Fauna periodística XXVIII.- Dignidad, periodismo y el jacuzzi de Jesús Gil

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

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La dignidad en términos periodísticos se ha convertido en un concepto voluble, escurridizo y, en demasiadas ocasiones, extraño, que depende cada vez más del umbral personal del dolor que ostenta cada profesional. La dignidad para muchos puede ser poder hacerle la pregunta que quiera a determinado político o personaje; para otro, poder simplemente preguntarle algo. Y mucho me temo que para una mayoría, dignidad significa, a estas alturas, poder comer del periodismo. El cómo ya será otro cantar.

Hace unos días me encontré en las redes sociales con un vídeo que me produjo una inmensa tristeza: en su afán por ofrecer una imagen única y original al espectador, una periodista había decidido hacer un directo en medio de una plaza de toros en la que -sí, amiguitos- campaba a sus anchas una vaquilla. Con cuernos y todo.

La historia tiene un final cuasi trágico pero sospechado. En este caso, para la periodista, la dignidad consistió en levantarse de un salto del albero y echarse unas risas como si no hubiera pasado nada. Pero pasó y, lo que más me horroriza, pudo ser peor. ¿Se imaginan que la escena termina con una mala caída de la reportera? Lesiones graves en directo. A alguno se le hace la boca agua.

Una compañera preguntaba en Facebook si eso era necesario. Obviamente, no. Informar de las fiestas de un pueblo no implica poner tu culo en peligro. ¿O sí? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el espectáculo? Aún recuerdo a aquel periodista de La Sexta que casi muere congelado para hacer un directo en el que, efectivamente, se constató que hacía mucho frío. Una realidad que, a todas luces, se nos hubiera escapado si el reportero no hubiera puesto en peligro su integridad física y, añado yo, moral.

Estamos pasando la frontera entre periodista y títere, entre reportero y pelele que lucha por la imagen más extravagante, más impactante, aunque de ello dependa hacer el ridículo o ponerte en situaciones peliagudas. ¿Dónde ponemos los límites para informar de algo? Siempre he creído que los periodistas nunca debemos ser la noticia, sino más bien un nexo de enlace entre el espectador/lector/oyente y lo que estamos contando. Los límites al protagonismo del reportero varían dependiendo del tema, el personaje, el medio o el programa para el que trabajas. No es lo mismo un compañero de informativos, que debe minimizar todo lo posible su presencia, que un reportaje de un magazine en el que has de conseguir que el espectador empatice contigo y, por lo tanto, con aquello que le estás queriendo mostrar.

El problema viene cuando la frontera entre lo digno y el ridículo se difumina tanto que ya no sabes en qué parte te estás moviendo. ¿Bajar a una plaza de toros y exponerme a que me pille una vaquilla? ¿Cuál es el objetivo? Lo único que conseguiremos es que la gente esté más pendiente de la vaquilla y de si te pilla que de lo que estás contando, con lo que tu trabajo habrá quedado en nada. Pero el animal te da un revolcón… ¿qué has conseguido? La máxima atención. El espectáculo. ¿A cambio de qué? Respondan ustedes.

El problema está en esa raya que separa el trabajo bien hecho y digno del espectáculo gratuito. ¿Debo hacer el ridículo en la tele para que ustedes se diviertan? Si es así, esta sociedad tiene un problema. Estamos llevando al periodismo -sobre todo de entretenimiento- a unos límites peligrosos, convirtiendo las andanzas personales de cada periodista en la noticia; la caída y el revolcón, en el objetivo; el jacuzzi de Jesús Gil en paradigma de la neotelevisión.

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