Fauna periodística XXXII: llamaditas, mamaditas y otros vicios del periodismo

Imagen: eslibertad.org

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A este post le precede un silencio atronador que da vergüenza asumir. A estas líneas las paren una parte de indignación y otra, la mayor, de sonrojo. Tener un blog sobre periodismo tiene sus ventajas, la principal es saber que nunca se agotarán los motivos por los que arremangarse y ponerse a escribir, a teclear, una vez más. Pero tener un blog de periodismo y ser periodista también tiene sus inconvenientes. El primero y más importante, el de tener que callarse el 90 % de las ideas. Porque, seamos sinceros, lo de la falta de tiempo que tantas veces se esgrime, es una falacia. Si puedes dejar de comer decentemente para sacar tu trabajo adelante, puedes hacer un hueco en la jornada para vomitar lo que quieras sobre la pantalla del ordenador. Pero no nos fustiguemos aún.

Para escribir estas líneas he tenido que acudir a Google, como para la gran mayoría de trances vitales. “Kichi contra periodismo”, escribo, porque hace tiempo que la corrección gramatical en el buscador ha pasado de moda. Abro el primer artículo que reseña internet y leo: “Kichi ataca a la prensa gaditana, a la que acusa de ‘falta de rigor’ por no serle favorable”. Hoy no llevo puesto el traje de periodista rigurosa y me doy por satisfecha con el titular y los subtítulos, que me informan de una campaña de Podemos en Cádiz contra la prensa y la reacción de los compañeros de la Asociación de la Prensa de Cádiz. No necesito mucho más para saber de qué va la vaina: políticos de nuevo cuño que se ofenden por las informaciones periodísticas y compañeros que afean la generalización, siempre tan injusta pero tan cómoda a la vez.

No quiero saber quién lleva la razón, probablemente porque, si escarbamos un poco, ambas partes la tengan en determinada proporción. Sí, amigos, los periodistas también nos equivocamos, y por supuesto, los afectados han de poder patalear al menos. Insisto, no conozco la letra pequeña y tampoco me importa para el objeto de este post. Frenen los impulsos de colocarme en tal o cual bando, porque no van por ahí los tiros. Cualquier campaña de difamación, venga de donde venga, me molestará, y creo que con eso ya pueden intuir mi postura.

Mi atención se centra, más bien, en las reacciones a la campaña de Podemos. Nunca, insisto, nunca defenderé a nadie que pretenda delimitar la libertad de prensa a lo que a él le conviene. Están muy acostumbrados los políticos, los viejos y los nuevos, a definir ellos mismos qué es el buen periodismo y cuál no lo es, que coincide asombrosamente con los que les dan o les quitan la razón. Ejemplos de ello los hay a patadas en todos los sitios. Allí donde hay un periodista haciendo su trabajo, habrá alguien que le critique, con o sin razón.

Lo que me preocupa es la sobreactuación y el silencio cómplice en otras situaciones. Una de las cosas que más me molesta es la hipocresía y las falsas apariencias. Por eso, que un político o todo un partido se tome la molestia de volcar sus esfuerzos en señalar a la prensa por supuestas ofensas en público, me parece hasta valiente. Se quejan, sí, pero a la cara. Es peor, creo yo, cuando te dan la puñalada trapera por detrás.

Todos los políticos, salvo los menos inteligentes, te sonríen, te hacen gracias, te quieren a su manera. Todos se dirigen a ti de forma amable, salvo los muy pasados de rosca; todos te hacen carantoñas para que no les des, o lo hagas las menos veces posibles. Pero ocurre de vez en cuando que, ante lo publicado o dicho, se revuelven contra ti. Pero nunca se lo vas a notar, nunca lo harán a la cara, porque su juego es callado y canallesco. A mi lo que me preocupa, por si no lo han notado aún, es la llamadita al orden al jefe, el toque de atención, que suele drenar despacho abajo para que te cale bien hasta los huesos. Ese es el verdadero peligro. Un tuit jode, hace daño, enerva y solivianta, sí. Pero una llamadita te pone en el disparadero.

Esas presiones existen desde siempre, es la mierda con la que el periodista debe aprender a vivir, y la que el jefe debe saber neutralizar (lo de los jefes que hacen más caso al político que a su redactor, generalmente al olor del dinero, lo dejamos para otro post). Por eso, no me quita el sueño que un político abra Twitter con el ánimo de echar por tierra mi trabajo. Puedo contestarle de la misma forma o seguir con mi tarea honestamente, eso ya va al gusto de cada uno. Lo que no se puede contestar es lo que no te dicen a la cara. Y eso, colegas, es más viejo que la orilla del río.

