Nuestro derecho. Su derecho

silecnioNo se dejen engañar por teorías, expertos o gurús del periodismo. Por muchas vueltas que se le dé a nuestra profesión, lo único cierto es que se trata de algo tan sencillo como de ir a un sitio y contar lo que pasa. Es simple y, a la vez, tremendamente complicado, pero ese es nuestro cometido. No existe otro objetivo para un buen periodista que el de narrar lo que ocurre a su alrededor con el único final de que usted conozca la verdad. Por eso, en el momento que alguien impide a un periodista ejercer su trabajo, tenga muy presente que no se le está vetando a él, sino a usted mismo. Cerrar la boca de un periodista no es más que ponerle orejeras a la audiencia.

Con cada edición del Toro de la Vega se incrementa la tensión entre partidarios y detractores. Deberían entender ambas partes que los periodistas estamos en medio; incluso cuando algún medio de comunicación manifiesta abiertamente una postura en uno u otro sentido, les aseguro que la responsabilidad de tal decisión no descansa, en absoluto, sobre los hombros del periodista. Un profesional acudirá al torneo como acude a cualquier otro evento, con el objetivo de contar qué pasa.

Sin embargo, un elemento extraño se está introduciendo en el seno de los periodistas que acuden a la cita. He escuchado hablar a mis compañeros de miedo, de no querer ir a cubrir el Toro de la Vega; he visto a cámaras rodar por el suelo, bastones que se estrellaban contra compañeros, redactoras con la cara desencajada que han tenido que aguantar insultos, cuando no intentos de agresión.

Los protagonistas de tales vejaciones -hacia las personas y hacia la libertad de prensa y de expresión- se amparan en un presunto interés mediático por no sacar lo que ellos llaman la verdad del Toro de la Vega. Sin embargo, me atrevería a decir que en todos los casos, siempre se ha dado la oportunidad de expresarse tanto a partidarios como detractores de la fiesta. Pero pongamos que no es así; supongamos que algún medio de comunicación, equivocando su papel, opta por ofrecer una información sesgada del torneo, que no significa necesariamente manifestarse en contra, sino no mostrar ampliamente todas las posturas y los matices implicados. Aún suponiendo este extremo ¿es la violencia, verbal o física, la salida?

La respuesta es tan obvia que ofende a la inteligencia. Un comportamiento exaltado o violento nunca estará justificado, por mucho que el periodista o el medio de comunicación haya errado en su cometido, ya sea intencionadamente o no. Es más, la FAPE pone a disposición de cualquier ciudadano la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología a la que pueden acudir para defenderse de esos presuntos ataques o malas prácticas. Cualquier otra forma de protesta que implique un intento de amedrentamiento es un lamentable ataque a la libertad de prensa.

No se trata de estar a favor o en contra del Toro de la Vega; se trata de defender o no nuestro derecho a informar y su derecho a la información.

Como el sombrero de un picador

 Un titular dando sombra

Un titular dando sombra

Desconozco el razonamiento logarítmico por el que Facebook me bombardea, desde hace unos meses, con vídeos y noticias chorras, de esos que te muestran un frame y te invitan a descubrir lo que encierra esa -bizarra casi siempre- imagen. No sé si en algún momento toqué algo que no debería haber tocado -la historia de mi vida…- y desde entonces, la caja de Pandora de las estupideces se ha instalado en la red social. Seguro que más de uno ha picado alguna vez con titulares tan torticeros como sugerentes del palo “Abrió una caja de chococrispis y nunca se imaginó lo que había dentro”. Supongo que alguna neurona cansada de discriminar la realidad me empujó a querer saber qué coño había en la caja y pinché para ver si la expectación creada, de forma tan básica por otra parte, cumplía con mi calenturienta emoción. El resultado es, en el 99% de los casos, una chorrada como el sombrero de un picador.

