Fauna periodística XXVII.- El rey desnudo y el periodista de gabinete

Político saludando a su electorado

Político saludando a su electorado

Ya han pasado las elecciones municipales y autonómicas, y se ve en el horizonte el momento de la formación de los equipos de confianza que rodearán a las corporaciones y los gobiernos autonómicos. En ese encaje de bolillos que supondrá ajustar los presupuestos más que nunca -por exigencia del electorado, de los nuevos partidos y formaciones políticas que accederán al poder y por mandato del sentido común- se ubican los gabinetes de prensa y los asesores. Se trata de un nicho laboral que otorga, en teoría, una cierta estabilidad económica y un cambio de aires para los periodistas, dando por hecho que ese trabajo lo ejercerá un licenciado en tal materia, lo que en algunas ocasiones es mucho aventurar.

Es obvio que en el terreno político en el que encajan los gabinetes de prensa, la ideología de los candidatos es un factor a tener en cuenta. Sería un tanto complicado que una persona con convicciones de izquierdas terminara trabajando para un partido del otro espectro ideológico. Podría ocurrir, y la profesionalidad del contratado en cuestión a buen seguro que solucionaría los problemas que en un principio se pudieran presentar pero, seamos sinceros, todo sería mucho más sencillo si ese antagonismo ideológico no se produjera. No estoy hablando de afiliados o ‘periodistas con carné’ de ningún partido, sino afinidades ideológicas que, evidentemente, no tienen por qué traducirse en una militancia durante el ejercicio de su trabajo.

De hecho, ese es el meollo de la cuestión, la capacidad de no alienación del periodista. Hace unas semanas, Manuela Carmena declaraba en una entrevista en la SER que un líder político debe contar con personas a su alrededor que sean capaces de ponerle los pies en la tierra. “Quiero críticas desde el primer día”, aseguraba Carmena. Esta actitud denota un comportamiento, cuanto menos, inteligente y humilde, y precisamente por ello, inusual en un líder político. Quienes se postulan para gobernarnos tienden a huir de las críticas; y es normal, dado que buena parte de ellas pueden estar motivadas por el maniqueísmo patológico que demuestra la sociedad española en cuanto a lo político se refiere (actitud, por otra parte, que parece que está cambiando).

Sin embargo, la situación contraria sería lo ideal, esto es, políticos que no sólo acepten las críticas y los debates en los medios y en la sociedad, sino que lo hagan también en el seno interno de sus gabinetes. Un político debe saber rodearse de personas que cuenten con su confianza, evidentemente, pero en muchas ocasiones esa cualidad se confunde con aquellos que nunca expresan una opinión contraria a la de su líder. Esos jefes han de ser lo suficientemente valientes como para aceptar las críticas, las opiniones contrarias e, incluso, los análisis más duros. Y esas lecturas deberían venir, precisamente, de sus propios grupos de trabajo. Dejarse adular es la postura más cómoda, sin duda alguna; pero tener los arrestos suficientes como para aguantar duras palabras de quien se supone ha de estar de tu parte es un ejercicio beneficioso no sólo para el ego, sino para el trabajo de cara al ciudadano. Cabría recordar lo que le ocurriera a aquel rey que, adulado por los más íntimos, llegó a salir de palacio desnudo creyendo que iba ataviado con las ropas más bellas e increíbles.

Los gabinetes de comunicación, de prensa e, incluso, los grupos de trabajo internos de cualquier partido, agrupación o institución necesitan de gente valiente capaz de expresar su opinión más allá de la conveniencia de la misma; pero también de líderes valientes que se comporten como tal y acepten, y busquen, las voces discordantes que les coloquen frente al espejo de la realidad.

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