Me ha cambiado el termostato

Llevo casi tres años viviendo sola. No es nada extraordinario ni soy el primer pimpollo en volar del nido. Soy consciente que forma parte del ciclo de la vida, ya lo cantaban en el Rey León. Pues bien, una de las primeras cosas de las que te das cuenta cuando llegas a tu nueva casa es… ¡que es tuya! Ahora todo irá a tu ritmo, nadie te dirá a qué hora comer, cuándo hacer la cama, cuándo fregar, si hay que poner una lavadora de color o de ropa blanca… Es verdad que, por lo general, acabas haciéndolo todo de la forma que lo hacía tu madre, pero ahora lo haces así porque tú quieres. Es una diferencia importante.

Una vez que se toma conciencia del espacio, de las habitaciones y los armarios… después de haber colocado tus cosas, ordenado tus discos de música, escondido los adornos horteras de tu casero y tras haber comprobado que todo está en su lugar llega la siguiente fase del juego: las facturas. Al principio –y sobre todo si les pasa lo que a mí, que antes tenía un sueldo y medio que me permitía vivir tranquilamente- no son más que papeles que ordenas en la carpeta de las facturas. El agua, la luz, el gas… Es simple: las abres, las lees, compruebas que más o menos está dentro de lo normal –bastante complicado de saber porque es la primera vez en tu vida que pagas por encender la luz del baño- y las guardas. Bien ordenaditas. Yo prefiero de las más antiguas a las más actuales, pero eso ya es cuestión de cada uno.

Entonces se establece la rutina; ya tienes tomado el ritmo a la casa, sabes cada cuánto quitar el polvo, cuánto tardas en llenar una lavadora, cada cuánto hay que barrer el salón… esas cosas del día a día. Pero… ¿y si pierdes el trabajo? ¿Y si te cambian de puesto y lo que antes era un sueldo decente se convierte en media paga? Ahí llegan los problemas… y el frío.

Yo no tomé conciencia de lo que cuesta el (puto) gas hasta que me topé con la factura del mes siguiente. Se lo pueden imaginar, como con cualquier trauma, pasas por varias fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Bien. Una vez superado el drama y tras haber despotricado contra las empresas energéticas en Twitter, piensas en la solución, en cambiar tus hábitos. Yo tuve que optar por prescindir de la calefacción el máximo posible. El primer año suponía poner la caldera una vez al día sólo, por la mañana, con el único fin de no morir congelada en la ducha. No funcionó: la diferencia entre un año y otro a penas fue de unos 20 euros… y qué quieren que les diga, por veinte euros no vuelvo a comer envuelta en una manta.

Pero resulta que la vida, que es muy puta, te aprieta más las tuercas y ahora a tu escuálido sueldo se une una bajada en las ayudas del Gobierno a los emancipados. Cojonudo. Una vez meditada profundamente la posibilidad de compartir piso o de volver a casa de padres –pánico- decidí ser aún más austera. Ni grandes vacaciones, ni derroches en tiendas, ni grandes alardes culinarios. Tampoco salidas nocturnas, sólo alguna que otra caña de vez en cuando, lo justo para equilibrar el sentimiento de culpabilidad por abandonar a los amigos y el que te viene cada vez que abres la cartera. Pero yo sabía que algo oscuro me esperaba: la factura del gas. La muy perra iba a seguir llegando a mi casa con esos colorines que ponen ahora las empresas para que, mientras te dan por el culo, al menos las estrellitas sean en technicolor. Así que conforme se escapaba el verano me di cuenta que este año tendría que aclimatarme a la cruda realidad. De esta forma decidí encender la caldera tan sólo los días en los que ya no sintiera los deditos de los pies. Y así lo sigo haciendo. Sobrevivo a trece grados, salvo cuando viene alguna visita. Ese día es fiesta y hay que caldear el hogar.

Pues hete aquí que me debe de haber cambiado el termostato. No sé si el cuerpo es tan sabio como para ello, pero cada vez siento menos frío, necesito menos mantas en mi cama y, cuando voy por la calle y alguien dice eso de ¡qué frío hace!, yo siempre pienso para mi que no es para tanto. Algo ha debido de cambiar en mi interior porque, de verdad, lo de los trece grados ya no me suena a heroicidad ninguna. Vamos, que estoy tan ricamente… con dos jerséis y unos calcetines hasta la rodilla, pero tan ricamente.

