Vamos perdiendo

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La revolución empieza en un diccionario

Tengo 32 años y ya he llegado a ese punto en la vida en la que no entiendo a la juventud. Y digo ‘la juventud’ consciente de que utilizando ese término me excluyo del club. Llevo, simplemente, a la exageración un sentimiento que se agudiza con el paso del tiempo y es el de sentirse cada vez más alejada de todo lo que… ¿mola? O como quiera que se diga ahora. Ni puedo beber como antes, ni salir como antes ni, gracias a Dios, vestir como antes. Me sorprendo a mí misma mirando reprobatoriamente cómo visten, cómo se divierten o cómo hablan todos aquellos a los que llevo más de un lustro de ventaja. Sí, esa tipa que con quince años mostraba un nulo sentido de la moda tiene los cojones de meterse contigo, amado millenial. Normalmente razono a tiempo para darme cuenta que no es más que el ciclo de la vida made in Mufasa, que yo que hasta hace poco pertenecía a la generación que partía el bacalao, he sido desplazada por otros que siguen otras tendencias, visten de otra manera, escuchan otra música y, oh cielos, ven otro cine. Debí darme cuenta cuando mi chico preferido de prácticas me confesó con un hilillo de voz que no había visto ninguna película de Indiana Jones (¿lo podéis creer?) Tampoco ayuda empezar a tener sobrinos, comprobar cómo tus amigos se van casando (incluso por la Iglesia… ¿lo podéis creer?) o empezar a sentir que tienes que dejar de fumar y no por el desembolso sino por el desfonde.

Sin embargo, hay otras cosas que conlleva lo de atesorar cierta experiencia en la vida, más allá de sentirse extraño en una discoteca o un auténtico bicho raro cuando alguien sintoniza los 40; dar un paso hacia atrás y comprobar cómo se deterioran ciertas creencias que hasta hace veinte años eran impepinables (observación que, de nuevo, me hace sentir una carroza). Ojo, porque aquí es donde me llamáis vieja: LA LUCHA DE CLASES. Tranquilos porque esto no es una clase teórica de nada, sobre todo porque no soy ninguna experta en la materia ni he leído lo suficiente como para creer que puedo parir algo que merezca la pena. Pero este es mi blog y me lo follo como quiero, queridos: hoy me levanté revolucionaria, y no hablo de mi pelo.

Partiré de una premisa absolutamente subjetiva que dice que la lucha de clases sigue más viva que nunca, sólo que nos están ganando, y por goleada (si al leer “nos están” no sabes de qué bando hablo, tienes un problema: eres una víctima y ni siquiera lo sabes) El primer paso para ratificar esta idea es la reacción que muchos de vosotros habréis tenido: “¿Qué dice la trasnochada/roja esta? Eso está pasado de moda” Sin embargo, con las tasas de paro por las nubes, los trabajos precarios normalizados, los trabajadores que no llegan a fin de mes, los abuelos que mantienen a sus hijos y a sus nietos, los recortes en sanidad, las tasas universitarias por las nubes, el sistema 3+2 que favorece claramente a la gente con pasta, la privatización de la sanidad, el contrato único que vendrá, la reforma laboral, la ley mordaza que castiga la legítima protesta (no incluida la quema de contenedores y el lanzamiento de piedras, que ya veo por dónde se os escurren las neuronas…) con toda la mierda que hemos tragado y tragamos desde que esa crisis que provocaron otros y soportamos los trabajadores… ¿aún crees que no hay clases? ¿Crees que lo del empresario enfrentado al trabajador es propio del blanco y negro? Mira a ver si te suena, chico optimista.

Llegado a este punto, mucha gente argumenta que lo normal en un empresario es querer hacer dinero. Y es cierto, toda la razón. De hecho, es lo deseable:si a mi empresario le va bien, la lógica dice (la lógica… jajajajajaja) que repercutirá en mí, que me beneficiará, puesto que podré conservar mi trabajo y, por lo tanto, podré seguir viviendo. Eso sí, siempre que no sea jugando con mi salud y mi bienestar (otra palabrica que vamos camino de perder) Porque si legitimamos los abusos y las presiones a los trabajadores por el noble objetivo de hacer dinero, no nos quedará más remedio que justificar las deslocalizaciones de empresas, los niños cosiendo pantalones de marca y los talleres clandestinos chinos. Y nadie quiere que se lleven Renault de Valladolid… ¿no?

