Fauna Periodística XXX: Los desterrados hijos del periodismo

derechoDicen que a los periodistas no nos gusta hablar de nosotros mismos… y eso es una verdad a medias. Es cierto que rehusamos a menudo dar noticias que surgen en nuestro propio gremio, nos excusamos al hablar de nosotros mismos como si no sufriéramos EREs, despidos, malas condiciones laborales y abusos. Somos así de bobos. Sin embargo, si ustedes han compartido momentos de asueto con alguno de nosotros, y sobre todo si en la reunión hay más de uno, el trabajo se convierte en tema ineludible. Aburrimos a las ovejas hablando de anécdotas, quejándonos de nuestras cuitas y dando buena cuenta de cómo nos porculan casi a diario.

En medio de esa amplia variedad de temas, ese abanico de quejas, retahílas y reivindicaciones, nos olvidamos de parte de la problemática que, o mucho me equivoco, o pronto nos dará una patada en nuestra conciencia de plumillas. Nos ocupamos y preocupamos por los compañeros que lo pasan mal, por los que tienen trabajo y parece que no lo tienen mirando la cuenta a final de mes; por los que lo tuvieron y ahora han de buscar un hueco en otra redacción; por aquellos que ya no ejercen la profesión que eligieron y deben conformarse con otro cometido, con mayor o menor suerte… ¿Pero qué pasa con quienes siquiera han llegado a ejercer la profesión?

Cada año salen de las facultades casi 3,000 nuevos periodistas y muchos de ellos ni siquiera pisarán una redacción en su vida. Estamos dejando de lado a todos aquellos que nunca podrán trabajar en el periodismo porque han sido expulsados de los medios antes de tiempo. No estamos reparando en esa parte de la profesión, todo ese talento que estamos dejando irse por el desagüe de los nuevos modelos mediáticos, ese juego de trileros que en la mayoría de los casos significa hacer de todo por la mitad de precio.

¿Qué hacer para evitar esa sangría? En la Arcadia la respuesta sería obvia: dignificar de nuevo las redacciones, liberar del yugo a los redactores que han de hacer el trabajo que antes llevaban a cabo tres periodistas, y prepararnos para las nuevas hornadas, que llegan talentosas, inquietas y desafiantes. En el mundo real, la solución varía ostensiblemente. Es polémico y va contra ese orgullo que uno siente, apuntalado por Gabo cuando dijo que este era “el mejor oficio del mundo”, pero ¿y si comenzamos a hacer campaña por el NO? Aborrezco la idea de decirle a alguien que no estudie periodismo… y sin embargo, reconozcámoslo, es lo primero que nos viene a la mente cuando algún inocente nos comunica la feliz idea de encaminar sus estudios por esta tortuosa senda. Hacer campaña por el NO a estudiar periodismo es incómodo, impopular, polémico y mezquino, si me apuran… pero todos los periodistas somos fieles defensores del trasfondo, que no es otro que evitar a los demás -si son seres queridos, más aún- las penas y los sufrimientos que nos ha traído esta jodida profesión. Es la mejor, sí… pero la querríamos igual si fuera un poco menos puñetera.

Tu hija y yo

femeninoParece mentira que después de tanto tiempo sin escribir me anime a hacerlo con un tema tan complicado como el machismo y la utilización de la mujer en los medios de comunicación. Ahí es nada. Será que me va la marcha.

El cabreo viene, esta vez, compartido por muchas mujeres -compañeras o no-, hartas de que nuestro trabajo en un medio, sobre todo si es la televisión, venga definido por tu aspecto físico. “Pero en la tele es normal que salgan las chicas más guapas, ¿no?” Aunque con mi sola presencia delante de una cámara eso queda desmentido, ahondemos en ese curioso argumento que me espetó una vez un chico ajeno al mundillo mediático. Durante la carrera se nos habló en varias ocasiones de la ‘telegenia‘, es decir, esa cualidad que hace que ‘des bien en cámara’. Una y otra vez nos insistían en que no siempre ese aspecto debía coincidir con ser más o menos guapo, y ponían el ejemplo de cierto presentador de informativos que no nombraré aquí.

Efectivamente, para estar delante de una cámara no hace falta ser guapo o tener un cuerpo de escándalo, por mucho que ciertas cadenas nacionales se empeñen en hacer de sus platós una pasarela de modelos. La capacidad de conectar con el espectador, hacerle cómplice de lo que le estás contando, conseguir que se quede contigo y atienda tus explicaciones o lo que sea que estés contando, se consigue con muchas más cosas que una cara bonita.

