Fauna Periodística XXIX: Los Illuminati del periodismo: lo quieren todo y lo quieren ya

forgesHace unos días me topé en Twitter con un artículo sobre el mundo académico y la distancia que le separaba de las redacciones. Ya saben, la eterna discusión sobre si la universidad está a la altura o no de las expectativas y las exigencias del mundo laboral. Antes de abordar esa cuestión, que por extensión dejaré para futuras entradas, ya les adelanto que, al menos en España, esa distancia jamás terminará de ensancharse mientras el mundo académico no acepte que el periodismo es, básicamente, práctica. Las universidades viven encerradas en su mundo de cristal ignorando por completo las necesidades de los medios y, lo que es peor, empeñadas en hacer de sus planes de estudio, palabra de Dios. Pero esa es otra historia.

El artículo en cuestión llevaba por título “Cómo adaptar las escuelas y facultades de periodismo al cambiante mundo digital”, con lo que el objeto de estudio se concentraba en eso que algunos se empeñan en pintar como nuevo cuando no es más que el periodismo de siempre en otro formato. Seis profesores de periodismo aprovecharon la beca ‘Back in the Newsroom’ para visitar y trabajar codo con codo con los periodistas de algunos de los medios más prestigiosos de Estados Unidos (Wall Street Journal, USA Today, L.A. Times…) El objetivo de la experiencia no era sino comprobar los nuevos caminos que el periodismo está explorando y experimentando con el loable fin de llevar esa experiencia a quien en un futuro caminará por ellos, los estudiantes de periodismo.

Sin embargo, no puedo dejar de mostrar mi miedo y estupefacción al comprobar cómo algunas de esas conclusiones son, cuando menos, peligrosas para el periodismo y, lo que es peor, para otra serie de profesionales que ayudan a que la información, simplemente, llegue hasta ustedes. Ni más ni menos.

“El cambiante mundo del vídeo” Trabajo en la televisión y este capítulo me interesa especialmente. Parece ser que el periodismo camina hacia la extinción del operador de cámara y el editor de vídeo, competencias y habilidades que el periodista debería, según Michael Fairwell, profesor de la Universidad Claflin, manejar a la perfección. Los periodistas, pues, deberíamos ser capaces de producir vídeos de forma rápida y profesional. Es decir, asistir a una rueda de prensa y salir de allí con tu texto, tu idea de noticia, tu titular y tu pieza montada. El periodista como hombre orquesta que suple dos o tres puestos de trabajo con un mismo sueldo y que, además, lo hace de forma rápida. Realmente, un futuro prometedor del que el colega Rubén Negro ya nos dios buena cuenta hace meses: un periodista con una nula capacidad de análisis pero, ojo, capaz de montarte un vídeo en un tris.

“Atraer a la audiencia” Cuidado, porque nos adentramos en terreno pantanoso. Caminamos por la delgada línea que separa el trabajo de calidad de lo zafio y llamativo, el trabajo bien hecho, del trabajo pensado para atraer a espectador a toda costa. En el artículo se hace referencia de forma expresa a los titulares que, al parecer, han de ser atractivos visualmente. La realidad y la veracidad, ya tal. Este es uno de los mensajes más peligrosos que se puede lanzar a un futuro profesional, la idea de que su titular ha de llamar la atención por encima de todo, es decir, lo estético por delante de la realidad. Un titular, ante todo, debe ser veraz, contar lo más llamativo de la noticia, lo que no quiere decir lo más anecdótico. Un titular refleja la esencia de la noticia. Animar a elaborar titulares llamativos por sí mismos sin advertir inmediatamente después que por encima han de primar otras cualidades nos lleva a un periodismo vacío, simple y, lo que es más preocupante, rozando los límites de la veracidad. Y si no, que se lo pregunten a Juanjo de la Iglesia.

