Vamos perdiendo

dicc

La revolución empieza en un diccionario

Tengo 32 años y ya he llegado a ese punto en la vida en la que no entiendo a la juventud. Y digo ‘la juventud’ consciente de que utilizando ese término me excluyo del club. Llevo, simplemente, a la exageración un sentimiento que se agudiza con el paso del tiempo y es el de sentirse cada vez más alejada de todo lo que… ¿mola? O como quiera que se diga ahora. Ni puedo beber como antes, ni salir como antes ni, gracias a Dios, vestir como antes. Me sorprendo a mí misma mirando reprobatoriamente cómo visten, cómo se divierten o cómo hablan todos aquellos a los que llevo más de un lustro de ventaja. Sí, esa tipa que con quince años mostraba un nulo sentido de la moda tiene los cojones de meterse contigo, amado millenial. Normalmente razono a tiempo para darme cuenta que no es más que el ciclo de la vida made in Mufasa, que yo que hasta hace poco pertenecía a la generación que partía el bacalao, he sido desplazada por otros que siguen otras tendencias, visten de otra manera, escuchan otra música y, oh cielos, ven otro cine. Debí darme cuenta cuando mi chico preferido de prácticas me confesó con un hilillo de voz que no había visto ninguna película de Indiana Jones (¿lo podéis creer?) Tampoco ayuda empezar a tener sobrinos, comprobar cómo tus amigos se van casando (incluso por la Iglesia… ¿lo podéis creer?) o empezar a sentir que tienes que dejar de fumar y no por el desembolso sino por el desfonde.

Sin embargo, hay otras cosas que conlleva lo de atesorar cierta experiencia en la vida, más allá de sentirse extraño en una discoteca o un auténtico bicho raro cuando alguien sintoniza los 40; dar un paso hacia atrás y comprobar cómo se deterioran ciertas creencias que hasta hace veinte años eran impepinables (observación que, de nuevo, me hace sentir una carroza). Ojo, porque aquí es donde me llamáis vieja: LA LUCHA DE CLASES. Tranquilos porque esto no es una clase teórica de nada, sobre todo porque no soy ninguna experta en la materia ni he leído lo suficiente como para creer que puedo parir algo que merezca la pena. Pero este es mi blog y me lo follo como quiero, queridos: hoy me levanté revolucionaria, y no hablo de mi pelo.

Partiré de una premisa absolutamente subjetiva que dice que la lucha de clases sigue más viva que nunca, sólo que nos están ganando, y por goleada (si al leer “nos están” no sabes de qué bando hablo, tienes un problema: eres una víctima y ni siquiera lo sabes) El primer paso para ratificar esta idea es la reacción que muchos de vosotros habréis tenido: “¿Qué dice la trasnochada/roja esta? Eso está pasado de moda” Sin embargo, con las tasas de paro por las nubes, los trabajos precarios normalizados, los trabajadores que no llegan a fin de mes, los abuelos que mantienen a sus hijos y a sus nietos, los recortes en sanidad, las tasas universitarias por las nubes, el sistema 3+2 que favorece claramente a la gente con pasta, la privatización de la sanidad, el contrato único que vendrá, la reforma laboral, la ley mordaza que castiga la legítima protesta (no incluida la quema de contenedores y el lanzamiento de piedras, que ya veo por dónde se os escurren las neuronas…) con toda la mierda que hemos tragado y tragamos desde que esa crisis que provocaron otros y soportamos los trabajadores… ¿aún crees que no hay clases? ¿Crees que lo del empresario enfrentado al trabajador es propio del blanco y negro? Mira a ver si te suena, chico optimista.

Llegado a este punto, mucha gente argumenta que lo normal en un empresario es querer hacer dinero. Y es cierto, toda la razón. De hecho, es lo deseable:si a mi empresario le va bien, la lógica dice (la lógica… jajajajajaja) que repercutirá en mí, que me beneficiará, puesto que podré conservar mi trabajo y, por lo tanto, podré seguir viviendo. Eso sí, siempre que no sea jugando con mi salud y mi bienestar (otra palabrica que vamos camino de perder) Porque si legitimamos los abusos y las presiones a los trabajadores por el noble objetivo de hacer dinero, no nos quedará más remedio que justificar las deslocalizaciones de empresas, los niños cosiendo pantalones de marca y los talleres clandestinos chinos. Y nadie quiere que se lleven Renault de Valladolid… ¿no?

La gente que niega ese conflicto, los que huyen de la denominación ‘clase obrera’, no son más que snobs que quieren sentirse parte de una élite, aunque sólo sea por fardar. Ser obrero implica, en sus cabecicas centrifugadas, un origen humilde del que avergonzarse, algo así como venir del arroyo. Un insulto, en definitiva, porque lo que la gente quiere es molar, ser rico, tener un gran coche, una gran casa, esposa, dos hijos y una amante en la ciudad (espera, se me ha mezclado Mad Men en esto…)

Normalmente este es un proceso del que eres más consciente cuando ves tu culo peligrar. He escuchado auténticas arengas de personas que hasta hace cuatro días pasaban de compañeros y derechos, y que siguieron pasando hasta que fueron conscientes de que la lucha sólo se ganaría con la unidad de todos. Un todos que queda descafeinado por esos a los que las clases y los obreros les importa una mierda directamente proporcional a sus ingresos/privilegios. Su culo está a salvo, que le den a tu culo. No son más que perdedores de la causa, porque la causa les acabará arrollando tarde o temprano.

Despreciando esos términos nos están robando hasta el vocabulario, la seguridad de saber qué somos y qué debemos hacer. Si te afean lo de obrero, lucha, clase, patrón… está claro: no es que esos conceptos estén obsoletos, es que ni siquiera quieren que los nombremos para que no existan.  Lo que no se nombra acaba muriendo. Fin del primer asalto. Ahí comienza la derrota.

Para y piensa en los derechos de los que disfrutas en tu trabajo: no llovieron del cielo, no naciste con ellos debajo del brazo. Hubo un día en que un puñado de trabajadores decidieron luchar por ellos, enfrentarse al patrón y plantar cara hasta que fueron una realidad de la que tú ahora mismo disfrutas y, perdona que te espete, malgastas. Porque los derechos que se ganan también se pueden perder, y hay que luchar para conservarlos.

¿Que no hay lucha obrera? No, colega. Lo que ocurre es que la hemos perdido.