Fauna periodística XXV.- Empujones en la sombra

Cómo evitar una pregunta a un político, nivel básico.

Cómo evitar una pregunta a un político, nivel básico.

Pocas cosas hay tan sagradas para un periodista como su derecho a preguntar, a interrogar a un personaje público -máxime cuando se trata de un político, esto es, un servidor de la ciudadanía-. Cuando a un periodista se le cercena ese derecho, que no es ni más ni menos que su razón de ser, se le está extirpando la parte fundamental de su trabajo. No estudiamos periodismo para otra cosa más que para preguntar y repreguntar cuantas veces sea necesario, por mucho que escueza.

Viene esta reflexión, este tirar de lo básico de los juntaletras, a propósito de un interesante artículo que recopila algunos de los momentos más vergonzantes, por escandalosos y públicos, de los políticos y su relación con los medios. ‘Políticos contra periodistas: el bloqueo a la prensa’ no hace sino incidir en ese deporte nacional en que se ha convertido zancadillear al periodista, a veces incluso de forma literal.

Lo que puede parecer exclusivamente una lucha de los medios de comunicación o, mejor dicho, de los profesionales de la información, y los políticos, no es más que la defensa de su derecho, el derecho de los ciudadanos, a tener una información veraz, plural y libre. Cada vez que un periodista no puede preguntar a un político, tenga por seguro que es su propia boca la que están tapando.

Sin embargo, la lectura del artículo también me ha servido para pensar en los otros empujones, los que no se ven, lo que por silenciosos y privados no enfurecen, no exacerban al ciudadano. Ustedes pueden intuirlos, quizás, animados siempre por la imagen idealizada del periodismo que nos arroja el cine, pero jamás podrán imaginarse las presiones e imposiciones que debemos soportar en silencio. Y me refiero a los periodistas y no a los medios de comunicación porque estos, como empresas que se deben a sus beneficios, caen en muchas ocasiones en el error de creer que doblando la cerviz, el momio estará asegurado.

Ya reflexioné en su día sobre la incómoda realidad en la que se tienen que desenvolver el periodistas ‘de provincias‘, expresión que utilizo despojándola de cualquier atisbo de falta o altivez con la que muchos la utilizan. Esos periodistas que se baten el cobre cara a cara con el político y que deben armarse de valentía profesional para desarrollar su cometido, sabiendo que mañana ese mismo personaje le tandrá de frente y, muy probablemente, entre ceja y ceja.

Y son precisamente estos profesionales los más desamparados ante los excesos y ostentaciones de poder de algunos políticos que esgrimen una libertad de expresión sagrada para ellos, pero con infinidad de cortapisas para el de enfrente. ¿Quién defiende al profesional anónimo, al que patea la acera de la ciudad sin más pretensión que informarles? Es sencillo identificar la agresión, el agresor y el agredido cuando se produce en un contexto público y nacional, pero todo se torna complicado cuando la presión se deja sentir en forma de advertencia, consejo paternalista o llamada inquisidora.

Los periodistas ‘de provincias’estamos aún más desprotegidos, si cabe, que el resto, porque nuestros problemas a la hora de informar quedan silenciados e impunes, sin más recompensa que la palmadita anónima de algún compañero valiente.