Fauna Periodística XXXIV: Los hombres que no amaban al periodismo

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Pray for journalism

Los habituales de este blog -los que tenéís la santa paciencia de seguir ahí- sabéis, o habéis notado, que cada vez me cuesta más escribir. Entre las razones está la procrastinación, una miaja de vagancia y un poco de pereza. Porque aún hay mucha fauna periodística por retratar, sí, pero cada vez es más costoso sentarse a describir a la caterva de especímenes que hacen de esta profesión algo tan feo. No me falta la inspiración, eso cierto, que de desgraciados está esto lleno, pero entre que lo compenso con grandes compañeros y que casi no tengo tiempo de desvelarme por aquéllos, la cosa queda muchas veces en ligeros apuntes mentales.

Sin embargo, había un tipo de periodista que cada vez iba cogiendo más forma en mi mente. Tenía claro hasta el título que le iba a dar, que es el que encabeza este Fauna. Pero de pronto me pregunté si no estaba escribiendo siempre sobre la misma persona, sobre el mismo arquetipo de periodista una y otra vez. Porque al final todos esos odiosos que nos rodean tienen un pedazo de cada uno de los Faunas que ya se han escrito. Siempre recordaré aquél primer capítulo, las periopijas, que con tanta rabia escribí. Aquella primera semblanza llevaba esencia femenina, pero no es exclusivo de las mujeres hacer valer cualidades externas a lo periodístico para ascender en la profesión. Lo que sí que hay es mucho bobo babeante que se deja embaucar por asuntos poco profesionales. Pero decidme si no es igual eso que blandir un árbol genealógico o una amistad para conseguir algo.

Tiene también mucho de pasillero ese periodista que con nada llegó a lo más alto y descubre de pronto que habrá de mantenerse ahí. Son entrañables porque se creen que te engañan, los animalicos. Y hombre, alguna vez te la clavan , no os voy a decir que no, pero una aprende a identificarles fácilmente. Excesivamente simpáticos, excesivamente cercanos… hay pasilleros de los que conozco intimidades no ya suyas sino de sus padres, por ejemplo. Toda una incomodidad de conversaciones en las que intentan arrancarte confesiones o cotilleos, palabras malsonantes sobre todo, con las que ir haciendo acopio para el día que tengan que señalarte.

En una segunda fase, cuando ya tienen sus posaderas bien a salvo, suelen tornar en ilustrados. Gente que sabe de todo y que además, gusta de demostrarlo. No aceptan una idea contraria, no digamos ya la más ligera crítica. El periodismo lo inventaron ellos y nadie les va a dar lecciones, son como el Alfa y la Omega de la profesión. Eso sí, no tienen ni puñetera idea de lo que significan palabras como ética o moral… suelen sustituirlas por otras como ventas o audiencia. Pero oye, están bien vistos. Muy bien vistos, de hecho, porque son también muy temidos. Suelen tener por los huevos a los de arriba y los de abajo, y no dudan en apretar si la ocasión lo requiere. Son los periodistas de los bajos instintos, también muy fáciles de identificar. No os pongáis en su camino.

Entre medias hay una subcategoría (lo de sub- les viene al pelo). No han crecido lo suficiente y viven con el resquemor de lo que pudo haber sido y no fue. Es como aquella compañera de clase o aquél chico de la universidad que iban para modelo y de pronto ensancharon las caderas y perdieron el pelo, jodiendo el único porvenir para el que se habían preparado. Son peligrosos especialmente porque están incómodos en su puesto, amargados con la vida porque se esperaban mucho más (algunos incluso lo merecían) pero también porque se saben pisados por los superiories… con lo que ellos también buscarán a quien pisar. Generan mitad penica -que no pena-, mitad miedo, con la suerte de que conforme les conoces, se impone lo primero.

No confundir esta última fauna con los renegados. Éstos son pobres diablos que esperan lo más dignamente que pueden a la jubilación y lo mismo les da so que arre. Saben que les quedan pocas exclusivas por firmar y normalmente esperan a que llamen a su puerta. No les menospreciéis: pronto dejarán sitio a los nuevos.

