¿Y si la explotación es el sistema?

3162451_slave-on-a-cotton“Empezaron repartiendo gaseosa y mira dónde han llegado…” La frase me la espetó un compañero hace unos días a las puertas de un gran negocio vallisoletano. La ventaja -y el inconveniente- de vivir en una ciudad como esta es que siempre hay alguien que te conoce, que sabe de dónde vienes, que conoce tus orígenes. La afirmación es, a priori, positiva; refleja el esfuerzo, el tesón y el empeño de una familia por superar las adversidades y conquistar poco a poco su parcela dentro del negocio en cuestión. Suena a esa manida frase del “sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo, el botones que comienza sirviendo en un motel de mala muerte y acaba haciéndose con un emporio hotelero de renombre en todo el mundo. Todos, cuando comenzamos nuestra andadura laboral, soñamos con mirar atrás algún día y ver cómo los sinsabores, los malos ratos, las caídas y recaídas, han servido para erigirnos como el gran profesional que proyectamos ser. Un respetable maestro, un gran chef, un repostero de prestigio o un periodista de referencia. Elevamos la mirada y estiramos el cuello orgullosos de lo conquistado al desaliento.

Para lo que no estaba preparada fue para el remate de la primera reflexión: “Y lo han hecho explotando a la gente”. Nos quejamos los jóvenes, y no tan jóvenes, de las trabas que se nos ponen en el mercado laboral. Si ya de por sí es un milagro meter la cabeza, que no te la corten es todo un hito. Nos batimos el cobre dando lo mejor de nosotros mismos y maldiciendo a los que ponen palos en las ruedas, los que disfrutan puteando al personal, los que nos “explotan”. Y nos creemos que esto viene de ahora, que es patrimonio del siglo XXI, de la reforma laboral de Rajoy -que se lo ha puesto, eso sí, más fácil al negrero-. En fin, que nadie sufre lo que nosotros sufrimos.

Pero… ¿y si la explotación fuera el sistema? Son demasiados los ejemplos a nuestro alrededor que demuestran que las grandes empresas, de la índole que sean, se levantan sobre los hombros magullados de los trabajadores, que resisten estoicamente y sin remedio unas condiciones laborales cada vez más injustas. ¿Pero alguna vez fue de otro modo? Si el modelo que vendemos como éxito no es más que el resultado del aguante y el rechinar de dientes de los trabajadores, ¿no será este un chiringuito de débiles pilares? ¿Cuándo dejamos de luchar por nuestros derechos? ¿Alguna vez lo hicimos? La respuesta a muchas de estas incógnitas es complicada, pero no puedo dejar de pensar si, por ejemplo, en las empresas, los bares, los restaurantes, los negocios… en fin, en cualquier lugar donde exista una relación laboral vertical, se comenzaran a pagar sueldos dignos y a respetar los derechos de los trabajadores… ¿resistiría el sistema? No hay que irse a Galicia y su multimillonario capo de la moda para descubrir auténticas riquezas sostenidas por míseras condiciones y míseras conciencias -sí, también las nuestras-.

No me gustaría que esta reflexión se cerrara dando por sentado que todo empresario viste de Prada. Por favor, si hay alguien en la sala que conozca a un magnate honrado, que lo diga.

Urracas con traje

¿Se han fijado alguna vez en las urracas? Sí, hombre… son esos pájaros gritones y molestos que se están adueñando de nuestras ciudades. Ocupan, cada vez de forma más preocupante, el lugar de aquellos gorrioncillos pequeños, rechonchos, simpáticos… que a lo más que se atrevían era a acercarse a diez metros cuando les tirabas una miga, un triste resto del bocata de la merienda. Pero el pájaro grande “se comió” al chico. Ahora lo que se lleva es ese gran pajarote negro y blanco, de mirada siniestra y casi amenazante… nos invaden las urracas.

Pero, ¿se han parado a observar a este curioso animal? Suelen ser pájaros solitarios… una pareja a lo sumo, como si desconfiaran entre ellos. Acechan en lo alto de los árboles y se precipitan con total descaro sobre su presa. Su plumaje puede dar lugar a error: blanco y negro, como los trajes, como esa vestimenta de etiqueta que se exige en los actos de alto postín. Negro el cuerpo y blanco el pecho, así como descubierto.

Intentan andar guardando la calma, con aparente elegancia, un paso detrás de otro… ni siquiera son graciosos como los gorriones, con esos saltitos tan garbosos. No. Lo suyo son las zancadas, una detrás de otra, mientras su ojo negro y brillante no se aparta de ti.

No se engañen. En el fondo son aves de rapiña, pájaros que esperan a devorar lo que se acumula en las cunetas. No tienen arrestos suficientes para matar ellos mismos. No. Aguardan a que alguien les haga el trabajo sucio.

Aquel traje al que se asemejan las plumas de las urracas recuerda a muchos otros que llenan los medios de comunicación estos días. Al igual que ese despreciable y molesto pájaro, nos observan en la lejanía, graznando de vez en cuando, clamando nuevas medidas de ahorro. De verdad… ¿no es de urraca exigir a los trabajadores indefinidos renunciar a parte de sus “privilegios”? Mismo traje, misma mirada, misma costumbre: que los maten, que los maten otros… que yo recogeré su cadáver. Pero su ambición no acaba ahí; los graznidos vuelven a molestar, la urraca pide desde lo alto de su inalcanzable árbol, ese que le da la oportunidad de ver más que los demás y estar más seguro que el resto, que los trabajadores indefinidos “hagan ese esfuerzo por los desempleados”. Claro. Han de ser los medios jodidos los que echen una mano a los cadáveres que vienen. Nada de bajar un par de ramas, ni hablar de descender de las alturas… Así, con aparente elegancia, un paso detrás de otro, nos lanzan en una lucha fratricida de la que pretenden sacar rédito, alimentarse de la carroña que quede en la cuneta.

Rebajar sueldos, flexibilizar el mercado de trabajo, “quitarnos privilegios”somos ese conejo que cruza la autovía y queda aplastado contra el asfalto… somos el alimento muerto y putrefacto de la urraca.