La gente que niega ese conflicto, los que huyen de la denominación ‘clase obrera’, no son más que snobs que quieren sentirse parte de una élite, aunque sólo sea por fardar. Ser obrero implica, en sus cabecicas centrifugadas, un origen humilde del que avergonzarse, algo así como venir del arroyo. Un insulto, en definitiva, porque lo que la gente quiere es molar, ser rico, tener un gran coche, una gran casa, esposa, dos hijos y una amante en la ciudad (espera, se me ha mezclado Mad Men en esto…)

Normalmente este es un proceso del que eres más consciente cuando ves tu culo peligrar. He escuchado auténticas arengas de personas que hasta hace cuatro días pasaban de compañeros y derechos, y que siguieron pasando hasta que fueron conscientes de que la lucha sólo se ganaría con la unidad de todos. Un todos que queda descafeinado por esos a los que las clases y los obreros les importa una mierda directamente proporcional a sus ingresos/privilegios. Su culo está a salvo, que le den a tu culo. No son más que perdedores de la causa, porque la causa les acabará arrollando tarde o temprano.

Despreciando esos términos nos están robando hasta el vocabulario, la seguridad de saber qué somos y qué debemos hacer. Si te afean lo de obrero, lucha, clase, patrón… está claro: no es que esos conceptos estén obsoletos, es que ni siquiera quieren que los nombremos para que no existan.  Lo que no se nombra acaba muriendo. Fin del primer asalto. Ahí comienza la derrota.

Para y piensa en los derechos de los que disfrutas en tu trabajo: no llovieron del cielo, no naciste con ellos debajo del brazo. Hubo un día en que un puñado de trabajadores decidieron luchar por ellos, enfrentarse al patrón y plantar cara hasta que fueron una realidad de la que tú ahora mismo disfrutas y, perdona que te espete, malgastas. Porque los derechos que se ganan también se pueden perder, y hay que luchar para conservarlos.

¿Que no hay lucha obrera? No, colega. Lo que ocurre es que la hemos perdido.

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¿Y si la explotación es el sistema?

3162451_slave-on-a-cotton“Empezaron repartiendo gaseosa y mira dónde han llegado…” La frase me la espetó un compañero hace unos días a las puertas de un gran negocio vallisoletano. La ventaja -y el inconveniente- de vivir en una ciudad como esta es que siempre hay alguien que te conoce, que sabe de dónde vienes, que conoce tus orígenes. La afirmación es, a priori, positiva; refleja el esfuerzo, el tesón y el empeño de una familia por superar las adversidades y conquistar poco a poco su parcela dentro del negocio en cuestión. Suena a esa manida frase del “sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo, el botones que comienza sirviendo en un motel de mala muerte y acaba haciéndose con un emporio hotelero de renombre en todo el mundo. Todos, cuando comenzamos nuestra andadura laboral, soñamos con mirar atrás algún día y ver cómo los sinsabores, los malos ratos, las caídas y recaídas, han servido para erigirnos como el gran profesional que proyectamos ser. Un respetable maestro, un gran chef, un repostero de prestigio o un periodista de referencia. Elevamos la mirada y estiramos el cuello orgullosos de lo conquistado al desaliento.

Para lo que no estaba preparada fue para el remate de la primera reflexión: “Y lo han hecho explotando a la gente”. Nos quejamos los jóvenes, y no tan jóvenes, de las trabas que se nos ponen en el mercado laboral. Si ya de por sí es un milagro meter la cabeza, que no te la corten es todo un hito. Nos batimos el cobre dando lo mejor de nosotros mismos y maldiciendo a los que ponen palos en las ruedas, los que disfrutan puteando al personal, los que nos “explotan”. Y nos creemos que esto viene de ahora, que es patrimonio del siglo XXI, de la reforma laboral de Rajoy -que se lo ha puesto, eso sí, más fácil al negrero-. En fin, que nadie sufre lo que nosotros sufrimos.