No les puedo desvelar si la estrategia del pingüino ha sido efectiva porque aún no he recibido buenas nuevas de G.N., pero en cuanto tengan a bien comunicarme cuánto les debo por sobrevivir, se lo contaré.

Es impresionante cómo sobrevive el ser humano, ¿verdad? Ya sé que aquellos de los Andes, los que se tuvieron que comer a los muertos, saben más de eso que yo, pero déjenme con mis ilusiones. Y es que es fácil aclimatarnos y, además, ocurre en todos los ámbitos. ¿No se dan cuenta? Cada vez nos cuesta menos contentarnos con lo que nos dan. Unos, con un sueldo de mierda; otros, con unas condiciones laborales deprimentes… los de más allá con una rebaja del salario si no se quieren ir a la calle… Pero, oye, “por lo menos tienes trabajo”.

Ese es el primer paso para la esclavitud, y no se confundan, estamos muy cerca de llegar. Miro a mi alrededor y cada vez se trabaja más por menos, con menos gente, con más carga de trabajo, más presión y menos posibilidad de defenderse frente a los abusos de las empresas. En general, se nos vende la moto de que formamos parte de un mismo barco… pero debe de ser el de Ben-Hur… ya saben, unos cuantos remamos mientras los romanos se divierten en cubierta.

Pero no ocurre sólo en el ámbito laboral. Hemos tenido una buena ración de sobres, pagas en negro, cuentas en el extranjero, actividades empresariales viciadas por la relación con el poder, organizaciones no lucrativas que lucraban a todo dios, reyes cazando elefantes (que hay que ser muy desgraciado, o muy acomplejado, para matar a un elefante), conflictos laborales que iluminan la noche madrileña y que no han servido para nada, años y años de subvenciones europeas tiradas a la basura, convenios que no han servido más que para limpiarse el culo, trajes, corbatas, bolsos de lujo, viajes a Nueva York, gasolina por la patilla, aeropuertos sin vuelos, recortes en sanidad, en educación, el “Y tú más”, el puto cambio y la madre que les parió a todos.

 Pero nos hemos acostumbrado. Seguimos sentados en el sofá con los cojonazos bien colocados gritando a la televisión “sinvergüenzas”. La vergüenza es que sigamos aclimatándonos.

Anuncios

De aquellos polvos…

Se llama Sonia; es una joven separada, sin trabajo, sin prestaciones sociales y con un niño de cuatro años al que mantener en solitario después de que su padre se lavara las manos hace tiempo. Vive en un pueblo cerca de la capital. O vivía, mejor dicho, porque ha tenido que abandonar el que hasta ahora era su hogar para volver a casa con sus padres. No es más que otra víctima del feroz sistema implantado en la sociedad actual, otra persona más que ve cómo su castillo de ladrillos estaba, efectivamente, levantado en el aire.

 Ella ha sido finalmente desahuciada, a pesar de que el movimiento 15M logró aplazar el tiro de gracia una semana en el calendario. Y de nuevo se escuchan las voces que pretenden que la entrega del piso al banco sea el final de la deuda contraída con la entidad financiera. Hipotecas que se cierran en falso para que una persona pueda seguir adelante y quitarse de encima la losa de no saber qué va a pasar con su vida.

 La medida me parece justa, pero hay que analizar de dónde viene este problema. Todos conocemos la burbuja inmobiliaria: pisos que se construyen con facilidad pasmosa, horizontes de ciudades dominados por la grúa, precios inflados y, no nos engañemos, compradores ilusos. Hay que comenzar a asumir nuestra parte de culpa, de la misma manera que ya hemos asumido, en silencio o a gritos, que la crisis se cebará con nosotros queramos o no.

 Viendo el catálogo de ofertas inmobiliarias, alguien podría preguntarse si una familia necesita200 metros cuadradospara vivir, si un jardín es de vital importancia o si un tercer piso es irrenunciable. No nos engañemos, las entidades bancarias han tasado los pisos muy por encima de la realidad, inflando hipotecas casi eternas a las que ahora es complicado dar respuesta. Pero los compradores también han mordido la misma manzana; el pecado de quererlo más grande, más caro y mejor, nos ha llevado a esta situación, en la que los desahucios copan las primeras páginas de los periódicos y surten de imágenes lacrimógenas a los informativos. Me recuerda esta situación a quienes sabiendo su casa construida en el lecho de un río seco, lloran las inundaciones cuando Santa Bárbara truena. Pedimos a los bancos que no cometan los mismos errores, a las administraciones públicas que vigilen a aquéllos para que cumplan no sólo con lo legal sino también con lo lógico; pero alguien debería darnos un toque de atención a quienes alquilamos, compramos, vendemos o arrendamos una vivienda. No es de recibo pedir el dineral que se exige por una casa, pero tampoco lo es darlo sin pensar en las consecuencias.