Esos vídeos, esas publicaciones que todos encontramos en el muro de Facebook y que solemos ignorar, no tienen más importancia que su crecimiento exponencial conforme vamos pinchando para resolver los increíbles misterios que la clase media nos regala. Sin embargo, la ósmosis periodística ha querido reabsorber el estilo cutre de ese contenido y trasladarlo a los medios sin sonrojo ni disimulo. Llevo unos días descubriendo atónita cómo algunos de esos medios de comunicación reclaman la atención del lector, en Twitter sobre todo, con titulares que imitan tan molesta forma de difundir una noticia. “Pilar Rubio ha confirmado que espera un niño de esta divertida manera” o “Así reaccionó un agente de seguridad al ver a Reyes dando el pecho a su hija en un rincón de la Alhambra” son dos titulares recientes que obedecen a esa fórmula estúpida que trata como ídem a su audiencia. ¿Ya no somos capaces de crear un titular? ¿Responde a esa nueva y peligrosa norma que quieren imponer que exige a un titular, ante todo, ser llamativo? ¿Menosprecian tanto a los lectores que necesitan tratarnos con la simpleza de un meme? ¿Tan mala es la noticia que, por sí sola, carece de atractivo?

El periodismo puede evolucionar, matamorfosearse o convertirse en Pikachu si quiere, pero no a cualquier precio. Rebajar el nivel a estos límites no hace sino confirmar que prefieren audiencias fáciles a golpe de click a lectores capace de discriminar la buena información de la mala, el periodismo de calidad del periodismo fugaz y frugal.

Que una página de Facebook intente ‘reclutarme’ de esa forma entra dentro de lo folclórico de las redes sociales; que un periódico serio recurra a esos subterfugios para conseguir visitas en su web es, simplemente, triste.

Fauna Periodística XXIX: Los Illuminati del periodismo: lo quieren todo y lo quieren ya

forgesHace unos días me topé en Twitter con un artículo sobre el mundo académico y la distancia que le separaba de las redacciones. Ya saben, la eterna discusión sobre si la universidad está a la altura o no de las expectativas y las exigencias del mundo laboral. Antes de abordar esa cuestión, que por extensión dejaré para futuras entradas, ya les adelanto que, al menos en España, esa distancia jamás terminará de ensancharse mientras el mundo académico no acepte que el periodismo es, básicamente, práctica. Las universidades viven encerradas en su mundo de cristal ignorando por completo las necesidades de los medios y, lo que es peor, empeñadas en hacer de sus planes de estudio, palabra de Dios. Pero esa es otra historia.

El artículo en cuestión llevaba por título “Cómo adaptar las escuelas y facultades de periodismo al cambiante mundo digital”, con lo que el objeto de estudio se concentraba en eso que algunos se empeñan en pintar como nuevo cuando no es más que el periodismo de siempre en otro formato. Seis profesores de periodismo aprovecharon la beca ‘Back in the Newsroom’ para visitar y trabajar codo con codo con los periodistas de algunos de los medios más prestigiosos de Estados Unidos (Wall Street Journal, USA Today, L.A. Times…) El objetivo de la experiencia no era sino comprobar los nuevos caminos que el periodismo está explorando y experimentando con el loable fin de llevar esa experiencia a quien en un futuro caminará por ellos, los estudiantes de periodismo.

Sin embargo, no puedo dejar de mostrar mi miedo y estupefacción al comprobar cómo algunas de esas conclusiones son, cuando menos, peligrosas para el periodismo y, lo que es peor, para otra serie de profesionales que ayudan a que la información, simplemente, llegue hasta ustedes. Ni más ni menos.

“El cambiante mundo del vídeo” Trabajo en la televisión y este capítulo me interesa especialmente. Parece ser que el periodismo camina hacia la extinción del operador de cámara y el editor de vídeo, competencias y habilidades que el periodista debería, según Michael Fairwell, profesor de la Universidad Claflin, manejar a la perfección. Los periodistas, pues, deberíamos ser capaces de producir vídeos de forma rápida y profesional. Es decir, asistir a una rueda de prensa y salir de allí con tu texto, tu idea de noticia, tu titular y tu pieza montada. El periodista como hombre orquesta que suple dos o tres puestos de trabajo con un mismo sueldo y que, además, lo hace de forma rápida. Realmente, un futuro prometedor del que el colega Rubén Negro ya nos dios buena cuenta hace meses: un periodista con una nula capacidad de análisis pero, ojo, capaz de montarte un vídeo en un tris.

