Nuestro derecho. Su derecho

silecnioNo se dejen engañar por teorías, expertos o gurús del periodismo. Por muchas vueltas que se le dé a nuestra profesión, lo único cierto es que se trata de algo tan sencillo como de ir a un sitio y contar lo que pasa. Es simple y, a la vez, tremendamente complicado, pero ese es nuestro cometido. No existe otro objetivo para un buen periodista que el de narrar lo que ocurre a su alrededor con el único final de que usted conozca la verdad. Por eso, en el momento que alguien impide a un periodista ejercer su trabajo, tenga muy presente que no se le está vetando a él, sino a usted mismo. Cerrar la boca de un periodista no es más que ponerle orejeras a la audiencia.

Con cada edición del Toro de la Vega se incrementa la tensión entre partidarios y detractores. Deberían entender ambas partes que los periodistas estamos en medio; incluso cuando algún medio de comunicación manifiesta abiertamente una postura en uno u otro sentido, les aseguro que la responsabilidad de tal decisión no descansa, en absoluto, sobre los hombros del periodista. Un profesional acudirá al torneo como acude a cualquier otro evento, con el objetivo de contar qué pasa.

Sin embargo, un elemento extraño se está introduciendo en el seno de los periodistas que acuden a la cita. He escuchado hablar a mis compañeros de miedo, de no querer ir a cubrir el Toro de la Vega; he visto a cámaras rodar por el suelo, bastones que se estrellaban contra compañeros, redactoras con la cara desencajada que han tenido que aguantar insultos, cuando no intentos de agresión.

Los protagonistas de tales vejaciones -hacia las personas y hacia la libertad de prensa y de expresión- se amparan en un presunto interés mediático por no sacar lo que ellos llaman la verdad del Toro de la Vega. Sin embargo, me atrevería a decir que en todos los casos, siempre se ha dado la oportunidad de expresarse tanto a partidarios como detractores de la fiesta. Pero pongamos que no es así; supongamos que algún medio de comunicación, equivocando su papel, opta por ofrecer una información sesgada del torneo, que no significa necesariamente manifestarse en contra, sino no mostrar ampliamente todas las posturas y los matices implicados. Aún suponiendo este extremo ¿es la violencia, verbal o física, la salida?

La respuesta es tan obvia que ofende a la inteligencia. Un comportamiento exaltado o violento nunca estará justificado, por mucho que el periodista o el medio de comunicación haya errado en su cometido, ya sea intencionadamente o no. Es más, la FAPE pone a disposición de cualquier ciudadano la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología a la que pueden acudir para defenderse de esos presuntos ataques o malas prácticas. Cualquier otra forma de protesta que implique un intento de amedrentamiento es un lamentable ataque a la libertad de prensa.

No se trata de estar a favor o en contra del Toro de la Vega; se trata de defender o no nuestro derecho a informar y su derecho a la información.

Como el sombrero de un picador

 Un titular dando sombra

Un titular dando sombra

Desconozco el razonamiento logarítmico por el que Facebook me bombardea, desde hace unos meses, con vídeos y noticias chorras, de esos que te muestran un frame y te invitan a descubrir lo que encierra esa -bizarra casi siempre- imagen. No sé si en algún momento toqué algo que no debería haber tocado -la historia de mi vida…- y desde entonces, la caja de Pandora de las estupideces se ha instalado en la red social. Seguro que más de uno ha picado alguna vez con titulares tan torticeros como sugerentes del palo “Abrió una caja de chococrispis y nunca se imaginó lo que había dentro”. Supongo que alguna neurona cansada de discriminar la realidad me empujó a querer saber qué coño había en la caja y pinché para ver si la expectación creada, de forma tan básica por otra parte, cumplía con mi calenturienta emoción. El resultado es, en el 99% de los casos, una chorrada como el sombrero de un picador.

Esos vídeos, esas publicaciones que todos encontramos en el muro de Facebook y que solemos ignorar, no tienen más importancia que su crecimiento exponencial conforme vamos pinchando para resolver los increíbles misterios que la clase media nos regala. Sin embargo, la ósmosis periodística ha querido reabsorber el estilo cutre de ese contenido y trasladarlo a los medios sin sonrojo ni disimulo. Llevo unos días descubriendo atónita cómo algunos de esos medios de comunicación reclaman la atención del lector, en Twitter sobre todo, con titulares que imitan tan molesta forma de difundir una noticia. “Pilar Rubio ha confirmado que espera un niño de esta divertida manera” o “Así reaccionó un agente de seguridad al ver a Reyes dando el pecho a su hija en un rincón de la Alhambra” son dos titulares recientes que obedecen a esa fórmula estúpida que trata como ídem a su audiencia. ¿Ya no somos capaces de crear un titular? ¿Responde a esa nueva y peligrosa norma que quieren imponer que exige a un titular, ante todo, ser llamativo? ¿Menosprecian tanto a los lectores que necesitan tratarnos con la simpleza de un meme? ¿Tan mala es la noticia que, por sí sola, carece de atractivo?

El periodismo puede evolucionar, matamorfosearse o convertirse en Pikachu si quiere, pero no a cualquier precio. Rebajar el nivel a estos límites no hace sino confirmar que prefieren audiencias fáciles a golpe de click a lectores capace de discriminar la buena información de la mala, el periodismo de calidad del periodismo fugaz y frugal.

Que una página de Facebook intente ‘reclutarme’ de esa forma entra dentro de lo folclórico de las redes sociales; que un periódico serio recurra a esos subterfugios para conseguir visitas en su web es, simplemente, triste.