“No subestimes el teléfono” Cuando trabajaba en la radio era poco habitual, pero a veces tenías que echar mano del teléfono para entrar en directo y contar una noticia, hacer un avance de lo que luego contaríamos en el informativo e, incluso, cuando no había más remedio, mandar los denominados cortes (declaraciones) de una forma un tanto rudimentaria: pegando el altavoz de la grabadora al micrófono del teléfono móvil. Desde entonces, la ciencia ha avanzado que es una barbaridad, y ya contamos con dispositivos capaces de grabar ruedas de prensa enteras, editar audios y mandarlos con una calidad que ya quisieran muchos mini disc. Sin embargo, mucho me temo que la tercera receta de los illuminati del periodismo no va por ahí. Se refiere más bien a las fotografías: bye bye, queridos foteros. ¿Quién quiere una foto realizada por un profesional, en el momento justo y con calidad, cuando puede contar con una foto del móvil, movida, mal encuadrada y, probablemente, tirada en un mal momento? Hasta ahora, lo que sabemos es que un periodista ha de ir a una rueda de prensa a tomar notas, grabar un vídeo que luego editará y, ahora también, tirar fotos para mandarlas “inmediatamente” a redacción y ser publicadas en el momento.

Entiendo que las redes sociales poco menos que exigen al periodista un testimonio gráfico de lo que está haciendo, y desde ese punto de vista no veo problema alguno en colgar la típica foto testimonial del tipo “Radio X se encuentra en tal sitio con tal político”, a modo de aperitivo de lo que luego ofrecerás en tu informativo o programa. El problema viene cuando ese material gráfico sustituye la labor del profesional de la fotografía.

+Empezamos a ver, y a sufrir, fotografías de muy baja calidad en la prensa, imágenes que a todas luces han sido captadas con un dispositivo móvil y cuya idoneidad es muy cuestionable. Cuando abro un periódico espero encontrarme una labor profesional no sólo por parte del periodista, sino del fotógrafo también, y para ello es fundamental definir claramente las atribuciones y el trabajo de cada uno. Yo puedo colgar una foto en redes sociales a modo de testimonio, pero desde luego nunca podré sustituir la labor de un profesional que ha estudiado, trabajado y luchado por la fotografía.

Existe otra tentación, me temo, que es la de enviar a un redactor con un móvil y un palo selfi para, en un triple salto mortal, cargarse a la mitad del personal que trabaja en una televisión. De momento no lo tomo en serio, aunque es ciertamente dantesco pensar hasta dónde podemos llegar en la degradación de nuestra profesión.

“Abraza al matemático que vive en tu interior” Una de las primeras noticias que tuve que escribir para un periódico salió de una tabla excel y sudé la gota gorda para arrancar de aquellas cifras, decimales y gráficos de barras un titular potable. Lo conseguí gracias a mi jefe, un tipo paciente con aquella tierna periodista que no sabía por dónde se andaba. Los datos son nuestros colegas, nos dan una información que, a menudo, la administración de turno quiere ocultar y que estamos obligados a comprender y saber explicar al ciudadano. El periodismo de datos no es nuevo, aunque las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías han supuesto una auténtica revolución para este tipo de periodismo que, desde mi punto de vista, debería impregnar el trabajo de cualquier profesional en cualquier medio. La conclusión que en este caso lanzan los profesores del experimento es indiscutible.

Las conclusiones que arroja el estudio con claras e inquietantes: un periodista que haga de todo y en cuyo trabajo debe primar la inmediatez y lo llamativo. Creo que son conclusiones, cuando menos, peligrosas que no harán sino disminuir la calidad del trabajo de unos profesionales que deben, por encima de todo, contar lo que ocurre, sin mayores alharacas.

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Fauna periodística XXVIII.- Dignidad, periodismo y el jacuzzi de Jesús Gil

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

Año 2025. Rueda de prensa de presupuestos

La dignidad en términos periodísticos se ha convertido en un concepto voluble, escurridizo y, en demasiadas ocasiones, extraño, que depende cada vez más del umbral personal del dolor que ostenta cada profesional. La dignidad para muchos puede ser poder hacerle la pregunta que quiera a determinado político o personaje; para otro, poder simplemente preguntarle algo. Y mucho me temo que para una mayoría, dignidad significa, a estas alturas, poder comer del periodismo. El cómo ya será otro cantar.

Hace unos días me encontré en las redes sociales con un vídeo que me produjo una inmensa tristeza: en su afán por ofrecer una imagen única y original al espectador, una periodista había decidido hacer un directo en medio de una plaza de toros en la que -sí, amiguitos- campaba a sus anchas una vaquilla. Con cuernos y todo.