“Atraer a la audiencia” Cuidado, porque nos adentramos en terreno pantanoso. Caminamos por la delgada línea que separa el trabajo de calidad de lo zafio y llamativo, el trabajo bien hecho, del trabajo pensado para atraer a espectador a toda costa. En el artículo se hace referencia de forma expresa a los titulares que, al parecer, han de ser atractivos visualmente. La realidad y la veracidad, ya tal. Este es uno de los mensajes más peligrosos que se puede lanzar a un futuro profesional, la idea de que su titular ha de llamar la atención por encima de todo, es decir, lo estético por delante de la realidad. Un titular, ante todo, debe ser veraz, contar lo más llamativo de la noticia, lo que no quiere decir lo más anecdótico. Un titular refleja la esencia de la noticia. Animar a elaborar titulares llamativos por sí mismos sin advertir inmediatamente después que por encima han de primar otras cualidades nos lleva a un periodismo vacío, simple y, lo que es más preocupante, rozando los límites de la veracidad. Y si no, que se lo pregunten a Juanjo de la Iglesia.

“No subestimes el teléfono” Cuando trabajaba en la radio era poco habitual, pero a veces tenías que echar mano del teléfono para entrar en directo y contar una noticia, hacer un avance de lo que luego contaríamos en el informativo e, incluso, cuando no había más remedio, mandar los denominados cortes (declaraciones) de una forma un tanto rudimentaria: pegando el altavoz de la grabadora al micrófono del teléfono móvil. Desde entonces, la ciencia ha avanzado que es una barbaridad, y ya contamos con dispositivos capaces de grabar ruedas de prensa enteras, editar audios y mandarlos con una calidad que ya quisieran muchos mini disc. Sin embargo, mucho me temo que la tercera receta de los illuminati del periodismo no va por ahí. Se refiere más bien a las fotografías: bye bye, queridos foteros. ¿Quién quiere una foto realizada por un profesional, en el momento justo y con calidad, cuando puede contar con una foto del móvil, movida, mal encuadrada y, probablemente, tirada en un mal momento? Hasta ahora, lo que sabemos es que un periodista ha de ir a una rueda de prensa a tomar notas, grabar un vídeo que luego editará y, ahora también, tirar fotos para mandarlas “inmediatamente” a redacción y ser publicadas en el momento.

Entiendo que las redes sociales poco menos que exigen al periodista un testimonio gráfico de lo que está haciendo, y desde ese punto de vista no veo problema alguno en colgar la típica foto testimonial del tipo “Radio X se encuentra en tal sitio con tal político”, a modo de aperitivo de lo que luego ofrecerás en tu informativo o programa. El problema viene cuando ese material gráfico sustituye la labor del profesional de la fotografía.

+Empezamos a ver, y a sufrir, fotografías de muy baja calidad en la prensa, imágenes que a todas luces han sido captadas con un dispositivo móvil y cuya idoneidad es muy cuestionable. Cuando abro un periódico espero encontrarme una labor profesional no sólo por parte del periodista, sino del fotógrafo también, y para ello es fundamental definir claramente las atribuciones y el trabajo de cada uno. Yo puedo colgar una foto en redes sociales a modo de testimonio, pero desde luego nunca podré sustituir la labor de un profesional que ha estudiado, trabajado y luchado por la fotografía.

Existe otra tentación, me temo, que es la de enviar a un redactor con un móvil y un palo selfi para, en un triple salto mortal, cargarse a la mitad del personal que trabaja en una televisión. De momento no lo tomo en serio, aunque es ciertamente dantesco pensar hasta dónde podemos llegar en la degradación de nuestra profesión.

“Abraza al matemático que vive en tu interior” Una de las primeras noticias que tuve que escribir para un periódico salió de una tabla excel y sudé la gota gorda para arrancar de aquellas cifras, decimales y gráficos de barras un titular potable. Lo conseguí gracias a mi jefe, un tipo paciente con aquella tierna periodista que no sabía por dónde se andaba. Los datos son nuestros colegas, nos dan una información que, a menudo, la administración de turno quiere ocultar y que estamos obligados a comprender y saber explicar al ciudadano. El periodismo de datos no es nuevo, aunque las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías han supuesto una auténtica revolución para este tipo de periodismo que, desde mi punto de vista, debería impregnar el trabajo de cualquier profesional en cualquier medio. La conclusión que en este caso lanzan los profesores del experimento es indiscutible.

Las conclusiones que arroja el estudio con claras e inquietantes: un periodista que haga de todo y en cuyo trabajo debe primar la inmediatez y lo llamativo. Creo que son conclusiones, cuando menos, peligrosas que no harán sino disminuir la calidad del trabajo de unos profesionales que deben, por encima de todo, contar lo que ocurre, sin mayores alharacas.

