Periodismo somos nosotros

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El secreto está en lo pequeño, lo que no se ve

Desde que inaugurara este blog, con más ganas de desahogarme que de reflexionar, le he dado muchas vueltas a esto del periodismo. He intentado, con más pena que gloria probablemente, desentrañar los males de una profesión que me ha dado y quitado a partes iguales y que, sin embargo, no cambiaría por nada. No le busquen heroísmo a esto último, porque la verdad es que creo que no sabría hacer otra cosa. He retratado, o caricaturizado, ciertos especímenes con los que todos nos hemos topado; algunos tienen nombres y apellidos y otros son más bien un cúmulo de anécdotas y circunstancias que la gente me cuenta y que yo me encargo de poner frente al espejo. En realidad este blog no es más que un cabreo continuo por todo lo que nos hacen y lo que nos hacemos.

Porque junto a políticos endiosados, jefes de prensa trasnochados, gabinetes ineficaces… estamos los propios periodistas como grandes hacedores de los males de nuestra profesión. Somos los principales culpables de la situación en la que nos encontramos, por dejarnos hacer y por hacernos. Por eso, cuando leo reflexiones como las de David Jiménez, actual director del Mundo hasta que alguien lo fagocite, pienso en la otra cara, la que nosotros mismos nos abofeteamos. Es cierto que el político, como él mismo reconoce en este artículo, nos ha perdido el miedo y, en muchas ocasiones, el respeto. Pero ¿quién es el verdadero culpable de todo esto? ¿No nos hemos dejado arrastrar a esta situación de descrédito nosotros solos?

Lo malo del asunto es que no hay que irse muy lejos para encontrarse con los grandes males del periodismo que son, al fin y al cabo, las pequeñas miserias a las que nosotros mismos nos obligamos. Leemos, escuchamos y reflexionamos con las grandes firmas sobre la debacle de los juntaletras… pero pocos conocen el fango del fondo, el que pisamos los curritos de provincias, los que nos batimos el cobre cada día en ruedas de prensa insignificantes, asumámoslo, para esos grandes que escriben desde su posición privilegiada.

Las grandes batallas para defendernos no se libran en las grandes redacciones, o al menos no solo. Es descorazonador descubrir con las charlas de cerveza que la base de lo que nosotros creíamos una profesión respetable está tan hecha añicos. La nómina de agravios es tan extensa como sorprendente. Por eso me pregunto si esos grandes tótems del periodismo saben, intuyen siquiera, lo que se cuece en el periodismo con minúscula. La duda se agiganta cuando pienso en las asociaciones de la prensa, las grandes, las masivas, pues se manejan en un terreno absolutamente distinto -no digo mejor- al de la gran mayoría de periodistas de este país. Es complicado defender algo si no sabes de qué debes protegerlo. Es difícil reconstruir el edificio si no tienes ni idea de cómo están los cimientos.

Uno de los ejercicios más honestos que podríamos hacer es investigarnos a nosotros mismos, conocernos, preguntarnos los unos a los otros por las circunstancias, las dificultades, los obstáculos del camino. Sólo así podremos llegar al entendimiento, la solidaridad -utópico, puede- y desde ahí planear un tratamiento que saque al periodismo de la UVI en la que se encuentra. Somos los pequeños, los periodistas sin nombre, los que soportamos el peso de la profesión. Deberíamos ser nosotros y nuestros problemas, por lo tanto, los que nos movieran a un cambio tan necesario como inevitable.