Por eso, cada vez que alguien cita a Ryszard Kapuściński diciendo eso de que ‘Las malas personas no pueden ser buenos periodistas’, esbozo una sonrisa por la cantidad de gentuza que conozco que emponzoña esta profesión y a los que se les considera – o se les hace creer que se les considera, que viene a ser lo mismo- buenos periodistas. Solemos decir esta frase para soltar un poco de presión, para tranquilizarnos cuando pensamos “¿Cómo cojones ha llegado ahí (arriba)?”, como si el hecho de que considerarlos malos periodistas nos aliviara el luto. Es una ilusión por muchas razones, la más perentoria porque si están arriba, poco importa ya si son buenos o malos. Y en segundo lugar, porque si están arriba siendo unos desgraciados o desgraciadas, te hace replantearte no solo tu visión de la profesión sino el sentido de tu propia vida. Porque si los (algunos) malos periodistas van a los (algunos) consejos de administración… ¿a dónde van los demás?

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Fauna periodística XXXIII: ¿Machismo? ¿Qué machismo?

womanEsto es el día a día de muchas *periodistas:

  • Tienes demasiado genio, eres muy brusca (versión masculina: eres un líder)
  • ¿Pero qué te pasa, tienes la regla?
  • Uy… ¿temas feministas? ¿No es muy agresivo?
  • Hola, XXX, ¿cómo estás? (Dice él mientras le soba, como cada día, la espalda)
  • Ah, ¿vas a opinar de deportes? ¿Pero tú entiendes de eso?
  • ¿Deporte feminino? Jajajajaja… ¡la escoba y el estropajo!
  • ¿Deporte femenino en la sección de deportes? Mejor hacemos una sección nueva
  • (Una redactora a su jefe): El político XXXX me ha dicho esta burrada… Contestación: Jajajajajaja… cómo es…
  • Para salir en pantalla ponte más faldas y menos pantalones. Pareces una camionera.
  • ¿Ir tú a esa manifestación? Deja, deja… no sea que te vaya a pasar algo.
  • (Justo antes de contratarte) Oye… tú no pensarás quedarte embarazada, ¿verdad?
  • Uy, qué maquillada vienes, ¿te vas a ligar a alguien?
  • Lo raro es que vaya tan tapada, con lo que le gusta que el alcalde le mire las tetas…
  • ¿Has visto qué chica más guapa tenemos en la tele/radio/wherever?
  • Pero esos artículos están muy bien escritos… ¿son tuyos o te los hace el jefe?
  • Ya os contratan por el físico, ¿qué más queréis?
  • ¿Esa pregunta es tuya o de tu jefe?
  • Esta entrevista la va a ver tu jefe antes de emitirla, ¿verdad?
  • ¿Tus compañeros no han podido venir?
  • Uy, vienes muy arreglada… tú quieres algo…
  • ¿Por qué no vienes con vestido a grabar?
  • (Político a periodista) Con esas piernas tan bronceadas… ¡uno no es de piedra!
  • Ponte tú en los vídeos para la web, que eres mona y pincharán más
  • Para entrevistar a los futbolistas, ponte escote, seguro que así te atienden mejor
  • Con esos ojos que llevas, ¿cómo no voy a responder a tu pregunta?
  • Si eres jefe, te sientas con los jefes. Si eres jefa, con el resto de periodistas
  • Si terminas el artículo a tiempo, te invito a un viaje a Ibiza conmigo
  • No, mejor tú me dices las preguntas que tengo que hacer, pero la entrevista la hago yo ¿vale?
  • Entrevistados que te llaman ‘Princesa’
  • Esos políticos que te llaman ‘niña’
  • Esos políticos que cuando te van a besar, aprovechan para sobarte el pecho
  • Pero… ¿tú por qué me haces esas preguntas tan serias?
  • Que te hagan el paseíllo porque ese día te has puesto falda
  • Que tu escote sea el verdadero entrevistador, y no tú
  • Que te intenten besar en la comisura de los labios
  • Ese tema lo propones porque eres chica
  • Es jefa porque se ha tirado a alguien
  • Jefes que te meten la cara en el canalillo mientras te hablan
  • Jefes que te pasean como un trofeo de caza

 

*Todas estas situaciones son reales, testimonios de compañeras que se han enfrentado a estas y otras situaciones desagradables por el simple hecho de ser mujeres.

