No somo héroes, somos unos pringados

“Hola, soy Beatriz, periodista. Nací en Valladolid, pero ahora vivo en Chiquitistán, feliz de la vida, con un sueldo mejor, una casa enorme y tiempo libre para vivir”. No es cierto, pero… ¿no me digan que no estaría genial comenzar así uno de esos reportajes de paisanos por el mundo que proliferan ahora en la televisión? Soy de las que miran esos programas con una mezcla de envidia, asombro y pena. Envidia porque yo no tengo la determinación de coger las maletas e irme de un país que, lejos de ponerme las cosas más fáciles, se empeña en echarme a patadas a otros lugares. Asombro, porque no puedo creer los derechos, subvenciones, ayudas y condiciones que existen en otros países con el fin de que sus ciudadanos vivan, con todas las letras. Y pena. Mucha pena, porque la materia prima del país, la savia que debería hacer crecer a España, se está yendo a producir, consumir y vivir a otros países.

 

Y no son sensaciones mías. Aunque podría tirar de lista telefónica y comprobar cómo muchos de mis compañeros de clase (casi treintañeros todos) han elegido otros países para vivir. Japón, Italia, Reino Unido… son los destinos escogidos por quienes una vez soñaron ejercer su profesión en su país y, si pudiera ser, en su comunidad (a nuestra generación aún le quedaba algo de ingenuidad en la recámara, qué quieren que les diga).

 

Como les decía, las cifras son incontestables. Un rápido vistazo a los medios de comunicación de la comunidad y una se encuentra con que “Castilla y León perdió en el periodo analizado por el INE [abril de 2010- abril de 2011], 7.440 jóvenes menores de 25 años”; o que “En 2008, la comunidad perdió 4.351 autóctonos entre 16 y 34 años, casi doce diarios” (y no creo que desde 2008 el asunto haya cambiado mucho…).

 

Pero, ¿por qué nos vamos de España? ¿por qué abandonamos Castilla y León? Dejando a un lado las mentes inquietas, los espíritus aventureros y los emigrantes por amor, nos queda un buen puñado de jóvenes que tiene que salir fuera de sus casas para ganarse el pan. Y pagar impuestos fuera de la autonomía. Y generar riqueza en otras comunidades. Y revertir lo que la educación les ha dado en Castilla y León en otros lares.

 

Así, de entrada, se me ocurre que buscar un trabajo digno es una buena razón. Un puesto en el que trabajar ocho horas sea lo normal; donde tus derechos se respeten, se valoren tus esfuerzos, y no tengas la sensación de estar viviendo en la oficina. Otro buen motivo pueden ser los salarios. Cobrar lo suficiente para vivir. Sin ostentaciones, no pedimos demasiado… con que tomar una caña con los amigos no se convierta en actividad de riesgo, es suficiente. ¿Y una vivienda decente? No estaría mal. Con un precio que se ajuste a su valor real o un alquiler que no te haga adoptar la dieta del panchito y el agua del grifo (los alquileres de VPO a 700 euros existen aquí mismo, en Valladolid, donde debe de haber jóvenes de 30 años que saben fabricar billetes de 50 con soltura admirable).

 

No creo que sea pedir demasiado. Para otro día dejamos lo de que las administraciones paguen a tiempo, que la sanidad siga siendo gratuita, que la educación pública no pague los platos rotos de los ajustes, que los bancos dejen de reírse de nosotros o que los políticos saquen la cabeza de la madriguera para escuchar a los ciudadanos.

 

¿Y aún se preguntan por qué nos vamos? No se engañen, los que nos quedamos no somos héroes, somos unos pringados.

 

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