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Periodista y tuitera: mea culpa

Siempre pensé en Twitter – y cualquier red social- como en un espacio libre, un lugar donde poder opinar, hablar y disentir de cualquier idea sin ningún temor. Lo único que esperaba que ocurriera al tuitear era que alguien no estuviera de acuerdo y lo manifestara, entrando así en un enriquecedor debate; que alguien te apoyara y así te lo hiciera saber o que el número de seguidores fluctuara de forma libre. Esas eran las nociones básicas, e inocentes, con las que empecé a expresarme en la red social.

 

Sé que era excesivamente optimista. Pronto me encontré con lo que algunos llaman ‘troll’ que no es más que gente que se aburre y no folla lo suficiente como para dejar de joder a los demás. Tuve bastante suerte porque sus ataques no iban dirigidos a mi, entre otras cosas, porque mi importancia en la red es la misma que la de un guisante, es decir, nada de nada. Pero la cosa cambia cuando la gente advierte que eres periodista. Entonces te vuelves una diana sobre la que clavar todas las frustraciones de la red. Que la economía va mal, culpa de los periodistas; que el Madrid pierde, culpa de los periodistas; que la gente vota a Rajoy, ídem; que alguno vota a Rubalcaba, pues también; que mi empresa cierra y me echan a la calle, pues evidentemente es que los periodistas sólo contamos lo que queremos. Que si eres rojo, azul, morado, republicano o juancarlista. Da igual; de la misma manera que nunca llueve a gusto de todos, tus tuits jamás gustarán a todo el mundo. Pero una cosa es no gustar y otra cosa es que tengas que plegarte al verbo ofensivo y el ataque constante de algún reprimido.

 

Revisando las bios de muchos de los periodistas a los que sigo en Twitter, advertí que una gran mayoría de ellos especificaban eso de “aquí lees mi opinión personal” o expresiones similares para dejar claro que lo que dicen u opinan en internet no tiene por qué identificarse necesariamente con la línea editorial del medio en el que trabajan. No lo entendí hasta que algunas personas, unos con mejores maneras que otros, comenzaron a increparme por mi trabajo. Algo así como “si tienes huevos para decirlo aquí, ládralo en tu programa”. Y me vi obligada a colgar la frase de marras, ya saben, para dejar bien claro que una cosa es mi vida y otra mi trabajo. Entre otros motivos porque en el salón de mi casa tengo absoluta libertad, tanto que a veces tuiteo sin haberme duchado antes, cochina de mi. Sin embargo, en mi vida laboral, me debo a un sueldo, trabajo para una empresa y, oh sorpresa, necesito comer. Nadie me dice lo que tengo que decir, hacer o preguntar, pero una no es tonta, las tendencias suicidas las dejo para el fin de semana.

 

No crean que esto va de decir una cosa en un lado y la contraria en el otro. No. Va de poder opinar como cualquier hijo de vecino y no ser vapuleada en el intento; va de poder expresar que los recortes de Rajoy me parecen una indecencia sin necesidad de tener que decirlo en mi trabajo; va de ser libre para declarar la infamia perpetrada en Ponferrada y no por ello tener que salir al aire con un cartel aclaratorio tipo “Yo también se lo reproché a Folgueral”. Se trata de no amordazarme, no al menos en mi casa. La libertad de expresión también vale para los periodistas.

 

Esta entrada está dedicada a aquellos que se atreven a juzgar mi trabajo y el de mis compañeros sin conocer la realidad en la que nos movemos, sin preocuparse de conocer las barreras materiales, físicas, técnicas y de todo tipo con las que tenemos que lidiar (casi)todos los periodistas en (casi)todos los medios de comunicación. A aquellos que nos acusan de ser poco demócratas por acudir a una manifestación contra los recortes, a los que nos tachan de sectarios por criticar políticas o ideologías diferentes a las suyas, para todos aquellos que creen que el cambio en la sociedad se producirá primero en las redacciones -que pongamos nosotros el culo primero, claro- mientras ellos se rascan la huevera en el sofá de casa.

 

Seguiré opinando en Twitter y, me temo, seguiré aguantando los ladridos de siempre. A ellos les regalo, más que una frase, un consejo: hay que follar más para joder menos.