Fauna periodística XXVIII.- Dignidad, periodismo y el jacuzzi de Jesús Gil

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

La dignidad en términos periodísticos se ha convertido en un concepto voluble, escurridizo y, en demasiadas ocasiones, extraño, que depende cada vez más del umbral personal del dolor que ostenta cada profesional. La dignidad para muchos puede ser poder hacerle la pregunta que quiera a determinado político o personaje; para otro, poder simplemente preguntarle algo. Y mucho me temo que para una mayoría, dignidad significa, a estas alturas, poder comer del periodismo. El cómo ya será otro cantar.

Hace unos días me encontré en las redes sociales con un vídeo que me produjo una inmensa tristeza: en su afán por ofrecer una imagen única y original al espectador, una periodista había decidido hacer un directo en medio de una plaza de toros en la que -sí, amiguitos- campaba a sus anchas una vaquilla. Con cuernos y todo.

La historia tiene un final cuasi trágico pero sospechado. En este caso, para la periodista, la dignidad consistió en levantarse de un salto del albero y echarse unas risas como si no hubiera pasado nada. Pero pasó y, lo que más me horroriza, pudo ser peor. ¿Se imaginan que la escena termina con una mala caída de la reportera? Lesiones graves en directo. A alguno se le hace la boca agua.

Una compañera preguntaba en Facebook si eso era necesario. Obviamente, no. Informar de las fiestas de un pueblo no implica poner tu culo en peligro. ¿O sí? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el espectáculo? Aún recuerdo a aquel periodista de La Sexta que casi muere congelado para hacer un directo en el que, efectivamente, se constató que hacía mucho frío. Una realidad que, a todas luces, se nos hubiera escapado si el reportero no hubiera puesto en peligro su integridad física y, añado yo, moral.

Estamos pasando la frontera entre periodista y títere, entre reportero y pelele que lucha por la imagen más extravagante, más impactante, aunque de ello dependa hacer el ridículo o ponerte en situaciones peliagudas. ¿Dónde ponemos los límites para informar de algo? Siempre he creído que los periodistas nunca debemos ser la noticia, sino más bien un nexo de enlace entre el espectador/lector/oyente y lo que estamos contando. Los límites al protagonismo del reportero varían dependiendo del tema, el personaje, el medio o el programa para el que trabajas. No es lo mismo un compañero de informativos, que debe minimizar todo lo posible su presencia, que un reportaje de un magazine en el que has de conseguir que el espectador empatice contigo y, por lo tanto, con aquello que le estás queriendo mostrar.

El problema viene cuando la frontera entre lo digno y el ridículo se difumina tanto que ya no sabes en qué parte te estás moviendo. ¿Bajar a una plaza de toros y exponerme a que me pille una vaquilla? ¿Cuál es el objetivo? Lo único que conseguiremos es que la gente esté más pendiente de la vaquilla y de si te pilla que de lo que estás contando, con lo que tu trabajo habrá quedado en nada. Pero el animal te da un revolcón… ¿qué has conseguido? La máxima atención. El espectáculo. ¿A cambio de qué? Respondan ustedes.

El problema está en esa raya que separa el trabajo bien hecho y digno del espectáculo gratuito. ¿Debo hacer el ridículo en la tele para que ustedes se diviertan? Si es así, esta sociedad tiene un problema. Estamos llevando al periodismo -sobre todo de entretenimiento- a unos límites peligrosos, convirtiendo las andanzas personales de cada periodista en la noticia; la caída y el revolcón, en el objetivo; el jacuzzi de Jesús Gil en paradigma de la neotelevisión.

Fauna periodística XXVII.- El rey desnudo y el periodista de gabinete

Político saludando a su electorado

Político saludando a su electorado

Ya han pasado las elecciones municipales y autonómicas, y se ve en el horizonte el momento de la formación de los equipos de confianza que rodearán a las corporaciones y los gobiernos autonómicos. En ese encaje de bolillos que supondrá ajustar los presupuestos más que nunca -por exigencia del electorado, de los nuevos partidos y formaciones políticas que accederán al poder y por mandato del sentido común- se ubican los gabinetes de prensa y los asesores. Se trata de un nicho laboral que otorga, en teoría, una cierta estabilidad económica y un cambio de aires para los periodistas, dando por hecho que ese trabajo lo ejercerá un licenciado en tal materia, lo que en algunas ocasiones es mucho aventurar.