El noble arte del rapiñeo

¿Cuánto aguanta un yogur caducado? ¿Hasta cuándo puedes seguir depilando ese trozo de queso que rapiñaste en casa de tus padres? ¿El pan de molde muere? Puede que a ustedes estas preguntas les suenen lejanas e incluso estúpidas… pero yo ya estoy en ese punto en el que experimentar con los límites de tu cuerpo es hasta divertido. Forman parte de una rutina que se ha instalado en la vida de muchos jóvenes que nos independizamos en época de vacas flacas y ahora, cuando las vacas mueren de inanición, nos vemos abocados a tirar de ingenio para sobrevivir.

Aún recuerdo con nostalgia aquellos desayunos mañaneros en el trabajo en los que un vaso de zumo aún no era el cáliz sagrado y la tostada “con doble ración de mantequilla” no sonaba a capricho frívolo y prescindible. Esos días murieron al mismo ritmo que mi cuenta corriente ha ido adelgazando en ingresos y aumentando en gastos. Ahora desayuno una infusión y no pienso en el hambre que tengo hasta las dos de la tarde. Y todo porque no cobro lo suficiente para hacer frente a las facturas esenciales, sin lujos, y eso te recorta hasta las ganas de echarte unas cañas con los amigos (si es que conservas alguno después de espantarles sistemáticamente con un ‘no tengo dinero’ cada vez que te proponen algún plan).

Porque… ¿quién necesita vida social cuando puedes encerrarte en casa cual leproso bíblico? Cada vez me parezco más a aquellas enfermas de Ben-Hur que sólo admitían la visita de extraños para poder recibir alimentos decentes. En mi caso al menos puedo acercarme a casa de  mis padres. “Ma” sigue empeñada en que vuelva, pero yo creo que con seguir cargando con al menos cinco kilos de comida en cada visita, puedo sobrevivir. Sin embargo, prefiero mil veces acudir al refugio materno cuando sé que no hay nadie; es entonces cuando pongo en práctica el noble oficio del rapiñeo, ese impulso que te lleva en ocasiones a robar hasta papel higiénico y cargar con aceitunas en un ‘tupper’ sin saber muy bien cuándo y en qué situación esas aceitunas te van a quitar el hambre. “No pienses en lo que te llevas, piensa en lo que no tendrás que comprar” Es una justificación como otra cualquiera, pero a mi me funciona.

Pero volvamos a esos truquillos para “ahorrar” o, por lo menos, para engañarte a ti misma hasta que llegue la próxima factura del gas y te entren ganas de suicidarte. Ay… el gas… ¿quién necesita calefacción? Me he pasado el invierno sobreviviendo a temperaturas que oscilaban entre los 11 y los 15 grados, enterrada bajo mantas incluso mientras comía y reduciendo el encendido de la caldera a una hora matinal, coincidiendo curiosamente con  la hora de la ducha, por lo de no morir congelada. Como les decía, he vivido envuelta en mantas, con bolsas de agua caliente a mis pies, con el pijama debajo del chándal para no perder demasiadas calorías y fregando con agua fría aún a riesgo de perder varias falanges en el intento. Todo un espectáculo con un colofón impagable: 170 euros de factura de Gas Natural. Sí, amigos. Mis esfuerzos se tradujeron en una diferencia de 20 euros respecto a la factura del mismo periodo del año pasado. 20 euros que podré invertir en una nueva manta. Todo son ventajas.

A punto estuve una vez de dejar de ducharme a diario para ahorrar agua. Afortunadamente para quienes me rodean, preferí atajar el consumo del líquido elemento de otras formas. Por ejemplo… ¿se han fijado en la cantidad de agua que se pierde desde que se abre el grifo de la ducha hasta que comienza a salir caliente? Yo sí. No, no he descubierto la pólvora, pero si lleno un cubo de agua cada vez que me voy a duchar, lo puedo invertir en otras cosas, como tirar de la cadena sin tirar de la cadena… ¡agua va! En esto del grifo no he hecho ningún avance más, pero si alguien tiene alguna sugerencia para seguir evitando que mi dinero se vaya por el desagüe, le escucho.