 

Fauna periodística XXXII: llamaditas, mamaditas y otros vicios del periodismo

Imagen: eslibertad.org

Imagen: eslibertad.org

A este post le precede un silencio atronador que da vergüenza asumir. A estas líneas las paren una parte de indignación y otra, la mayor, de sonrojo. Tener un blog sobre periodismo tiene sus ventajas, la principal es saber que nunca se agotarán los motivos por los que arremangarse y ponerse a escribir, a teclear, una vez más. Pero tener un blog de periodismo y ser periodista también tiene sus inconvenientes. El primero y más importante, el de tener que callarse el 90 % de las ideas. Porque, seamos sinceros, lo de la falta de tiempo que tantas veces se esgrime, es una falacia. Si puedes dejar de comer decentemente para sacar tu trabajo adelante, puedes hacer un hueco en la jornada para vomitar lo que quieras sobre la pantalla del ordenador. Pero no nos fustiguemos aún.

Para escribir estas líneas he tenido que acudir a Google, como para la gran mayoría de trances vitales. “Kichi contra periodismo”, escribo, porque hace tiempo que la corrección gramatical en el buscador ha pasado de moda. Abro el primer artículo que reseña internet y leo: “Kichi ataca a la prensa gaditana, a la que acusa de ‘falta de rigor’ por no serle favorable”. Hoy no llevo puesto el traje de periodista rigurosa y me doy por satisfecha con el titular y los subtítulos, que me informan de una campaña de Podemos en Cádiz contra la prensa y la reacción de los compañeros de la Asociación de la Prensa de Cádiz. No necesito mucho más para saber de qué va la vaina: políticos de nuevo cuño que se ofenden por las informaciones periodísticas y compañeros que afean la generalización, siempre tan injusta pero tan cómoda a la vez.

No quiero saber quién lleva la razón, probablemente porque, si escarbamos un poco, ambas partes la tengan en determinada proporción. Sí, amigos, los periodistas también nos equivocamos, y por supuesto, los afectados han de poder patalear al menos. Insisto, no conozco la letra pequeña y tampoco me importa para el objeto de este post. Frenen los impulsos de colocarme en tal o cual bando, porque no van por ahí los tiros. Cualquier campaña de difamación, venga de donde venga, me molestará, y creo que con eso ya pueden intuir mi postura.

Mi atención se centra, más bien, en las reacciones a la campaña de Podemos. Nunca, insisto, nunca defenderé a nadie que pretenda delimitar la libertad de prensa a lo que a él le conviene. Están muy acostumbrados los políticos, los viejos y los nuevos, a definir ellos mismos qué es el buen periodismo y cuál no lo es, que coincide asombrosamente con los que les dan o les quitan la razón. Ejemplos de ello los hay a patadas en todos los sitios. Allí donde hay un periodista haciendo su trabajo, habrá alguien que le critique, con o sin razón.

Lo que me preocupa es la sobreactuación y el silencio cómplice en otras situaciones. Una de las cosas que más me molesta es la hipocresía y las falsas apariencias. Por eso, que un político o todo un partido se tome la molestia de volcar sus esfuerzos en señalar a la prensa por supuestas ofensas en público, me parece hasta valiente. Se quejan, sí, pero a la cara. Es peor, creo yo, cuando te dan la puñalada trapera por detrás.

Todos los políticos, salvo los menos inteligentes, te sonríen, te hacen gracias, te quieren a su manera. Todos se dirigen a ti de forma amable, salvo los muy pasados de rosca; todos te hacen carantoñas para que no les des, o lo hagas las menos veces posibles. Pero ocurre de vez en cuando que, ante lo publicado o dicho, se revuelven contra ti. Pero nunca se lo vas a notar, nunca lo harán a la cara, porque su juego es callado y canallesco. A mi lo que me preocupa, por si no lo han notado aún, es la llamadita al orden al jefe, el toque de atención, que suele drenar despacho abajo para que te cale bien hasta los huesos. Ese es el verdadero peligro. Un tuit jode, hace daño, enerva y solivianta, sí. Pero una llamadita te pone en el disparadero.

Esas presiones existen desde siempre, es la mierda con la que el periodista debe aprender a vivir, y la que el jefe debe saber neutralizar (lo de los jefes que hacen más caso al político que a su redactor, generalmente al olor del dinero, lo dejamos para otro post). Por eso, no me quita el sueño que un político abra Twitter con el ánimo de echar por tierra mi trabajo. Puedo contestarle de la misma forma o seguir con mi tarea honestamente, eso ya va al gusto de cada uno. Lo que no se puede contestar es lo que no te dicen a la cara. Y eso, colegas, es más viejo que la orilla del río.

