Quo vadis, Periodismo?

nero

Aquí un redactor pensando cómo explicar el PGOU

Hace poco acudí a la presentación del informe de Red Acoge llamado Inmigracionalismo, que no es otra cosa que el tratamiento de la información acerca de la inmigración con altas dosis de sensacionalismo. Durante el transcurso de la rueda de prensa, dirigida especialmente a los medios de comunicación como nexo entre las asociaciones -generadores de noticias e información- y los ciudadanos – destinatarios de ese contenido-, me llamó la atención una idea que no es la primera vez que surge en este diálogo de organizaciones-medios-sociedad. Yo misma hice la misma observación durante la ponencia sobre Periodismo y Patrimonio en AR&PA, donde fui invitada por la Asociación Ciudadanos por la Defensa del Patrimonio de Valladolid: lo primero que hay que hacer para que esa relación fluya y sea positiva es conocerse mutuamente. Las organizaciones nos pedían a los medios de comunicación un mayor acercamiento a su realidad, no ya a los casos o problemas que presentan, sino a su propio funcionamiento. Al igual que ocurre con las asociaciones que defienden el patrimonio de nuestras provincias, y como a buen seguro pasará con cualquier tipo de asociación, se echa de menos una cercanía que redundaría en una mejora de la información, esto es, en un crecimiento en la sociedad en conocimiento y en comprensión.

Por supuesto, la cuestión es una calle de doble sentido: las asociaciones también deberían conocer más de cerca el funcionamiento de los medios de comunicación, su idiosincrasia, sus particularidades, de forma que la relación con ellos y, por lo tanto, la información que se les brinda sea mejor, más efectiva y llegue en óptimas condiciones a la sociedad. Por eso, entre otros muchos motivos, es muy deseable y necesario que al frente de los gabinetes de comunicación de cualquier entidad o asociación haya un periodista que haya ejercido.

Ese aparente desconocimiento por ambas partes me llevó a reflexionar sobre el camino que ha tomado el periodismo en los últimos años, ¿por qué nos hemos alejado de la sociedad? Tal vez parezca este un diagnóstico exagerado, pero los medios de comunicación tradicionales, más allá de maniqueísmos partidistas, despiertan el recelo de la gente más de lo deseable.

Hemos olvidado que escribimos para la gente, para el ciudadano de a pie, y a ellos debemos dirigir nuestras informaciones. No confundir esto con rebajar el tono o tratar al lector/espectador/oyente como si fuera tonto. Pero caemos muy a menudo en una especialización del lenguaje que hace a nuestras informaciones algo incomprensibles para le ciudadano medio. Especialmente sangrantes son las noticias referentes a la justicia, pero esta especialización mal entendida se extiende a casi todos los ámbitos. Explicar lo que ocurre en la ciudad con un lenguaje claro y sencillo no implica pérdida de calidad o simplificación. Al contrario, llegar a explicar de forma sencilla un acontecimiento, suceso, ley o norma implica un mayor esfuerzo por parte del periodista que si se limita a cortar y pegar términos burocráticos que dispersan la atención y dificultan la comprensión de lo que queremos transmitir. Llegar a entender algo de forma que seas capaz de explicarlo con sencillas palabras es lo verdaderamente complicado. Quizás, por eso, se haya dejado de hacer.

Pero a esa distancia formal se una otra más peligrosa si cabe aún: el abandono de la ‘militancia social’, es decir, entender que el periodismo es una herramienta fundamental para el desarrollo de la sociedad y sus ciudadanos, para convertirse en simples voceros del poder, en cualquiera de sus facetas. Esa es la gran distancia, el abismo, que hay que saltar. Ese vacío entre los intereses de la gente y los intereses políticos y económicos es la gran herida abierta que amenaza con gangrenar a la profesión. Con el agravante, además, de que quienes podrían curarlo de primera mano – los periodistas- carecemos de las armas necesarias para llevarlo a cabo. Sabemos lo que hay que hacer, lo que hay que preguntar, lo que hay que publicar, pero chocamos contra el muro de las estrictas órdenes dictadas para no salirse del guión de nadie. Los políticos nos utilizan como arma arrojadiza en una guerra en la que deberíamos actuar como testigos y no como jueces, una batalla mediática que poco o nada tiene que ver con los problemas y las preocupaciones reales de la gente. El 23F fueron los medios de comunicación los jaleados por los ciudadanos al entender el papel conciliador y democrático que habían protagonizado en esas horas de angustia y pesadillas recientes. Mucho me temo que ahora las palabras de ánimo, e incluso de agradecimiento, se tornarían en desplantes y reproches, muchos de ellos merecidos.

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