Eso no quita para que haya que atender ciertas normas lógicas que pasan por salir maquillado, peinado y vestido para la ocasión. Si muchos de esos bellezones se pusieran delante de la cámara sin haber pasado por chapa y pintura, la historia cambiaría sustancialmente.

Pero todas estas consideraciones previas ¿dan derecho a un compañero -superior o no- a presentar a una periodista a un invitado diciendo “mira qué chica más guapa tenemos en la tele?” ¿Por qué han de aguantar las mujeres que se valore su trabajo atendiendo a la talla de sujetador, su esbelta figura o la largura de sus piernas? Ese es el primer paso para cosificar a una persona, resaltar sus cualidades físicas por encima de las intelectuales en un contexto en el que deberían primar las segundas. ¿Se imaginan a alguien presentando a cualquier periodista como “este es nuestro cachas de la tele”? La situación es lo suficientemente burda y absurda como para que nos saque la sonrisa. ¿Por qué ha de ser diferente para las mujeres?

Esta es una situación bastante más habitual de lo que puedan imaginar; aún tenemos que aguantar que nuestro trato sea diferente conforme a nuestro aspecto físico. Por no hablar de los comentarios. Una no es una remilgada, precisamente, y está dispuesta a hacer bromas sobre cualquier cosa, pero cuando la cosa se pone ofensiva -por insistencia, nivel de burrada o contexto en el que se produzca- el asunto cambia y deriva a un terreno en el que tienes que recordar al otro las normas más básicas del decoro, aunque sea con una mirada asesina.

Y esto es sólo cuando estamos delante. Ni se imaginan los términos a los que llega el asunto cuando nos damos la vuelta y dejamos a un grupito de machitos cacareando -porque las cotillas sólo somos las tías, claro…-. Yo también puedo comentar lo bueno que está un compañero o alguien que haya pasado por allí, luego entonces… ¿dónde está el límite? Tengo un sistema que no falla, que suele poner bastante nervioso a cualquier hombre al que se lo planteo y que, por lo general, les hace ver las cosas desde otro punto de vista: “El límite está en tu hija. ¿Qué harías si pillaras a alguien hablando así de tu propia hija?”… y se les retuerce la cara.

Veredicto: culpables

Clara Saavedra da voz en las siguientes líneas a lo que la gran mayoría de los profesionales de esta ciudad sintió, pensó y, en ocasiones, denunció tras la agresión sufrida por ella y otros compañeros de la prensa en medio de una protesta ciudadana. Se adelanta a todos nosotros para reclamar respeto a una profesión en la que todo el mundo vuelca sus iras pero que muy pocos están dispuestos a escuchar, conocer y entender. Pagamos en nuestras carnes los pecados de otros, somos nosotros los que recibimos la pintura. Esta es una denuncia necesaria, un desahogo que comparte toda la profesión y que tengo la suerte de presentar en el blog. 

“Señoría, soy inocente”. Es una frase que se ha usado demasiado en el cine, pero que a día de hoy podríamos gritar en nuestra profesión. El trabajo del periodista está sometido a diario a mil juicios, algo lógico teniendo en cuenta que nuestra labor es precisamente contar lo que pasa al mundo. Pero llega un momento que en ese juicio ha desaparecido nuestra presunción de inocencia. Se habla de que a todos los políticos se les mete en el mismo saco, que todos los partidos son iguales y, por si esto fuera poco, ahora los periodistas también somos clones.

Somos “esclavos del sistema” y “mentirosos”, o eso he tenido que escuchar esta semana. Y lo somos todos. Da igual la labor del día a día, que trabajemos en radio, en agencias, en un periódico, en la tele… Da igual, señores, somos “escoria”.

No importa que te pases horas intentando cerrar un programa en el que tengan cabida todas las voces. No importan las horas (sin cobrarlas) que dediques a un artículo o reportaje. Para muchos, somos culpables. ¿Y de qué? se preguntarán. Pues eso mismo me llevo planteando yo toda esta semana en la que a los medios de Valladolid se nos ha acusado de censurar y manipular lo ocurrido el pasado domingo día 2 a las puertas de la Parrilla de San Lorenzo. Comentarios que han llegado de todos “los bandos”.

