de nuestro trabajo. Que no suene a excusa, por favor. Nada nos gustaría más a los periodistas a los que nos duele el periodismo -que somos muchos- poder levantarnos de nuestra silla con orgullo para ir en contra de una orden, de una línea editorial. Pero la realidad es que por cada uno que se levanta, hay diez mirando al suelo y esperando en silencio a ocupar tu silla. Una vez me dijeron que hay que saber elegir las batallas que se libran, y de momento la guerra la van ganando los otros. Tenemos culpa, sí, pero a veces son otros los que no nos dejan bien hacer bien nuestro trabajo; a veces, son las empresas las que han dejado de ser éticas y profesionales.

Simples zorrones

Mírala cara a cara que es la primera

Mírala cara a cara que es la primera

“Para que digan que eres una periodista de raza, primero tienes que morirte”. Así de contundente se mostraba mi amiga ante la muerte de una compañera de profesión hace unos meses. Cuando te vas al otro barrio, todo son loas, homenajes y buenas palabras. Todo se transforma cuando la palmas. Por ejemplo: si tenías mala hostia, dirán que eras de armas tomar; si eras una mala compañera, dirán que tenías tus cosillas; si te iba más la juerga que a un tonto la leche, dirán que vivías intensamente. Eufemismos que corrigen esos trazos que se salían de la línea, el último favor que te hacen en el mundo de los vivos.

Muchas de esas frases se pronuncian ante el miedo de hablar mal de un muerto; por simple respeto o por miedo a que vuelvas del más allá para aparecerte los viernes a las dos y tres de la mañana y encender la televisión para acojonar al personal; sea por el motivo que sea, lo cierto es que nos cortamos cuando de un fiambre se trata. Y no está mal la costumbre, total, a ti te queda el bollo por comer.

Sin embargo, hay otras sentencias que disfrazan la realidad y que no hace falta que te mueras para que las digan de ti. Esos filtros que ponemos a la vida para suavizarla. Pasa sobre todo con los personajes famosos, como la Duquesa de Alba. El ejemplo me viene al pelo porque ha habido mucha floritura en su adiós mediático, aunque la frase que más me ha gustado ha sido la siguiente: “Se puso el mundo por montera”. Y olé. Una forma castiza de decir que hizo lo que le dio la gana, cosa que no critico en absoluto. Pero piensen en las demás mortales que hacemos lo que nos da la gana. Es bastante poco probable que cuando nos demos la vuelta la gente diga: “Fíjate, cómo se bebe la vida, cómo se pone el mundo por montera”. Más bien tirará a “Esta es un pendón desorejado”. Porque esa es otra. Cuando en la discusión se incluye el elemento masculino, no hay perdón.

Vivimos en un país que aún rinde pleitesía a los títulos nobiliarios, que se pirra por los condes, los duques y las princesas, que ante un mal chiste de Juan Carlos espetan eso de “qué campechano es”, y a otra cosa, mariposa. Tenemos en muy alta estima a quienes pasan de nosotros y juzgamos con extrema dureza a los que nos rodean.

La diferencia entre unas consideraciones y otras reside, simplemente, en el dinero que tengas y la posición social que ocupes. Alguien con poder, con posibles, será siempre admirada por llevar una vida desordenada o fuera de lo común. Puede saltar de flor en flor y de cama en cama – ole por ella- y quedarse en una persona que vive su vida como le da la gana. Tú y yo, que somos de barrio, seremos unos zorrones para siempre. Porque nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.