La historia tiene un final cuasi trágico pero sospechado. En este caso, para la periodista, la dignidad consistió en levantarse de un salto del albero y echarse unas risas como si no hubiera pasado nada. Pero pasó y, lo que más me horroriza, pudo ser peor. ¿Se imaginan que la escena termina con una mala caída de la reportera? Lesiones graves en directo. A alguno se le hace la boca agua.

Una compañera preguntaba en Facebook si eso era necesario. Obviamente, no. Informar de las fiestas de un pueblo no implica poner tu culo en peligro. ¿O sí? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el espectáculo? Aún recuerdo a aquel periodista de La Sexta que casi muere congelado para hacer un directo en el que, efectivamente, se constató que hacía mucho frío. Una realidad que, a todas luces, se nos hubiera escapado si el reportero no hubiera puesto en peligro su integridad física y, añado yo, moral.

Estamos pasando la frontera entre periodista y títere, entre reportero y pelele que lucha por la imagen más extravagante, más impactante, aunque de ello dependa hacer el ridículo o ponerte en situaciones peliagudas. ¿Dónde ponemos los límites para informar de algo? Siempre he creído que los periodistas nunca debemos ser la noticia, sino más bien un nexo de enlace entre el espectador/lector/oyente y lo que estamos contando. Los límites al protagonismo del reportero varían dependiendo del tema, el personaje, el medio o el programa para el que trabajas. No es lo mismo un compañero de informativos, que debe minimizar todo lo posible su presencia, que un reportaje de un magazine en el que has de conseguir que el espectador empatice contigo y, por lo tanto, con aquello que le estás queriendo mostrar.

El problema viene cuando la frontera entre lo digno y el ridículo se difumina tanto que ya no sabes en qué parte te estás moviendo. ¿Bajar a una plaza de toros y exponerme a que me pille una vaquilla? ¿Cuál es el objetivo? Lo único que conseguiremos es que la gente esté más pendiente de la vaquilla y de si te pilla que de lo que estás contando, con lo que tu trabajo habrá quedado en nada. Pero el animal te da un revolcón… ¿qué has conseguido? La máxima atención. El espectáculo. ¿A cambio de qué? Respondan ustedes.

El problema está en esa raya que separa el trabajo bien hecho y digno del espectáculo gratuito. ¿Debo hacer el ridículo en la tele para que ustedes se diviertan? Si es así, esta sociedad tiene un problema. Estamos llevando al periodismo -sobre todo de entretenimiento- a unos límites peligrosos, convirtiendo las andanzas personales de cada periodista en la noticia; la caída y el revolcón, en el objetivo; el jacuzzi de Jesús Gil en paradigma de la neotelevisión.

Fauna periodística XXVII.- El rey desnudo y el periodista de gabinete

Político saludando a su electorado

Político saludando a su electorado

Ya han pasado las elecciones municipales y autonómicas, y se ve en el horizonte el momento de la formación de los equipos de confianza que rodearán a las corporaciones y los gobiernos autonómicos. En ese encaje de bolillos que supondrá ajustar los presupuestos más que nunca -por exigencia del electorado, de los nuevos partidos y formaciones políticas que accederán al poder y por mandato del sentido común- se ubican los gabinetes de prensa y los asesores. Se trata de un nicho laboral que otorga, en teoría, una cierta estabilidad económica y un cambio de aires para los periodistas, dando por hecho que ese trabajo lo ejercerá un licenciado en tal materia, lo que en algunas ocasiones es mucho aventurar.

Es obvio que en el terreno político en el que encajan los gabinetes de prensa, la ideología de los candidatos es un factor a tener en cuenta. Sería un tanto complicado que una persona con convicciones de izquierdas terminara trabajando para un partido del otro espectro ideológico. Podría ocurrir, y la profesionalidad del contratado en cuestión a buen seguro que solucionaría los problemas que en un principio se pudieran presentar pero, seamos sinceros, todo sería mucho más sencillo si ese antagonismo ideológico no se produjera. No estoy hablando de afiliados o ‘periodistas con carné’ de ningún partido, sino afinidades ideológicas que, evidentemente, no tienen por qué traducirse en una militancia durante el ejercicio de su trabajo.