Periodismo somos nosotros

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El secreto está en lo pequeño, lo que no se ve

Desde que inaugurara este blog, con más ganas de desahogarme que de reflexionar, le he dado muchas vueltas a esto del periodismo. He intentado, con más pena que gloria probablemente, desentrañar los males de una profesión que me ha dado y quitado a partes iguales y que, sin embargo, no cambiaría por nada. No le busquen heroísmo a esto último, porque la verdad es que creo que no sabría hacer otra cosa. He retratado, o caricaturizado, ciertos especímenes con los que todos nos hemos topado; algunos tienen nombres y apellidos y otros son más bien un cúmulo de anécdotas y circunstancias que la gente me cuenta y que yo me encargo de poner frente al espejo. En realidad este blog no es más que un cabreo continuo por todo lo que nos hacen y lo que nos hacemos.

Porque junto a políticos endiosados, jefes de prensa trasnochados, gabinetes ineficaces… estamos los propios periodistas como grandes hacedores de los males de nuestra profesión. Somos los principales culpables de la situación en la que nos encontramos, por dejarnos hacer y por hacernos. Por eso, cuando leo reflexiones como las de David Jiménez, actual director del Mundo hasta que alguien lo fagocite, pienso en la otra cara, la que nosotros mismos nos abofeteamos. Es cierto que el político, como él mismo reconoce en este artículo, nos ha perdido el miedo y, en muchas ocasiones, el respeto. Pero ¿quién es el verdadero culpable de todo esto? ¿No nos hemos dejado arrastrar a esta situación de descrédito nosotros solos?

Lo malo del asunto es que no hay que irse muy lejos para encontrarse con los grandes males del periodismo que son, al fin y al cabo, las pequeñas miserias a las que nosotros mismos nos obligamos. Leemos, escuchamos y reflexionamos con las grandes firmas sobre la debacle de los juntaletras… pero pocos conocen el fango del fondo, el que pisamos los curritos de provincias, los que nos batimos el cobre cada día en ruedas de prensa insignificantes, asumámoslo, para esos grandes que escriben desde su posición privilegiada.

Las grandes batallas para defendernos no se libran en las grandes redacciones, o al menos no solo. Es descorazonador descubrir con las charlas de cerveza que la base de lo que nosotros creíamos una profesión respetable está tan hecha añicos. La nómina de agravios es tan extensa como sorprendente. Por eso me pregunto si esos grandes tótems del periodismo saben, intuyen siquiera, lo que se cuece en el periodismo con minúscula. La duda se agiganta cuando pienso en las asociaciones de la prensa, las grandes, las masivas, pues se manejan en un terreno absolutamente distinto -no digo mejor- al de la gran mayoría de periodistas de este país. Es complicado defender algo si no sabes de qué debes protegerlo. Es difícil reconstruir el edificio si no tienes ni idea de cómo están los cimientos.

Uno de los ejercicios más honestos que podríamos hacer es investigarnos a nosotros mismos, conocernos, preguntarnos los unos a los otros por las circunstancias, las dificultades, los obstáculos del camino. Sólo así podremos llegar al entendimiento, la solidaridad -utópico, puede- y desde ahí planear un tratamiento que saque al periodismo de la UVI en la que se encuentra. Somos los pequeños, los periodistas sin nombre, los que soportamos el peso de la profesión. Deberíamos ser nosotros y nuestros problemas, por lo tanto, los que nos movieran a un cambio tan necesario como inevitable.

Fauna Periodística XXX: Los desterrados hijos del periodismo

derechoDicen que a los periodistas no nos gusta hablar de nosotros mismos… y eso es una verdad a medias. Es cierto que rehusamos a menudo dar noticias que surgen en nuestro propio gremio, nos excusamos al hablar de nosotros mismos como si no sufriéramos EREs, despidos, malas condiciones laborales y abusos. Somos así de bobos. Sin embargo, si ustedes han compartido momentos de asueto con alguno de nosotros, y sobre todo si en la reunión hay más de uno, el trabajo se convierte en tema ineludible. Aburrimos a las ovejas hablando de anécdotas, quejándonos de nuestras cuitas y dando buena cuenta de cómo nos porculan casi a diario.