Pero… ¿y si la explotación fuera el sistema? Son demasiados los ejemplos a nuestro alrededor que demuestran que las grandes empresas, de la índole que sean, se levantan sobre los hombros magullados de los trabajadores, que resisten estoicamente y sin remedio unas condiciones laborales cada vez más injustas. ¿Pero alguna vez fue de otro modo? Si el modelo que vendemos como éxito no es más que el resultado del aguante y el rechinar de dientes de los trabajadores, ¿no será este un chiringuito de débiles pilares? ¿Cuándo dejamos de luchar por nuestros derechos? ¿Alguna vez lo hicimos? La respuesta a muchas de estas incógnitas es complicada, pero no puedo dejar de pensar si, por ejemplo, en las empresas, los bares, los restaurantes, los negocios… en fin, en cualquier lugar donde exista una relación laboral vertical, se comenzaran a pagar sueldos dignos y a respetar los derechos de los trabajadores… ¿resistiría el sistema? No hay que irse a Galicia y su multimillonario capo de la moda para descubrir auténticas riquezas sostenidas por míseras condiciones y míseras conciencias -sí, también las nuestras-.

No me gustaría que esta reflexión se cerrara dando por sentado que todo empresario viste de Prada. Por favor, si hay alguien en la sala que conozca a un magnate honrado, que lo diga.

Periodismo en plato grande

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

¿Son ustedes aficionados a la nouvelle cuisine? Yo no demasiado, la verdad. Siempre he sido de comer en condiciones, de cuchara, servilleta al cuello y disfrutar como una gocha de una buena fabada o un buen cocido de mi madre. Pero hay que saber ir con los tiempos. Ahora, lo que se cuece en los fogones de los restaurantes más modernos y chic son esos platos que parecen sacados de un catálogo de bocados prêt-à-porter.

Una se sienta a la mesa y espera impaciente a que aparezca la última ocurrencia del chef. Mientras bebes una copa de vino con el meñique levantado, para no desentonar, ves venir al camarero – que ahora tiene estudios, un máster y te habla en cinco idiomas- presto a servirte tu vianda.

Te ponen ante tus narices un plato enorme, casi impoluto… con algo en el centro que, parece, es tu comida. Han logrado un equilibrio perfecto entre el cuarto de patata deconstruída y la ramita de cilantro, un cuadro al que da pena hincar el diente, y que a duras penas te rellena el hueco de una muela.

Y una se imagina al gran cocinero dando vueltas la noche antes a cómo inventarse un nuevo plato, cómo reinventar su profesión, cómo revolucionar los paladares con menos cantidad pero no por ello menos calidad. Más por menos. Es la moda.

Pasa lo mismo en los medios. La (puta) crisis ha diezmado las redacciones, restando efectivos y recortando de donde ya casi no hay nada que amputar. Había que hacer sacrificios… y los hubo: sacrificios humanos, como los aztecas, pero sin plumas y con menos parafernalia. Nos han ofrecido a vaya usted a saber qué dios para poder sacar a delante, a cambio de nuestra sangre, el trabajo a toda costa. Y si hay que doblar turnos, se doblan. Y si hay que echar horas extra, se echan. Y si hay que hacer el trabajo que antes sacaban adelante tres personas con tan sólo dos manitas, pues también.

Echan la culpa a la crisis, a la caída de la publicidad, a la merma de ingresos, pero lo cierto es que las redacciones están sufriendo una sangría de la que nunca se recuperarán. ¿Saben por qué? Porque estamos haciendo más con menos. De peor calidad, eso sí. Pero no importa. Los periodistas estamos sacando adelante un trabajo mediocre por la mitad de coste que antes, y esa es una lección que no van a olvidar arriba. Cuando todo vaya bien, nadie se acordará del antes.