De hecho, ese es el meollo de la cuestión, la capacidad de no alienación del periodista. Hace unas semanas, Manuela Carmena declaraba en una entrevista en la SER que un líder político debe contar con personas a su alrededor que sean capaces de ponerle los pies en la tierra. “Quiero críticas desde el primer día”, aseguraba Carmena. Esta actitud denota un comportamiento, cuanto menos, inteligente y humilde, y precisamente por ello, inusual en un líder político. Quienes se postulan para gobernarnos tienden a huir de las críticas; y es normal, dado que buena parte de ellas pueden estar motivadas por el maniqueísmo patológico que demuestra la sociedad española en cuanto a lo político se refiere (actitud, por otra parte, que parece que está cambiando).

Sin embargo, la situación contraria sería lo ideal, esto es, políticos que no sólo acepten las críticas y los debates en los medios y en la sociedad, sino que lo hagan también en el seno interno de sus gabinetes. Un político debe saber rodearse de personas que cuenten con su confianza, evidentemente, pero en muchas ocasiones esa cualidad se confunde con aquellos que nunca expresan una opinión contraria a la de su líder. Esos jefes han de ser lo suficientemente valientes como para aceptar las críticas, las opiniones contrarias e, incluso, los análisis más duros. Y esas lecturas deberían venir, precisamente, de sus propios grupos de trabajo. Dejarse adular es la postura más cómoda, sin duda alguna; pero tener los arrestos suficientes como para aguantar duras palabras de quien se supone ha de estar de tu parte es un ejercicio beneficioso no sólo para el ego, sino para el trabajo de cara al ciudadano. Cabría recordar lo que le ocurriera a aquel rey que, adulado por los más íntimos, llegó a salir de palacio desnudo creyendo que iba ataviado con las ropas más bellas e increíbles.

Los gabinetes de comunicación, de prensa e, incluso, los grupos de trabajo internos de cualquier partido, agrupación o institución necesitan de gente valiente capaz de expresar su opinión más allá de la conveniencia de la misma; pero también de líderes valientes que se comporten como tal y acepten, y busquen, las voces discordantes que les coloquen frente al espejo de la realidad.

¿Por qué?

Siempre he pensado que el buen periodismo es el que se hace las preguntas adecuadas en el momento preciso; ese que sabe parar en medio de la vorágine de la última hora y las exclusivas a dentelladas para cuestionarse qué cuestionarse. Hoy he tenido uno de esos días en los que todo son interrogaciones, todo son preguntas grises y lastimeras detrás de una llamada de teléfono de desahogo y resignación. Y han comenzado a salir a borbotones los porqués…

¿POR QUÉ…

… hemos vestido al periodismo de un traje de billetes manoseados y rancios que nos impide movernos?

… hemos dejado mojar los papeles de nuestros derechos sin alzar siquiera una mirada de odio a quienes derraman sobre ellos su húmeda y apestosa indiferencia?

… hemos callado cuando más callos nos pisaban?

… nos empeñamos en trabajar sin preguntar a cambio de cuántos -silencios-, a cambios de qué -vida-?

… insistimos en una profesión que sólo nos hace felices precisamente cuando sacamos los pies del charco en el que nos han metido?

… permanecemos con la mirada gacha y el pescuezo preparado para cuando nos lo quieran cortar?

… hemos permitido llegar a lo más alto a quien más bajo de miras es, a quien se limpia sus vergüenzas con el periódico de hoy?

… seguimos lamiendo el culo de una raja que ya no existe por desgaste del peloteo continuo del traje y la corbata?

… nos obstinamos en pegarnos hostias entre nosotros mientras al otro lado del cristal ríen a mandíbula ofensiva los que nos azuzan con los palos de la discordia?

¿Por qué hemos dejado que el periodismo se convierta en esto?

Fauna Periodística XXIII: las sanguijuelas

Llegas con toda la ilusión del mundo, recién salido del cascarón y con ganas de comerte la vida. El primer mordisco que te dan va directo a las expectativas: desde tu pequeño ordenador no podrás cambiar nada… apenas puedes conectarte a internet, así que mucho menos revolucionar el mundo del periodismo. Pero da igual. No pasa nada. Sigues adelante, porque los cantos de sirena te convencen de un nuevo proyecto, algo que satisfaga tu hambre de hacer cosas, de darle tu toque especial a un trabajo anodino, de dejar huella aunque sea en un rinconcito de la redacción.