En medio de esa amplia variedad de temas, ese abanico de quejas, retahílas y reivindicaciones, nos olvidamos de parte de la problemática que, o mucho me equivoco, o pronto nos dará una patada en nuestra conciencia de plumillas. Nos ocupamos y preocupamos por los compañeros que lo pasan mal, por los que tienen trabajo y parece que no lo tienen mirando la cuenta a final de mes; por los que lo tuvieron y ahora han de buscar un hueco en otra redacción; por aquellos que ya no ejercen la profesión que eligieron y deben conformarse con otro cometido, con mayor o menor suerte… ¿Pero qué pasa con quienes siquiera han llegado a ejercer la profesión?

Cada año salen de las facultades casi 3,000 nuevos periodistas y muchos de ellos ni siquiera pisarán una redacción en su vida. Estamos dejando de lado a todos aquellos que nunca podrán trabajar en el periodismo porque han sido expulsados de los medios antes de tiempo. No estamos reparando en esa parte de la profesión, todo ese talento que estamos dejando irse por el desagüe de los nuevos modelos mediáticos, ese juego de trileros que en la mayoría de los casos significa hacer de todo por la mitad de precio.

¿Qué hacer para evitar esa sangría? En la Arcadia la respuesta sería obvia: dignificar de nuevo las redacciones, liberar del yugo a los redactores que han de hacer el trabajo que antes llevaban a cabo tres periodistas, y prepararnos para las nuevas hornadas, que llegan talentosas, inquietas y desafiantes. En el mundo real, la solución varía ostensiblemente. Es polémico y va contra ese orgullo que uno siente, apuntalado por Gabo cuando dijo que este era “el mejor oficio del mundo”, pero ¿y si comenzamos a hacer campaña por el NO? Aborrezco la idea de decirle a alguien que no estudie periodismo… y sin embargo, reconozcámoslo, es lo primero que nos viene a la mente cuando algún inocente nos comunica la feliz idea de encaminar sus estudios por esta tortuosa senda. Hacer campaña por el NO a estudiar periodismo es incómodo, impopular, polémico y mezquino, si me apuran… pero todos los periodistas somos fieles defensores del trasfondo, que no es otro que evitar a los demás -si son seres queridos, más aún- las penas y los sufrimientos que nos ha traído esta jodida profesión. Es la mejor, sí… pero la querríamos igual si fuera un poco menos puñetera.

Como el sombrero de un picador

 Un titular dando sombra

Un titular dando sombra

Desconozco el razonamiento logarítmico por el que Facebook me bombardea, desde hace unos meses, con vídeos y noticias chorras, de esos que te muestran un frame y te invitan a descubrir lo que encierra esa -bizarra casi siempre- imagen. No sé si en algún momento toqué algo que no debería haber tocado -la historia de mi vida…- y desde entonces, la caja de Pandora de las estupideces se ha instalado en la red social. Seguro que más de uno ha picado alguna vez con titulares tan torticeros como sugerentes del palo “Abrió una caja de chococrispis y nunca se imaginó lo que había dentro”. Supongo que alguna neurona cansada de discriminar la realidad me empujó a querer saber qué coño había en la caja y pinché para ver si la expectación creada, de forma tan básica por otra parte, cumplía con mi calenturienta emoción. El resultado es, en el 99% de los casos, una chorrada como el sombrero de un picador.

Esos vídeos, esas publicaciones que todos encontramos en el muro de Facebook y que solemos ignorar, no tienen más importancia que su crecimiento exponencial conforme vamos pinchando para resolver los increíbles misterios que la clase media nos regala. Sin embargo, la ósmosis periodística ha querido reabsorber el estilo cutre de ese contenido y trasladarlo a los medios sin sonrojo ni disimulo. Llevo unos días descubriendo atónita cómo algunos de esos medios de comunicación reclaman la atención del lector, en Twitter sobre todo, con titulares que imitan tan molesta forma de difundir una noticia. “Pilar Rubio ha confirmado que espera un niño de esta divertida manera” o “Así reaccionó un agente de seguridad al ver a Reyes dando el pecho a su hija en un rincón de la Alhambra” son dos titulares recientes que obedecen a esa fórmula estúpida que trata como ídem a su audiencia. ¿Ya no somos capaces de crear un titular? ¿Responde a esa nueva y peligrosa norma que quieren imponer que exige a un titular, ante todo, ser llamativo? ¿Menosprecian tanto a los lectores que necesitan tratarnos con la simpleza de un meme? ¿Tan mala es la noticia que, por sí sola, carece de atractivo?

