Fauna Periodística IV. El periodista ‘de provincias’

Desde siempre he oído afirmar a los grandes de la comunicación, a los periodistas que, contra natura, ocupan titulares y protagonizan entrevistas, que lo verdaderamente complicado en este mundo es ser “periodista de provincias”. Al principio pensaba que era una pose, una buena forma de aparentar que se está del lado de los “más débiles” de la profesión pero sin perder ese aura de estrella que rodea a quienes hace tiempo que superaron esa definición. Pero la experiencia me ha demostrado que, a pesar de lo pedante de la expresión y de lo cercano que está a la falta de respeto eso de “de provincias”, aquella afirmación es verdadera.

Piénsenlo. Cierto es que trabajar en grandes urbes y escribir sobre temas nacionales o personajes de alcance mundial, valorar y criticar las grandes políticas de los gobiernos o poner en duda cada paso de tal o cual político, tiene su peligro. Contraprestaciones del trabajar en un medio fuerte y con respaldo. Pero reflexionen sobre lo que es escribir de un alcalde, un concejal o un presidente de comunidad autónoma a quien tienes que ver casi cada día, que sabe quién eres, que controla el medio en el que trabajas, que –en muchos casos- tiene tu nombre en la agenda telefónica. Cualquier crítica sobre su gestión, cualquier enfoque que no ensalce su quehacer, cualquier detalle que deje entrever que no lo tiene todo ganado con el medio en cuestión, puede desatar un auténtico vendaval en redacción.

Hay llamadas, presiones, miradas y “consejos” que llegan convenientemente a oídos del periodista, que debe decidir entre su profesionalidad o jugarse el trabajo. Evidentemente, esto no ocurre cada día, pero sí con la frecuencia necesaria como para reconocer la labor del periodista local, ese que escruta la realidad de su ciudad o su comunidad autónoma con el ánimo de explicar a la gente qué ocurre, cuánto cuesta lo que pasa, quién ha metido la pata o qué proyecto se demora más de lo necesario. Informaciones de andar por casa que muchos no cambiarían por una suculenta exclusiva mundial, pero que algunos, pocos, prefieren por ser la que realmente importa a la gente, la que de verdad condiciona la vida de sus conciudadanos.

Son otro tipo de periodistas, los que ocupan los últimos rincones de la redacción, quienes más tarde abandonan su puesto de trabajo, aquellos que persiguen la verdad y no un titular conveniente o llamativo. Periodistas que se las tienen que ver con jefes que menosprecian su trabajo por tratarse de temas comunes y corrientes, de presupuestos humildes, de problemas que en comparación con las grandes guerras y las detenciones internacionales, se quedan en nada. Profesionales que deben ver la cara en una rueda de prensa a un político el mismo día que le han metido el dedo en el ojo en su informativo o su página. Son “periodistas de provincia”, a mucha honra.

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