En cuanto a consumo alimenticio no esperen grandes artimañas para solucionar su economía; se trata más bien de disimular el hambre, probar marcas nuevas y a menudo impronunciables, y tener cerca una familia que te sigue dando de comer como cuando eras pequeña, sólo que ahora que trabajas y tienes tu propia casa, es bastante más vergonzoso. Podría seguir relatando anécdotas sobre cómo sobrevivo al día a día, pero mucho me temo que las que faltan por contar son aún más sonrojantes que las anteriores.

Sin embargo, permítanme una reflexión final. Escribo estas líneas horas después de que el presidente del Gobierno haya dado la espalda a los periodistas que le esperaban en el Senado, mostrando su cogote al resto de ciudadanos que le vemos huir en dirección contraria a nuestros problemas. Me río de mi mala suerte mientras recuerdo que la luz, el gas y todo lo que pueda subir, lo hará, poniendo a prueba de nuevo mi resistencia al frío y a la oscuridad. Redacto, sin brillantez quizás, las tonterías que hago cada día mientras pienso en quienes están peor que yo, los que ni siquiera tienen medio trabajo al que acudir, ni una subvención que les deje respirar mínimamente; aquellos que cargan con hijos y padres o los que han tenido que dejar su casa tras de sí, no huyendo de los problemas como aquél, sino afrontando un futuro incierto de la misma manera que lo hacen más de cinco millones de parados en España. Les hablo desde este blog mientras algún pez gordo sigue ganándose un sueldo millonario sin dar palo al agua, mientras arzobispos y curas de otra generación se visten de gala para llamarnos pecadores, y al mismo tiempo que los políticos que deberían estar pensando en soluciones se gritan desde sus escaños en el Parlamento.

Por favor, cuando salgan del blog, apaguen la luz, que corre.

Dinero bajo el colchón

Si usted ha nacido en alguna de las nueve provincias de Castilla y León, se habrá hartado de escuchar durante su vida lo sosos, secos, ásperos y duros que somos quienes hemos venido al mundo en estos lares. Puede sonar a reproche o a broma pesada, a observación precipitada o a juicio reposado, pero todo castellano y leonés ha aguantado alguna vez esa coletilla incómoda que nos mete a todos, sea cual sea nuestro carácter, en el mismo saco.

No creo que el comentario tenga tintes maliciosos en absoluto; es más, hasta hace poco, pensé que era un tópico más, como el de que los andaluces no dan palo al agua o que los gallegos son unos tristes de cuidado. Pensé que se quedaba en mera anécdota, hasta que una conversación con un amigo me hizo reflexionar sobre el tema. Todo vino hablando de negocios, de cómo se encuentra el país, la economía, la Bolsa, y todas esas cuestiones que a mi se me escapan y de las que me encantaría aprender más. Pues bien, mi compañero de reflexión apuntó un argumento sorprendente en un momento de la conversación; vino a relacionar la falta de iniciativa empresarial y de movimiento económico en nuestra comunidad con ese famoso carácter castellano que nos impregna. Intrigada por tal afirmación, pedí que ahondara en esa teoría que hasta ahora era desconocida para mi.

“Castilla siempre ha sido el granero de España, la materia prima del país, y sin embargo nunca os habéis aprovechado de ello”. Bien, parece cierto, si lo pensamos, que lo que hasta hace muy poco se conocía como Castilla la Vieja era parte fundamental del engranaje de un país que se sostenía gracias a la agricultura y la ganadería, un sector primario que constituía la única salida para millones de personas y que ponía en marcha la maquinaria del Estado.

“No invertís, no arriesgáis con el dinero, preferís tenerlo parado, sin producir beneficio, por temor a perderlo, y así no se consigue progresar”. ¿Sería cierta esta última observación de mi amigo? Nunca me había parado a pensar si en Castilla y León se invierte o se arriesga menos que en otras comunidades, pero… cierto es que aquí no hay un Zara ni un Mercadona que demuestre lo contrario. Las grandes industrias están de paso en la comunidad, somos el estadio previo a la marcha a otros países más baratos, una huída que comenzará pronto. Renault en Valladolid y Palencia, Nissan en Ávila… son algunos ejemplos de grandes multinacionales que vinieron a esta tierra de fuera, y que no se quedarán eternamente (buen ejemplo de ello es la vergonzosa actuación de LM en Ponferrada, huyendo de la comunidad después de zamparse las subvenciones del gobierno autonómico).