Es obvio que en el terreno político en el que encajan los gabinetes de prensa, la ideología de los candidatos es un factor a tener en cuenta. Sería un tanto complicado que una persona con convicciones de izquierdas terminara trabajando para un partido del otro espectro ideológico. Podría ocurrir, y la profesionalidad del contratado en cuestión a buen seguro que solucionaría los problemas que en un principio se pudieran presentar pero, seamos sinceros, todo sería mucho más sencillo si ese antagonismo ideológico no se produjera. No estoy hablando de afiliados o ‘periodistas con carné’ de ningún partido, sino afinidades ideológicas que, evidentemente, no tienen por qué traducirse en una militancia durante el ejercicio de su trabajo.

De hecho, ese es el meollo de la cuestión, la capacidad de no alienación del periodista. Hace unas semanas, Manuela Carmena declaraba en una entrevista en la SER que un líder político debe contar con personas a su alrededor que sean capaces de ponerle los pies en la tierra. “Quiero críticas desde el primer día”, aseguraba Carmena. Esta actitud denota un comportamiento, cuanto menos, inteligente y humilde, y precisamente por ello, inusual en un líder político. Quienes se postulan para gobernarnos tienden a huir de las críticas; y es normal, dado que buena parte de ellas pueden estar motivadas por el maniqueísmo patológico que demuestra la sociedad española en cuanto a lo político se refiere (actitud, por otra parte, que parece que está cambiando).

Sin embargo, la situación contraria sería lo ideal, esto es, políticos que no sólo acepten las críticas y los debates en los medios y en la sociedad, sino que lo hagan también en el seno interno de sus gabinetes. Un político debe saber rodearse de personas que cuenten con su confianza, evidentemente, pero en muchas ocasiones esa cualidad se confunde con aquellos que nunca expresan una opinión contraria a la de su líder. Esos jefes han de ser lo suficientemente valientes como para aceptar las críticas, las opiniones contrarias e, incluso, los análisis más duros. Y esas lecturas deberían venir, precisamente, de sus propios grupos de trabajo. Dejarse adular es la postura más cómoda, sin duda alguna; pero tener los arrestos suficientes como para aguantar duras palabras de quien se supone ha de estar de tu parte es un ejercicio beneficioso no sólo para el ego, sino para el trabajo de cara al ciudadano. Cabría recordar lo que le ocurriera a aquel rey que, adulado por los más íntimos, llegó a salir de palacio desnudo creyendo que iba ataviado con las ropas más bellas e increíbles.

Los gabinetes de comunicación, de prensa e, incluso, los grupos de trabajo internos de cualquier partido, agrupación o institución necesitan de gente valiente capaz de expresar su opinión más allá de la conveniencia de la misma; pero también de líderes valientes que se comporten como tal y acepten, y busquen, las voces discordantes que les coloquen frente al espejo de la realidad.

Fauna periodística XXVI.- La mamada preventiva

Tranqui, que te avisa

Tranqui, que te avisa

Colas, vtr, telón, planillo… la jerga de los medios de comunicación alberga infinidad de conceptos, palabras, expresiones y frases hechas que los periodistas y técnicos utilizamos diariamente pero que a cualquier persona ajena a este mundo le puede sonar a chino. Entre los distintos medios de comunicación existen diferencias en el vocabulario, incluso entre redacciones del mismo medio puede existir diferencias a la hora de definir el entorno, aquello con lo que trabajamos. Pero, aún así, existe un concepto universal, fácil de entender por explícito y, desgraciadamente, machista hasta la médula. Todo periodista sabe lo que es hacer una mamada en términos periodísticos porque todos hemos pasado por ello alguna vez.

Desde la sugerencia más sutil, el gesto más imperceptible de tu superior, hasta la recomendación y el aleccionamiento más abierto, todo vale para llamar al orden a ese periodista que, durante los próximos minutos, se convertirá en un mero instrumento comercial, empresarial e, incluso, político. Una entrevista suave o amable, un reportaje insulso y de escaso valor periodístico -pero necesario para cuadrar las cuentas-, un invitado insólito… Todo son mamadas. Sin embargo, llamaré la atención sobre un concepto poco conocido o, al menos, pocas veces advertido: la mamada preventiva. Como los ataques de la URSS.