Como en la cocina, ofrecemos un gran plato con poco contenido en medio… lo malo es que a diferencia de los restaurantes, en el caso del periodismo, la calidad ya no es el objetivo. No se extrañen si, de aquí a unos años, se nos indigesta.

Urracas con traje

¿Se han fijado alguna vez en las urracas? Sí, hombre… son esos pájaros gritones y molestos que se están adueñando de nuestras ciudades. Ocupan, cada vez de forma más preocupante, el lugar de aquellos gorrioncillos pequeños, rechonchos, simpáticos… que a lo más que se atrevían era a acercarse a diez metros cuando les tirabas una miga, un triste resto del bocata de la merienda. Pero el pájaro grande “se comió” al chico. Ahora lo que se lleva es ese gran pajarote negro y blanco, de mirada siniestra y casi amenazante… nos invaden las urracas.

Pero, ¿se han parado a observar a este curioso animal? Suelen ser pájaros solitarios… una pareja a lo sumo, como si desconfiaran entre ellos. Acechan en lo alto de los árboles y se precipitan con total descaro sobre su presa. Su plumaje puede dar lugar a error: blanco y negro, como los trajes, como esa vestimenta de etiqueta que se exige en los actos de alto postín. Negro el cuerpo y blanco el pecho, así como descubierto.

Intentan andar guardando la calma, con aparente elegancia, un paso detrás de otro… ni siquiera son graciosos como los gorriones, con esos saltitos tan garbosos. No. Lo suyo son las zancadas, una detrás de otra, mientras su ojo negro y brillante no se aparta de ti.

No se engañen. En el fondo son aves de rapiña, pájaros que esperan a devorar lo que se acumula en las cunetas. No tienen arrestos suficientes para matar ellos mismos. No. Aguardan a que alguien les haga el trabajo sucio.

Aquel traje al que se asemejan las plumas de las urracas recuerda a muchos otros que llenan los medios de comunicación estos días. Al igual que ese despreciable y molesto pájaro, nos observan en la lejanía, graznando de vez en cuando, clamando nuevas medidas de ahorro. De verdad… ¿no es de urraca exigir a los trabajadores indefinidos renunciar a parte de sus “privilegios”? Mismo traje, misma mirada, misma costumbre: que los maten, que los maten otros… que yo recogeré su cadáver. Pero su ambición no acaba ahí; los graznidos vuelven a molestar, la urraca pide desde lo alto de su inalcanzable árbol, ese que le da la oportunidad de ver más que los demás y estar más seguro que el resto, que los trabajadores indefinidos “hagan ese esfuerzo por los desempleados”. Claro. Han de ser los medios jodidos los que echen una mano a los cadáveres que vienen. Nada de bajar un par de ramas, ni hablar de descender de las alturas… Así, con aparente elegancia, un paso detrás de otro, nos lanzan en una lucha fratricida de la que pretenden sacar rédito, alimentarse de la carroña que quede en la cuneta.

Rebajar sueldos, flexibilizar el mercado de trabajo, “quitarnos privilegios”somos ese conejo que cruza la autovía y queda aplastado contra el asfalto… somos el alimento muerto y putrefacto de la urraca.

Hoy tampoco cobro

Hay una terraza que bulle en estas tardes de verano. Gente sentada en la calle, algunos guiñando los ojos porque el sol, que se acerca a su ocaso, les ciega. Hay una mesa y, alrededor, unos amigos que ríen contando las anécdotas del día, compartiendo unas cervezas heladas, pidiendo otra croqueta o “el de lomo con pimientos”. Hay chaquetas esperando colgadas de los respaldos de plástico a que la ligera brisa, muy tenue aún, haga reaccionar a sus dueños y se las echen por los hombros “porque ya refresca”.

Hay un cigarro consumiéndose entre los dedos, unas gominolas obsequio de la casa que desaparecen a ritmo vertiginoso… hay incluso una zapatilla que cuelga tímida de los dedos de los pies, desafiando su caída, balanceada con cadencia sobre el terrazo. Hay un vibrante móvil que anuncia ausencias, recuerdos, amores furtivos o polvos de una(s) noche(s). Hay una confesión harta de esperar en la recámara, una crítica a la jefa siempre presente, un desguace de la prensa del día… hay una víctima en cada comentario con sangre.