El periodismo puede evolucionar, matamorfosearse o convertirse en Pikachu si quiere, pero no a cualquier precio. Rebajar el nivel a estos límites no hace sino confirmar que prefieren audiencias fáciles a golpe de click a lectores capace de discriminar la buena información de la mala, el periodismo de calidad del periodismo fugaz y frugal.

Que una página de Facebook intente ‘reclutarme’ de esa forma entra dentro de lo folclórico de las redes sociales; que un periódico serio recurra a esos subterfugios para conseguir visitas en su web es, simplemente, triste.

Fauna periodística XXVIII.- Dignidad, periodismo y el jacuzzi de Jesús Gil

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

La dignidad en términos periodísticos se ha convertido en un concepto voluble, escurridizo y, en demasiadas ocasiones, extraño, que depende cada vez más del umbral personal del dolor que ostenta cada profesional. La dignidad para muchos puede ser poder hacerle la pregunta que quiera a determinado político o personaje; para otro, poder simplemente preguntarle algo. Y mucho me temo que para una mayoría, dignidad significa, a estas alturas, poder comer del periodismo. El cómo ya será otro cantar.

Hace unos días me encontré en las redes sociales con un vídeo que me produjo una inmensa tristeza: en su afán por ofrecer una imagen única y original al espectador, una periodista había decidido hacer un directo en medio de una plaza de toros en la que -sí, amiguitos- campaba a sus anchas una vaquilla. Con cuernos y todo.

La historia tiene un final cuasi trágico pero sospechado. En este caso, para la periodista, la dignidad consistió en levantarse de un salto del albero y echarse unas risas como si no hubiera pasado nada. Pero pasó y, lo que más me horroriza, pudo ser peor. ¿Se imaginan que la escena termina con una mala caída de la reportera? Lesiones graves en directo. A alguno se le hace la boca agua.

Una compañera preguntaba en Facebook si eso era necesario. Obviamente, no. Informar de las fiestas de un pueblo no implica poner tu culo en peligro. ¿O sí? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el espectáculo? Aún recuerdo a aquel periodista de La Sexta que casi muere congelado para hacer un directo en el que, efectivamente, se constató que hacía mucho frío. Una realidad que, a todas luces, se nos hubiera escapado si el reportero no hubiera puesto en peligro su integridad física y, añado yo, moral.

Estamos pasando la frontera entre periodista y títere, entre reportero y pelele que lucha por la imagen más extravagante, más impactante, aunque de ello dependa hacer el ridículo o ponerte en situaciones peliagudas. ¿Dónde ponemos los límites para informar de algo? Siempre he creído que los periodistas nunca debemos ser la noticia, sino más bien un nexo de enlace entre el espectador/lector/oyente y lo que estamos contando. Los límites al protagonismo del reportero varían dependiendo del tema, el personaje, el medio o el programa para el que trabajas. No es lo mismo un compañero de informativos, que debe minimizar todo lo posible su presencia, que un reportaje de un magazine en el que has de conseguir que el espectador empatice contigo y, por lo tanto, con aquello que le estás queriendo mostrar.

El problema viene cuando la frontera entre lo digno y el ridículo se difumina tanto que ya no sabes en qué parte te estás moviendo. ¿Bajar a una plaza de toros y exponerme a que me pille una vaquilla? ¿Cuál es el objetivo? Lo único que conseguiremos es que la gente esté más pendiente de la vaquilla y de si te pilla que de lo que estás contando, con lo que tu trabajo habrá quedado en nada. Pero el animal te da un revolcón… ¿qué has conseguido? La máxima atención. El espectáculo. ¿A cambio de qué? Respondan ustedes.

El problema está en esa raya que separa el trabajo bien hecho y digno del espectáculo gratuito. ¿Debo hacer el ridículo en la tele para que ustedes se diviertan? Si es así, esta sociedad tiene un problema. Estamos llevando al periodismo -sobre todo de entretenimiento- a unos límites peligrosos, convirtiendo las andanzas personales de cada periodista en la noticia; la caída y el revolcón, en el objetivo; el jacuzzi de Jesús Gil en paradigma de la neotelevisión.