Se trata de un subgénero extraño del anterior caso, una derivación del peloteo elevado a la máxima potencia, que no necesariamente supone un rendimiento inmediato para el medio, pero que podría hacerlo. Se pone la vista en un futuro más o menos cercano, se echan cuentas, y se llega a la conclusión de que tal o cual personaje podría llegar en algún momento a tener alguna cuota de poder, bien sea político o económico, con lo que el arrodillamiento figurado merece la pena.

Es una suerte de llamada de atención sobre el destinatario del arrumaco, una advertencia de lo buenos que podemos ser dando cariño mediático, de lo calentito que se está a nuestro lado. Se trata de dar amor incondicional por si acaso, a corto o medio plazo, podrían devolver de alguna manera el gesto romántico.

La mamada preventiva se pone de moda en época de crisis, cuando vender tus efectivos al mejor postor es casi la única salida que te queda. Si no vendes, al menos te consuelas pensando en que venderás. Porque, como bien dice el refranero español, el que no llora, no mama.

Fauna periodística XXV.- Empujones en la sombra

Cómo evitar una pregunta a un político, nivel básico.

Cómo evitar una pregunta a un político, nivel básico.

Pocas cosas hay tan sagradas para un periodista como su derecho a preguntar, a interrogar a un personaje público -máxime cuando se trata de un político, esto es, un servidor de la ciudadanía-. Cuando a un periodista se le cercena ese derecho, que no es ni más ni menos que su razón de ser, se le está extirpando la parte fundamental de su trabajo. No estudiamos periodismo para otra cosa más que para preguntar y repreguntar cuantas veces sea necesario, por mucho que escueza.

Viene esta reflexión, este tirar de lo básico de los juntaletras, a propósito de un interesante artículo que recopila algunos de los momentos más vergonzantes, por escandalosos y públicos, de los políticos y su relación con los medios. ‘Políticos contra periodistas: el bloqueo a la prensa’ no hace sino incidir en ese deporte nacional en que se ha convertido zancadillear al periodista, a veces incluso de forma literal.

Lo que puede parecer exclusivamente una lucha de los medios de comunicación o, mejor dicho, de los profesionales de la información, y los políticos, no es más que la defensa de su derecho, el derecho de los ciudadanos, a tener una información veraz, plural y libre. Cada vez que un periodista no puede preguntar a un político, tenga por seguro que es su propia boca la que están tapando.

Sin embargo, la lectura del artículo también me ha servido para pensar en los otros empujones, los que no se ven, lo que por silenciosos y privados no enfurecen, no exacerban al ciudadano. Ustedes pueden intuirlos, quizás, animados siempre por la imagen idealizada del periodismo que nos arroja el cine, pero jamás podrán imaginarse las presiones e imposiciones que debemos soportar en silencio. Y me refiero a los periodistas y no a los medios de comunicación porque estos, como empresas que se deben a sus beneficios, caen en muchas ocasiones en el error de creer que doblando la cerviz, el momio estará asegurado.

Ya reflexioné en su día sobre la incómoda realidad en la que se tienen que desenvolver el periodistas ‘de provincias‘, expresión que utilizo despojándola de cualquier atisbo de falta o altivez con la que muchos la utilizan. Esos periodistas que se baten el cobre cara a cara con el político y que deben armarse de valentía profesional para desarrollar su cometido, sabiendo que mañana ese mismo personaje le tandrá de frente y, muy probablemente, entre ceja y ceja.

Y son precisamente estos profesionales los más desamparados ante los excesos y ostentaciones de poder de algunos políticos que esgrimen una libertad de expresión sagrada para ellos, pero con infinidad de cortapisas para el de enfrente. ¿Quién defiende al profesional anónimo, al que patea la acera de la ciudad sin más pretensión que informarles? Es sencillo identificar la agresión, el agresor y el agredido cuando se produce en un contexto público y nacional, pero todo se torna complicado cuando la presión se deja sentir en forma de advertencia, consejo paternalista o llamada inquisidora.

Los periodistas ‘de provincias’estamos aún más desprotegidos, si cabe, que el resto, porque nuestros problemas a la hora de informar quedan silenciados e impunes, sin más recompensa que la palmadita anónima de algún compañero valiente.