Se habla de censura. Todavía estoy esperando que alguien me demuestre qué parte no ha tenido su voz en los medios locales. Otra cosa es que empecemos a llamar censura y manipulación a todo aquello que incomoda. Nuestra labor es contar lo que pasó, y en este caso, al existir varias versiones de lo ocurrido, dar voz a todos. Y si esas versiones no gustan, señores, no maten al mensajero.

No estoy negando la existencia de manipulación en los medios, pero no admito esa acusación, venga de donde venga, en este caso, y mucho menos hacia mi trabajo.

Estamos en un momento en el que se está creando esa visión de la prensa. Se nos pinta como soldaditos a sueldo de causas ajenas, manipuladores de información y lameculos del poder. Todos al mismo saco. No importa que no te hayan escuchado en la vida, que no te hayan visto en la tele, que no hayan leído ni un renglón tuyo. Llevas un micro, o una grabadora. Llevas la marca. Sólo por eso me he merecido volver de una manifestación hasta arriba de pintura y con un par de insultos en mi haber. Fue algún energúmeno, sí, pero alentado por todos aquellos que dejamos que sigan poniendo en duda nuestra profesionalidad. La de todos aquellos que estamos en la calle día a día, que damos voz a colectivos que no tendrían otra forma de darse a conocer, que nos “comemos” ruedas de prensa infumables, que cobramos una mierda, que intentamos hacer nuestro trabajo con conciencia, porque creemos que el periodismo, el de verdad, es la base de la democracia. No todos somos unos manipuladores, igual que ustedes no son todos unos corruptos o unos energúmenos.

Pero de esto, compañeros, también tenemos culpa nosotros. No podemos disfrazar de periodismo libre ciertos artículos más propios de un panfleto sindical que de un medio de comunicación que se ha colgado la medalla de ser independiente, y que ni siquiera ha llamado a todas las partes afectadas por la información. ¿Eso es periodismo? Yo en algún momento me he perdido…

Afortunadamente, pongo la mano en el fuego por muchos de mis compañeros, y puedo decir que en Valladolid hay muy buenos profesionales, aunque esta semana muchos se hayan dedicado a juzgarnos sin pruebas.

Su veredicto era claro: culpables. Pero no, no lo somos.

El cuarto poder

Probablemente este sea un artículo más dentro de la invasión de análisis que se vive estos días sobre mi profesión, el periodismo. Probablemente mi opinión –que no es ni mejor ni peor que la del resto- no aporte nada nuevo. Probablemente, muchos de ustedes estén hartos de leer lo asquerosamente mal que se está poniendo el panorama mediático… pero déjenme que me mire el ombligo, que haga un repaso por las sombras del periodismo. Permítanme, en definitiva, que me desahogue sobre este papel en blanco que es, al fin y al cabo, lo que creo que se me da mejor.

No hay día en que no se publiquen despidos, reajustes de plantilla o expedientes de regulación de empleo en multitud de sectores. La prensa nos informa puntualmente de todas esas noticias que las englobamos, evidentemente, dentro de lo malo de la actualidad, ese saco de noticias que nos gustaría hacer desaparecer. Y aunque no lo puedan leer, porque su publicación depende de múltiples factores políticos, económicos y empresariales, también se están llevando a cabo operaciones similares en las redacciones de todos los medios de comunicación del país, ya sean periódicos locales, televisiones nacionales o radios autonómicas. Todos, los grandes y los pequeños, pendemos de un hilo en estos momentos.

Pero vistos los datos del paro, los EREs, los concursos de acreedores y los cierres de empresas, factorías y negocios, muchos de ustedes pueden pensar: ¿Qué más da un periodista más que menos? Confieso que alguna vez lo he pensado incluso yo. Nuestro cometido es tan volátil, el de contar lo que ocurre, que nadie lo calificaría de primera necesidad. A quien le falta dinero para pagar una hipoteca, algo con lo que alimentar a su familia, o quien se ve privado de la luz o el gas por las deudas acumuladas dudo que le interese lo más mínimo la profesionalidad o no del periodista que le cuenta la actualidad. Y es lo más lógico.