Hay un quico entre los dientes, otra caña, más madera. Un paquete de tabaco recién inaugurado, un cartón que reposa en la mesa. Hay un niño que molesta, un borracho que espía, un puro que exhala su olor más allá de la tercera fila. Un camarero vacilón, un dueño con pocas luces, una rumana solícita con mejor español que algunos periodistas. Hay un perro conocido y desbocado, una cuñada que pasea su embarazo, un hermano que saluda con sonrisa ladeada. Hay un cajero que expulsa dinero, una cuenta que ya está pagada, un partido de fútbol que ya no sirve para nada.

 Hay una vida, en algún lugar, que me estoy perdiendo. Hoy trabajo hasta tarde. Hoy tampoco cobro.

¿Qué esperaban?

Observamos desde la barrera cómo ponían todas las facilidades para que en nuestro país proliferaran las grúas y el cemento. A nuestro alrededor, un bosque de edificios nos insistía en que el progreso era aquello: más grande, más luminoso, mejor que el del compañero. La burbuja inmobiliaria fue alimentada por especuladores insaciables ávidos de más billetes con los que cubrirse bien el riñón y, llegados el caso, comprarse uno nuevo. Especularon, construyeron donde no se podía, vulneraron leyes, las adulteraron hasta parecer lo que no eran, se repartieron el pastel y taparon bocas a golpe de talonario. Y callamos. Ni una palabra; porque nos decían que aquello estaba bien, que era el futuro, que todo se lo debíamos al ladrillo. Chitón, porque muchos vieron en ese trabajo duro la solución a una vida entre libros y apuntes. Y explotó.

Tampoco alzamos la voz cuando los jóvenes, lo que se formaron en nuestras universidades, los que debieran estudiar, ensayar, innovar una respuesta a las necesidades post-cemento, se fueron del país en busca de otros lares donde ser tratados de una forma digna. ¿Y los que se quedan? Contratos basura, mini trabajos ofrecidos por maxi sinvergüenzas, becarios eternos, chavales sin experiencia suficiente a los que no se les da la oportunidad de acumularla. Un paro juvenil que roza el esperpento.

Nos han recortado la educación, con aulas que ya no soportan ni un pupitre más, profesores obligados a la extenuación, mareas verdes que reclaman aquello de lo que este país siempre pudo presumir y de lo que ahora se empieza a avergonzar: una educación para todos donde todos tienen cabida.

La sanidad se subasta al mejor postor; lo que ha funcionado y servido de modelo a otros países ya no es útil. Más bien se juega con los números para demostrar a los crédulos entregados que no sabemos qué hacer con los hospitales, los médicos, los enfermos. Se nos muestra un modelo privado que ha fracasado en otros países pero que ha de servir para los españolitos. Se inauguran mamotretos encalados cutremente adornados con esculturas sonrojantes, se deja morir al medio rural extirpándole sin anestesia unos servicios mínimos. ¿Y qué me dicen del razonamiento? “Las urgencias fueron utilizadas por menos de una persona al día en algunos municipios”. Tendremos que pedir perdón por no morirnos.

La justicia, ahora más que nunca, será para el que la pague; los despidos, cada vez más baratos; la cultura, perseguida; la golfería suiza, perdonada; las tramas, los sobres, las financiaciones ilegales, las denuncias, los robos a la ciudadanía, los socios de correo fácil y descubierto… Al final, siempre el silencio.

El murmullo comenzó con los desahucios. Gente que se queda en la calle, que por una jugarreta del destino o una mala planificación ahora se ven en medio de la nada mientras cierran lo que hasta ahora era su hogar, para criar polvo tras la puerta. Sellan las cerraduras para que no tengamos ni el privilegio de las ratas. Nos condenan a la intemperie. O al salto al vacío. Pero, shhh… no se puede hablar de los suicidios. Me olvidaba de la hipocresía que nos caracteriza, la que silencia la verdadera violencia, el fracaso colectivo y social que supone un padre de familia estampándose contra el asfalto porque no vio otra salida. Es duro que la sangre en la acera nos recuerde a todos que esto no está tan bien montado como creíamos. Sí, mejor callar.