Pasa el tiempo y las promesas caducan; a cambio tienes un puñado buenas palabras y un futuro barnizado de sudor (el tuyo, por si no te has dado cuenta). ¿Y? Trabajas en lo tuyo, con gente que te enseña, aprendiendo continuamente, conociendo a personas interesantes… echando el resto y trabajando sin parar, sí, pero con la satisfacción de que ese esfuerzo tendrá su recompensa.

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Yo también iba en ese barco

Pero, sorpresa, llegan nuevos problemas, y nuevos mordiscos en tu orgullo. No se puede ni cumplir la palabra prometida. Hay que hacer un esfuerzo, redoblar el trabajo, echar el resto para que todo salga adelante. Y una vez más, agachas la cabeza, aprietas los dientes, y te convences de que, efectivamente, tú también vas en ese barco y que merece la pena seguir remando.

El tiempo pasa, sigues trabajando, doblas la cerviz y prefieres no pensar en la nómina, los negados, los mediocres y las injusticias que te rodean y te salpican. Estás cristianamente convencido de que, al final, todo tiene su recompensa. Siguen los mordiscos y ahora ya hasta te chupan la sangre. Doblas los horarios, te tragas el orgullo, haces tu trabajo y el de tu compañero, callas, callas, callas… Pero, ¿dónde está el límite? No les diré que te exigen a tu primogénito, porque la realidad es que hasta te prefieren estéril, por aquello de las bajas y la (puta) conciliación. Probablemente el límite lo ponga la salud, la mental, concretamente. Aunque cuando ya no puedes con las humillaciones, con los recortes, con las carcajadas en forma de “me paso tus derechos por el forro de los cojones”… callas de nuevo, respiras… y resulta que aguantas aún un poco más.

Veredicto: culpables

Clara Saavedra da voz en las siguientes líneas a lo que la gran mayoría de los profesionales de esta ciudad sintió, pensó y, en ocasiones, denunció tras la agresión sufrida por ella y otros compañeros de la prensa en medio de una protesta ciudadana. Se adelanta a todos nosotros para reclamar respeto a una profesión en la que todo el mundo vuelca sus iras pero que muy pocos están dispuestos a escuchar, conocer y entender. Pagamos en nuestras carnes los pecados de otros, somos nosotros los que recibimos la pintura. Esta es una denuncia necesaria, un desahogo que comparte toda la profesión y que tengo la suerte de presentar en el blog. 

“Señoría, soy inocente”. Es una frase que se ha usado demasiado en el cine, pero que a día de hoy podríamos gritar en nuestra profesión. El trabajo del periodista está sometido a diario a mil juicios, algo lógico teniendo en cuenta que nuestra labor es precisamente contar lo que pasa al mundo. Pero llega un momento que en ese juicio ha desaparecido nuestra presunción de inocencia. Se habla de que a todos los políticos se les mete en el mismo saco, que todos los partidos son iguales y, por si esto fuera poco, ahora los periodistas también somos clones.

Somos “esclavos del sistema” y “mentirosos”, o eso he tenido que escuchar esta semana. Y lo somos todos. Da igual la labor del día a día, que trabajemos en radio, en agencias, en un periódico, en la tele… Da igual, señores, somos “escoria”.

No importa que te pases horas intentando cerrar un programa en el que tengan cabida todas las voces. No importan las horas (sin cobrarlas) que dediques a un artículo o reportaje. Para muchos, somos culpables. ¿Y de qué? se preguntarán. Pues eso mismo me llevo planteando yo toda esta semana en la que a los medios de Valladolid se nos ha acusado de censurar y manipular lo ocurrido el pasado domingo día 2 a las puertas de la Parrilla de San Lorenzo. Comentarios que han llegado de todos “los bandos”.

Se habla de censura. Todavía estoy esperando que alguien me demuestre qué parte no ha tenido su voz en los medios locales. Otra cosa es que empecemos a llamar censura y manipulación a todo aquello que incomoda. Nuestra labor es contar lo que pasó, y en este caso, al existir varias versiones de lo ocurrido, dar voz a todos. Y si esas versiones no gustan, señores, no maten al mensajero.

No estoy negando la existencia de manipulación en los medios, pero no admito esa acusación, venga de donde venga, en este caso, y mucho menos hacia mi trabajo.