Sin embargo, ser periodista, bueno, ser un buen periodista, implica algo más que rellenar páginas de periódicos o minutos radiofónicos y televisivos. Somos el filtro por el que pasa toda la información que ustedes pueden obtener. Hasta la noticia más simple del barrio de su ciudad debe canalizarse a través de nosotros; somos quienes dan forma a los sucesos, los que les explican qué se dice en el Pleno de su ciudad o comunidad, los encargados de hacer de una farragosa sentencia judicial un texto fácil de comprender. Los periodistas somos, al fin y al cabo, sus ojos más allá de las cuatro paredes de su casa. ¿Se imaginan el poder que supone dar forma a la actualidad? Piensen por un momento en un periodista con intereses ocultos, alguien a quien le conviene que tal o cual información llegue de una manera determinada, alejada de la realidad, a sus manos. ¿No se sentirían engañados? Pues calculen si esa noticia supone un beneficio económico, si dar a conocer algo o deformar la realidad de determinada manera pudiera llenar o vaciar los bolsillos de alguien. O, simplemente, piensen si les gustaría vivir engañados contínuamente. Por algo se bautizó al periodismo como ‘el cuarto poder’. No hablo de puntos de vista o ideologías; esos matices existen y, en la medida en que no modifican una información, sino que la enriquecen, son harto necesarios. Me refiero a manipulación pura y dura. Y ese es el camino que está tomando el periodismo.

Menos profesionales significa menos calidad, más trabajo para los pocos que quedamos. Menos periodistas en las redacciones se traduce en más presión, menor calidad en el trabajo -y en la vida- del redactor, el fotógrafo, el cámara o el técnico que debe hacer frente con su tarea a lo que antes desempeñaban dos o tres compañeros.

Y lo peor del caso es que nosotros poco o nada podemos hacer. No tenemos capacidad de maniobra, estamos maniatados por una profesión que, desgraciadamente, engancha. Y no importa lo mal que lo pases, las penurias económicas o los sinsabores del día a día. Te quedas. Pero quienes sí pueden decir algo son ustedes, quienes sintonizan una determinada frecuencia radiofónica, los que se gastan el dinero cada mañana en un periódico o quienes deciden no cambiar de cadena de televisión. Ustedes deben decidir si lo que quieren es una información sesgada realizada por profesionales cercanos al colapso profesional y personal, o si prefieren unos contenidos con un mínimo de calidad. Ustedes, quienes están fuera de las redacciones, son lo que tienen la clave de la salvación del periodismo.

Fauna periodística II. El jefe de prensa (incompetente)

Traje oscuro y corbata para ellos, tacón y maquillaje a raudales para ellas. Exudan simpatía y buenas maneras al primer contacto; apretones fuertes de manos, besos sordos al aire y un interés exagerado en tu quehacer diario. Te preguntan a qué medio perteneces antes de darte la nota correspondiente; en el caso de los más eficientes, fichan tu cara para el futuro, aunque lo normal es tener que repetir tus credenciales cada vez que se cruzan contigo en la sala de prensa. Ya lo tienen todo hecho y ese es un esfuerzo que no quieren desempeñar. Es el jefe de prensa (incompetente).

Estudiaron periodismo, y puede que en algún tiempo fueran buenos profesionales, pero pronto se cansaron de nóminas casi transparentes. Tentados por las cifras plurales a final de mes, claudicaron el día que uno de los peces gordos a quienes seguían –y generalmente trataban bien en sus crónicas- les llamaron para tenerles aún más cerca. El calor de un jefe de prensa sólo se puede comparar a la estufa perenne del político de turno.

Pasean su palmito por mausoleos oficiales, edificios aptos para acomplejados, que utizan el frío marmol como esterilla prêt-à-porter. Hacen resonar sus zapatos nuevos en el suelo de los pasillos a los que los periodistas-currantes llegan apurados por tener ese mismo día otras cuatro citas con similares protagonistas. Pero no hay prisa. Lo importante es que los trajes no se arruguen y salgan mal en la foto. En los papeles no hay alopecia, miopía o falta de sueño. Por eso, hacer esperar a “los chicos de la prensa” es una mal disculpado… sobre todo por aquellos que algún día esperaron libreta en mano a que un traje bien colocado les soltara su discurso.

Son poco eficientes; su frase favorita es “lo intentaré, pero no te prometo nada”. Los datos y expedientes se ocultan, hasta que no hay más remedio que enseñarlos. Aunque entonces, las agendas se abren por la “A” de amigos, siendo el afortunado ganador del sorteo el medio habitual de cabecera. No toleran una mala crítica, no digieren la verdad. No ven lo que en su día ellos mismos reprochaban, y no quieren ver lo que ahora hay para criticar.

Dan mala fama a una pequeña (muy pequeña) parte del periodismo; a esos jefes de prensa que sí atienden, que sí trabajan… A esos que aún tienen fresco en la memoria que algún día fueron plumillas; a esos que recuerdan locomplicado que era trabajar sin coche ni móvil oficial.