Y ahora las voces han explotado. ¿Qué querían? Claro, pretendían que siguiéramos aletargados mientras la violencia sistemática del Gobierno se ceba con nosotros, pobres diablos, que les acostumbramos a la penitencia sorda, al lamento en la intimidad del hogar, al cagamento en la barra del bar. Quieren que nos ciñamos al corsé del pataleo en papeleta y urna, cada cuatro años, que no molestemos con aspiraciones. ¡Qué osadía! Salir a la calle a reclamar respeto, a quién se le ocurre. Escraches, se quejan. “¿Pero no les habíamos convencido de que todo va bien, que para quejarse están los cauces que nosotros mismos hemos diseñado para no llegar a ningún lado?”.

No, no me gusta la violencia. No quiero tener que ir a la puerta de la casa de nadie a recordarle lo que está obligado a cumplir: velar por todos nosotros. ¿No es ese el fin último del gobernante? No quiero llenar de pegatinas una calle, hacer sonar un silbato, picar el telefonillo de nadie. No quiero, pero… ¿qué esperaban?

Me ha cambiado el termostato

Llevo casi tres años viviendo sola. No es nada extraordinario ni soy el primer pimpollo en volar del nido. Soy consciente que forma parte del ciclo de la vida, ya lo cantaban en el Rey León. Pues bien, una de las primeras cosas de las que te das cuenta cuando llegas a tu nueva casa es… ¡que es tuya! Ahora todo irá a tu ritmo, nadie te dirá a qué hora comer, cuándo hacer la cama, cuándo fregar, si hay que poner una lavadora de color o de ropa blanca… Es verdad que, por lo general, acabas haciéndolo todo de la forma que lo hacía tu madre, pero ahora lo haces así porque tú quieres. Es una diferencia importante.

Una vez que se toma conciencia del espacio, de las habitaciones y los armarios… después de haber colocado tus cosas, ordenado tus discos de música, escondido los adornos horteras de tu casero y tras haber comprobado que todo está en su lugar llega la siguiente fase del juego: las facturas. Al principio –y sobre todo si les pasa lo que a mí, que antes tenía un sueldo y medio que me permitía vivir tranquilamente- no son más que papeles que ordenas en la carpeta de las facturas. El agua, la luz, el gas… Es simple: las abres, las lees, compruebas que más o menos está dentro de lo normal –bastante complicado de saber porque es la primera vez en tu vida que pagas por encender la luz del baño- y las guardas. Bien ordenaditas. Yo prefiero de las más antiguas a las más actuales, pero eso ya es cuestión de cada uno.

Entonces se establece la rutina; ya tienes tomado el ritmo a la casa, sabes cada cuánto quitar el polvo, cuánto tardas en llenar una lavadora, cada cuánto hay que barrer el salón… esas cosas del día a día. Pero… ¿y si pierdes el trabajo? ¿Y si te cambian de puesto y lo que antes era un sueldo decente se convierte en media paga? Ahí llegan los problemas… y el frío.

Yo no tomé conciencia de lo que cuesta el (puto) gas hasta que me topé con la factura del mes siguiente. Se lo pueden imaginar, como con cualquier trauma, pasas por varias fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Bien. Una vez superado el drama y tras haber despotricado contra las empresas energéticas en Twitter, piensas en la solución, en cambiar tus hábitos. Yo tuve que optar por prescindir de la calefacción el máximo posible. El primer año suponía poner la caldera una vez al día sólo, por la mañana, con el único fin de no morir congelada en la ducha. No funcionó: la diferencia entre un año y otro a penas fue de unos 20 euros… y qué quieren que les diga, por veinte euros no vuelvo a comer envuelta en una manta.