Es más. Pensando acerca de esta fama de “inoperantes del euro”, recordé la gestación de esa fallida integración de las cajas de ahorro de la comunidad. No sé si tuvo que ver con el carácter castellano, con la ingerencia de un gobierno que se precipitó a la hora de mover el sistema financiero de la comunidad, o de dirigentes que se preocupan más de su propio bolsillo que de hacer una operación beneficiosa para la autonomía (si es que las cajas de ahorro se tienen que ocupar de esos menesteres), pero la fusión de Caja España-Duero con Unicaja bien podría tomarse como paradigma del castellano y leonés, que debe abandonar la comunidad para que la cosa funcione.

Con un análisis tan precipitado, y con estos pocos datos, no se puede afirmar que en Castilla y León seamos excesivamente conservadores en el plano económico, pero al menos da qué pensar que desde fuera se tenga ese concepto de nosotros.

No somo héroes, somos unos pringados

“Hola, soy Beatriz, periodista. Nací en Valladolid, pero ahora vivo en Chiquitistán, feliz de la vida, con un sueldo mejor, una casa enorme y tiempo libre para vivir”. No es cierto, pero… ¿no me digan que no estaría genial comenzar así uno de esos reportajes de paisanos por el mundo que proliferan ahora en la televisión? Soy de las que miran esos programas con una mezcla de envidia, asombro y pena. Envidia porque yo no tengo la determinación de coger las maletas e irme de un país que, lejos de ponerme las cosas más fáciles, se empeña en echarme a patadas a otros lugares. Asombro, porque no puedo creer los derechos, subvenciones, ayudas y condiciones que existen en otros países con el fin de que sus ciudadanos vivan, con todas las letras. Y pena. Mucha pena, porque la materia prima del país, la savia que debería hacer crecer a España, se está yendo a producir, consumir y vivir a otros países.

 

Y no son sensaciones mías. Aunque podría tirar de lista telefónica y comprobar cómo muchos de mis compañeros de clase (casi treintañeros todos) han elegido otros países para vivir. Japón, Italia, Reino Unido… son los destinos escogidos por quienes una vez soñaron ejercer su profesión en su país y, si pudiera ser, en su comunidad (a nuestra generación aún le quedaba algo de ingenuidad en la recámara, qué quieren que les diga).

 

Como les decía, las cifras son incontestables. Un rápido vistazo a los medios de comunicación de la comunidad y una se encuentra con que “Castilla y León perdió en el periodo analizado por el INE [abril de 2010- abril de 2011], 7.440 jóvenes menores de 25 años”; o que “En 2008, la comunidad perdió 4.351 autóctonos entre 16 y 34 años, casi doce diarios” (y no creo que desde 2008 el asunto haya cambiado mucho…).

 

Pero, ¿por qué nos vamos de España? ¿por qué abandonamos Castilla y León? Dejando a un lado las mentes inquietas, los espíritus aventureros y los emigrantes por amor, nos queda un buen puñado de jóvenes que tiene que salir fuera de sus casas para ganarse el pan. Y pagar impuestos fuera de la autonomía. Y generar riqueza en otras comunidades. Y revertir lo que la educación les ha dado en Castilla y León en otros lares.

 

Así, de entrada, se me ocurre que buscar un trabajo digno es una buena razón. Un puesto en el que trabajar ocho horas sea lo normal; donde tus derechos se respeten, se valoren tus esfuerzos, y no tengas la sensación de estar viviendo en la oficina. Otro buen motivo pueden ser los salarios. Cobrar lo suficiente para vivir. Sin ostentaciones, no pedimos demasiado… con que tomar una caña con los amigos no se convierta en actividad de riesgo, es suficiente. ¿Y una vivienda decente? No estaría mal. Con un precio que se ajuste a su valor real o un alquiler que no te haga adoptar la dieta del panchito y el agua del grifo (los alquileres de VPO a 700 euros existen aquí mismo, en Valladolid, donde debe de haber jóvenes de 30 años que saben fabricar billetes de 50 con soltura admirable).

 

No creo que sea pedir demasiado. Para otro día dejamos lo de que las administraciones paguen a tiempo, que la sanidad siga siendo gratuita, que la educación pública no pague los platos rotos de los ajustes, que los bancos dejen de reírse de nosotros o que los políticos saquen la cabeza de la madriguera para escuchar a los ciudadanos.

 

¿Y aún se preguntan por qué nos vamos? No se engañen, los que nos quedamos no somos héroes, somos unos pringados.