Estamos en un momento en el que se está creando esa visión de la prensa. Se nos pinta como soldaditos a sueldo de causas ajenas, manipuladores de información y lameculos del poder. Todos al mismo saco. No importa que no te hayan escuchado en la vida, que no te hayan visto en la tele, que no hayan leído ni un renglón tuyo. Llevas un micro, o una grabadora. Llevas la marca. Sólo por eso me he merecido volver de una manifestación hasta arriba de pintura y con un par de insultos en mi haber. Fue algún energúmeno, sí, pero alentado por todos aquellos que dejamos que sigan poniendo en duda nuestra profesionalidad. La de todos aquellos que estamos en la calle día a día, que damos voz a colectivos que no tendrían otra forma de darse a conocer, que nos “comemos” ruedas de prensa infumables, que cobramos una mierda, que intentamos hacer nuestro trabajo con conciencia, porque creemos que el periodismo, el de verdad, es la base de la democracia. No todos somos unos manipuladores, igual que ustedes no son todos unos corruptos o unos energúmenos.

Pero de esto, compañeros, también tenemos culpa nosotros. No podemos disfrazar de periodismo libre ciertos artículos más propios de un panfleto sindical que de un medio de comunicación que se ha colgado la medalla de ser independiente, y que ni siquiera ha llamado a todas las partes afectadas por la información. ¿Eso es periodismo? Yo en algún momento me he perdido…

Afortunadamente, pongo la mano en el fuego por muchos de mis compañeros, y puedo decir que en Valladolid hay muy buenos profesionales, aunque esta semana muchos se hayan dedicado a juzgarnos sin pruebas.

Su veredicto era claro: culpables. Pero no, no lo somos.

Periodismo en plato grande

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

Salpicón de otoño con fruto de la tierra y susurro carnal

¿Son ustedes aficionados a la nouvelle cuisine? Yo no demasiado, la verdad. Siempre he sido de comer en condiciones, de cuchara, servilleta al cuello y disfrutar como una gocha de una buena fabada o un buen cocido de mi madre. Pero hay que saber ir con los tiempos. Ahora, lo que se cuece en los fogones de los restaurantes más modernos y chic son esos platos que parecen sacados de un catálogo de bocados prêt-à-porter.

Una se sienta a la mesa y espera impaciente a que aparezca la última ocurrencia del chef. Mientras bebes una copa de vino con el meñique levantado, para no desentonar, ves venir al camarero – que ahora tiene estudios, un máster y te habla en cinco idiomas- presto a servirte tu vianda.

Te ponen ante tus narices un plato enorme, casi impoluto… con algo en el centro que, parece, es tu comida. Han logrado un equilibrio perfecto entre el cuarto de patata deconstruída y la ramita de cilantro, un cuadro al que da pena hincar el diente, y que a duras penas te rellena el hueco de una muela.

Y una se imagina al gran cocinero dando vueltas la noche antes a cómo inventarse un nuevo plato, cómo reinventar su profesión, cómo revolucionar los paladares con menos cantidad pero no por ello menos calidad. Más por menos. Es la moda.

Pasa lo mismo en los medios. La (puta) crisis ha diezmado las redacciones, restando efectivos y recortando de donde ya casi no hay nada que amputar. Había que hacer sacrificios… y los hubo: sacrificios humanos, como los aztecas, pero sin plumas y con menos parafernalia. Nos han ofrecido a vaya usted a saber qué dios para poder sacar a delante, a cambio de nuestra sangre, el trabajo a toda costa. Y si hay que doblar turnos, se doblan. Y si hay que echar horas extra, se echan. Y si hay que hacer el trabajo que antes sacaban adelante tres personas con tan sólo dos manitas, pues también.

Echan la culpa a la crisis, a la caída de la publicidad, a la merma de ingresos, pero lo cierto es que las redacciones están sufriendo una sangría de la que nunca se recuperarán. ¿Saben por qué? Porque estamos haciendo más con menos. De peor calidad, eso sí. Pero no importa. Los periodistas estamos sacando adelante un trabajo mediocre por la mitad de coste que antes, y esa es una lección que no van a olvidar arriba. Cuando todo vaya bien, nadie se acordará del antes.

Como en la cocina, ofrecemos un gran plato con poco contenido en medio… lo malo es que a diferencia de los restaurantes, en el caso del periodismo, la calidad ya no es el objetivo. No se extrañen si, de aquí a unos años, se nos indigesta.