Pero resulta que la vida, que es muy puta, te aprieta más las tuercas y ahora a tu escuálido sueldo se une una bajada en las ayudas del Gobierno a los emancipados. Cojonudo. Una vez meditada profundamente la posibilidad de compartir piso o de volver a casa de padres –pánico- decidí ser aún más austera. Ni grandes vacaciones, ni derroches en tiendas, ni grandes alardes culinarios. Tampoco salidas nocturnas, sólo alguna que otra caña de vez en cuando, lo justo para equilibrar el sentimiento de culpabilidad por abandonar a los amigos y el que te viene cada vez que abres la cartera. Pero yo sabía que algo oscuro me esperaba: la factura del gas. La muy perra iba a seguir llegando a mi casa con esos colorines que ponen ahora las empresas para que, mientras te dan por el culo, al menos las estrellitas sean en technicolor. Así que conforme se escapaba el verano me di cuenta que este año tendría que aclimatarme a la cruda realidad. De esta forma decidí encender la caldera tan sólo los días en los que ya no sintiera los deditos de los pies. Y así lo sigo haciendo. Sobrevivo a trece grados, salvo cuando viene alguna visita. Ese día es fiesta y hay que caldear el hogar.

Pues hete aquí que me debe de haber cambiado el termostato. No sé si el cuerpo es tan sabio como para ello, pero cada vez siento menos frío, necesito menos mantas en mi cama y, cuando voy por la calle y alguien dice eso de ¡qué frío hace!, yo siempre pienso para mi que no es para tanto. Algo ha debido de cambiar en mi interior porque, de verdad, lo de los trece grados ya no me suena a heroicidad ninguna. Vamos, que estoy tan ricamente… con dos jerséis y unos calcetines hasta la rodilla, pero tan ricamente.

No les puedo desvelar si la estrategia del pingüino ha sido efectiva porque aún no he recibido buenas nuevas de G.N., pero en cuanto tengan a bien comunicarme cuánto les debo por sobrevivir, se lo contaré.

Es impresionante cómo sobrevive el ser humano, ¿verdad? Ya sé que aquellos de los Andes, los que se tuvieron que comer a los muertos, saben más de eso que yo, pero déjenme con mis ilusiones. Y es que es fácil aclimatarnos y, además, ocurre en todos los ámbitos. ¿No se dan cuenta? Cada vez nos cuesta menos contentarnos con lo que nos dan. Unos, con un sueldo de mierda; otros, con unas condiciones laborales deprimentes… los de más allá con una rebaja del salario si no se quieren ir a la calle… Pero, oye, “por lo menos tienes trabajo”.

Ese es el primer paso para la esclavitud, y no se confundan, estamos muy cerca de llegar. Miro a mi alrededor y cada vez se trabaja más por menos, con menos gente, con más carga de trabajo, más presión y menos posibilidad de defenderse frente a los abusos de las empresas. En general, se nos vende la moto de que formamos parte de un mismo barco… pero debe de ser el de Ben-Hur… ya saben, unos cuantos remamos mientras los romanos se divierten en cubierta.

Pero no ocurre sólo en el ámbito laboral. Hemos tenido una buena ración de sobres, pagas en negro, cuentas en el extranjero, actividades empresariales viciadas por la relación con el poder, organizaciones no lucrativas que lucraban a todo dios, reyes cazando elefantes (que hay que ser muy desgraciado, o muy acomplejado, para matar a un elefante), conflictos laborales que iluminan la noche madrileña y que no han servido para nada, años y años de subvenciones europeas tiradas a la basura, convenios que no han servido más que para limpiarse el culo, trajes, corbatas, bolsos de lujo, viajes a Nueva York, gasolina por la patilla, aeropuertos sin vuelos, recortes en sanidad, en educación, el “Y tú más”, el puto cambio y la madre que les parió a todos.

 Pero nos hemos acostumbrado. Seguimos sentados en el sofá con los cojonazos bien colocados gritando a la televisión “sinvergüenzas”. La vergüenza es que sigamos aclimatándonos.